Jaime Aparicio Rodewalt nació en Lima el 17 de agosto de 1929, pero su historia, su formación y su destino quedaron profundamente ligados a Cali. Hijo de caleño raizal, creció bajo principios de disciplina, civismo y superación personal, en una época en la que Colombia apenas comenzaba a soñar con una presencia en los grandes escenarios deportivos internacionales.
Su infancia con la tutoria de su madre, liderazgo de su padre y juventud transcurrieron en el tradicional barrio San Fernando, uno de los sectores más emblemáticos de la Cali de las décadas de 1930 y 1940. Era una ciudad todavía apacible, de calles arboladas, vecinos cercanos y una fuerte identidad cívica. San Fernando representaba la expansión moderna de la ciudad y concentraba una importante presencia de familias extranjeras y profesionales. Además, tenía un privilegio excepcional: su cercanía con el Estadio Olímpico Pascual Guerrero y con los primeros escenarios atléticos que comenzaban a despertar la vocación deportiva de Cali. Allí, junto al tradicional Club San Fernando, compartía con jóvenes de su generación el entusiasmo por el deporte y la competencia.
En ese entorno se formó Jaime Aparicio. Las jornadas de estudio y las largas noches de entrenamiento moldearon a un joven reservado, disciplinado y profundamente competitivo, gracias a revistas extranjera. Cali vivía entonces una transición entre la ciudad tradicional y una urbe que aspiraba al progreso industrial, cultural y deportivo. El deporte vallecaucano comenzaba a entenderse no solo como recreación, sino también como símbolo de disciplina, prestigio y representación internacional.
Su formación académica estuvo marcada por el histórico Colegio Berchmans, institución jesuita reconocida por su excelencia académica, humana y deportiva. Allí aprendió el rigor intelectual, el sentido del deber y la importancia de representar con honor a su comunidad. Los jesuitas promovían el deporte como parte esencial de la formación integral, y Jaime encontró en el atletismo el escenario perfecto para expresar su carácter y determinación.
Desde muy joven mostró condiciones extraordinarias para las pruebas de velocidad y vallas. Mientras muchos adolescentes practicaban deporte por diversión, él entrenaba con una disciplina inusual para la época. Su técnica, velocidad y presencia física comenzaron a destacarse en competencias escolares y regionales. Antes de cumplir los 18 años ya era considerado una de las grandes promesas del atletismo colombiano.
Durante sus años de bachillerato también practicó fútbol y baloncesto. Sin embargo, en 1945, cuando tenía apenas 16 años, ingresó al equipo de atletismo para participar en los Juegos Intercolegiados. Allí ganó los 100 metros planos con un tiempo de 11,1 segundos, marca lograda sin preparación especializada. Ese resultado sorprendió a entrenadores y dirigentes deportivos, quienes le recomendaron dedicarse seriamente al atletismo.
Fue entonces cuando nació su verdadera vocación. Motivado en el estadio por Alberto Galindo y otros dirigentes deportivos, comenzó a entrenar de manera amateur en las noches, después de estudiar, guiándose muchas veces por libros técnicos que él mismo consultaba. Su esfuerzo y disciplina dieron resultados rápidamente. A los 18 años, proyectó su profesión en la Universidad del Valle estudiando arquitectura y en 1947 representó por primera vez a Colombia en el Campeonato Bolivariano realizado en Lima, participando en los 400 metros con vallas, prueba en la que se especializaría y en la que iniciaría una trayectoria histórica.
Más que un atleta talentoso, Jaime Aparicio simbolizó el nacimiento de una nueva idea de país: una Colombia capaz de competir con dignidad y excelencia en el escenario internacional. Aquel joven formado en San Fernando, educado por los jesuitas y forjado en las pistas caleñas terminaría convirtiéndose en el hombre que abrió la puerta internacional del deporte colombiano y en uno de los grandes referentes históricos de Cali y de Colombia.
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Jaime Aparicio Rodewalt, adolescente que encontró su destino
