A los 17 años, en 1946, la vida de Jaime Aparicio Rodewalt cambió por un hecho aparentemente pequeño: un libro de atletismo cayó en sus manos. Lo abrió por curiosidad juvenil, sin imaginar que entre aquellas páginas encontraría el rumbo de su existencia y el comienzo de una revolución deportiva para Colombia.
Hasta entonces era un muchacho caleño más, inquieto, competitivo y apasionado por distintos deportes. Jugaba baloncesto con entusiasmo, le gustaba el futbol y el volibol, compartía con amigos y vivía la energía de una Cali que empezaba a despertar hacia la modernidad. Pero hubo una frase, una idea sencilla, que terminó seduciéndolo: en el atletismo no necesitaba quitarse las gafas, porque no existía el roce físico con los rivales.
Aquella comodidad inicial terminó convirtiéndose en una decisión absoluta. Jaime comprendió que quería dedicarse a un solo deporte y hacerlo con excelencia. Poco a poco se alejó de los grupos de baloncesto, eligió la disciplina y el rigor antes que la improvisación.
Comenzó a entrenarse solo, sin entrenador, sin método sofisticado y sin escenarios adecuados. Apenas un mes después de iniciar sus rutinas como velocista, participó en unos juegos intercolegiados y ganó los 100 metros planos con un tiempo de 11.1 seg. El cronómetro reveló lo que él apenas empezaba a sospechar: Colombia estaba frente a un talento excepcional.
El nacimiento de un campeón
Ese mismo año representó al Valle del Cauca en las pruebas clasificatorias realizadas en Bogotá para conformar la selección colombiana que asistiría a los IV Juegos Centroamericanos y del Caribe, en Barranquilla. Allí, el joven Aparicio integró los relevos de 4×100 y 4×400 metros y se aventuró además en los 110 metros con vallas, una prueba que apenas conocía. Contra toda lógica, alcanzó la final y terminó quinto.
Pero más importante que el resultado fue la revelación. En Barranquilla observó fascinado a los grandes vallistas cubanos, maestros continentales de una prueba considerada entre las más técnicas del atletismo. Admirado, se acercó al entrenador cubano Suárez para elogiar la calidad de sus atletas. La respuesta fue una sentencia cargada de arrogancia:
“Para que ustedes los colombianos sean como los vallistas cubanos, tendrían que volver a nacer”. Aquella frase le confirmó, que el éxito está en la no arrogancia y fue su caracteristica
De regreso a Cali, Jaime le anunció al entrenador Carlos Ávila que quería correr los 400 m vallas. La respuesta no fue alentadora. Ávila le explicó que tenía un defecto técnico enorme: atacaba las vallas con la pierna derecha. En los 110 m podía tolerarse, pero en los 400 implicaba perder tiempo en las curvas por efecto de la fuerza centrífuga. Ningún gran vallista del mundo corría así.
Aparicio intentó corregirse. No pudo. Entonces tomó otra decisión trascendental: convertir su aparente limitación en un desafío personal. Creía profundamente que no existía defecto imposible de superar cuando se enfrentaba con disciplina, voluntad y perseverancia. Y así empezó la leyenda.
Lima, Londres y el aprendizaje de la derrota
En 1947, con menos de 18 años, Jaime Aparicio conquistó los Juegos Bolivarianos de Lima. Ganó los 400 m con vallas y fue subcampeón en los 400 planos. Ya no era una promesa: era la nueva figura del atletismo colombiano.
Un año después llegó el mayor escenario posible: los Juegos Olímpicos de Londres 1948, los primeros de la posguerra. Colombia viajó con una delegación pequeña y modesta. Junto a Aparicio brillaba otra esperanza nacional, el nadador vallecaucano Luis González. Los resultados fueron duros. Todos los colombianos quedaron eliminados en sus primeras competencias. Londres no entregó medallas ni gloria inmediata. Pero sí dejó algo más valioso: experiencia internacional y la certeza de que Colombia podía competir en los grandes escenarios del mundo.
Aparicio regresó fortalecido. Cuatro años después de la frase humillante del entrenador Suárez, derrotó precisamente a los cubanos en los 400 m vallas y se proclamó campeón Centroamericano y del Caribe. Lo hizo manteniendo el mismo estilo que todos consideraban equivocado: atacando las vallas con la pierna derecha.
Santa Marta 1950 , gran líder 7 oros, la sede de Cali, Nacionales de 1954
Los Juegos Nacionales de Colombia 1950 no fueron solamente una competencia deportiva. Fueron una batalla por el liderazgo nacional, una disputa de prestigio entre regiones y, sobre todo, el escenario donde Jaime Aparicio terminó de convertirse en el gran símbolo del deporte colombiano moderno. En aquella Colombia de mediados del siglo XX, ganar los Juegos Nacionales significaba mucho más que encabezar un medallero. El departamento campeón obtenía el derecho y la legitimidad deportiva para aspirar a la siguiente sede, según lo informó el presidente de la delegación, Alberto Galindo Herrera ( presidente de la jundeportes Valle y autor intelectual de la sede Panamericanos Cali 1971 ) . El Valle del Cauca entendió que Santa Marta 1950 era la oportunidad histórica para consolidarse como potencia atlética y abrir el camino hacia la organización de las justas de 1954 en Cali, donde el presidente de la época, general Rojas, había vivido en Cali e invirtió en el estadio, las piscinas y el gimnasio. Así , Cali ratificó su liderazgo deportivo nacional .
Y en el centro de aquella revolución apareció Jaime Aparicio.
Con apenas 21 años, en Santa Marta alcanzó una dimensión legendaria. Allí realizó una de las actuaciones más extraordinarias en la historia de los Juegos Nacionales. Ganó siete medallas de oro. Siete títulos conquistados por un solo atleta en 2 velocidad, 2 vallas y 2 relevos, más tenis de mesa ( deportista integral ), una hazaña irrepetible en el deporte colombiano. Aparicio dominó la pista como si cada carrera perteneciera a una distancia distinta de su personalidad atlética: explosivo en los 100 m, elegante en los 200, resistente en los 400 y técnicamente incomparable en los 400 con vallas. A ello sumó los relevos, donde además de correr transmitía liderazgo y confianza a todo el equipo vallecaucano.
Cada victoria empujaba al Valle hacia el título general. Cada llegada suya levantaba tribunas completas. Santa Marta comenzó a entender que estaba viendo algo excepcional: un atleta capaz de competir, cansado y ganar en casi todas las especialidades de velocidad del programa nacional.
Su historia aún más impresionante. Jaime entrenaba sin entrenador permanente, sin apoyo y sin las condiciones técnicas. El atletismo colombiano todavía era artesanal. Muchas veces corría impulsado únicamente por disciplina, intuición y una voluntad inquebrantable. Su especialidad, los 400 m con vallas, era considerada una de las pruebas más difíciles del atletismo mundial.
Las siete medallas de oro de Aparicio impulsaron decisivamente el triunfo del Valle del Cauca en esos Juegos Nacionales. Aquella victoria colectiva no solo representó un campeonato deportivo; fue el crecimiento de un modelo regional iniciado en 1927, basado en organización, infraestructura y visión de futuro. Gracias a ese éxito, Cali fortaleció su aspiración de convertirse en sede de los Juegos Nacionales de 1954, evento que transformaría definitivamente la cultura deportiva.
Desde entonces, el Valle comenzó a consolidar una estructura institucional que años después derivaría en el liderazgo deportivo del departamento y en la creación de organismos pioneros para el deporte colombiano. El impacto de Aparicio trascendía la pista: estaba ayudando a construir una nueva identidad regional alrededor del deporte.
Santa Marta 1950 también fue el último gran paso antes de la inmortalidad . La verdadera explosión había ocurrido antes, bajo el calor de Santa Marta, cuando un joven vallecaucano convirtió unos Juegos Nacionales en una exhibición irrepetible de talento, disciplina y ambición.
Las siete medallas de oro de Jaime Aparicio no fueron solamente un récord. Fueron una declaración de principios: Colombia podía producir atletas capaces de desafiar al continente. Y el Valle del Cauca podía convertirse en la capital deportiva de la nación.
Buenos Aires y la gloria eterna
El verdadero desafío llegó en 1951, en los primeros Juegos Panamericanos de Buenos Aires 1951. La preparación había sido casi heroica. La pista del estadio Estadio Pascual Guerrero estaba en reparación, por lo que Jaime apenas podía entrenar tramos incompletos. Corría menos de 200 metros continuos y el resto debía imaginarlo en su mente. Sin entrenador, con poca técnica llegó a Buenos Aires para enfrentar a los mejores del continente. Y allí escribió la 1ª página grande del deporte colombiano.
Contra todos los pronósticos, Jaime Aparicio derrotó a los grandes favoritos americanos y se convirtió en campeón panamericano de los 400 metros con vallas. Fue la primera gran consagración universal del atletismo colombiano. Un corredor caleño, entrenado prácticamente en soledad, había derribado las fronteras psicológicas de un país entero.
Entre la arquitectura y el atletismo
Después de Buenos Aires, la vida comenzó a exigirle otros caminos. Estudiando arquitectura en Univalle, los profesores le exigían demasiado en la academia y fácilmente hizo su gran cambio. Viajó a Estados Unidos para culminar sus estudios de arquitectura en Florida. Allí tuvo por primera vez un entrenador profesional. Sin embargo, las pistas universitarias de 200 metros perjudicaban su estilo y hacían más evidente la desventaja técnica de atacar la valla con la pierna derecha. Aun así, logró coronarse campeón universitario del sureste estadounidense en los 200 metros con vallas.
Regresó luego a Colombia con la mirada puesta en los Juegos Olímpicos de Melbourne 1956. En el camino ganó nuevamente los Juegos Centroamericanos y del Caribe en México, estableció récords regionales y conquistó el campeonato suramericano en São Paulo. Se convirtió en el único atleta americano campeón de todas las competencias del ciclo olímpico.
Pero la vida pública comenzó a cruzarse con la deportiva. En 1956 aceptó el cargo de Secretario de Obras Públicas de Cali. Las jornadas de más de diez horas redujeron sus entrenamientos y afectaron inevitablemente su rendimiento. Aun así, en Melbourne alcanzó las semifinales olímpicas de los 400 metros con vallas y volvió a imponer récord suramericano.
El retiro silencioso del primer héroe
En 1958, durante el Campeonato Suramericano de Montevideo, ganó los 400 metros planos y luego los 400 con vallas. Al terminar aquella carrera, tomó una decisión íntima y definitiva: retirarse del atletismo. No se lo contó a nadie.
Regresó a Cali y continuó trabajando normalmente. En el estadio Pascual Guerrero comenzaron a extrañarlo, pero pocos entendían que el primer gran superhéroe del atletismo colombiano acababa de despedirse a los 29 años, todavía con condiciones para seguir ganando. Su retiro fue silencioso, pero su legado resultó inmenso.
Porque antes de Jaime Aparicio, Colombia apenas soñaba con competir. Después de él, el país entendió que también podía vencer. Él abrió la pista internacional del deporte colombiano y ayudó a sembrar la semilla de la Cali deportiva que décadas más tarde asombraría al continente.
Más que un campeón, Jaime Aparicio fue un pionero. Un hombre que convirtió una aparente desventaja en su sello inmortal y que demostró que la disciplina puede derrotar cualquier límite.
Jaime Aparicio: el hombre que cambió para siempre el deporte colombiano


