El Rey Prudente
Como abanderada de la Contra¬rreforma y dueña del Nuevo Mundo, España era, durante el siglo XVI, árbitro de la política eu¬ropea, pero su fuerza descansaba sobre una gran¬deza aparatosa que cubría la rea¬lidad de labriegos y artesanos agobiados por impuestos, el parasitismo de la nobleza y el cléro que con¬sumían sin crear riqueza, y la corrupción de la monar¬quía. En 1555 Carlos V abdico desvanecién¬dose el último sueño cesaropa¬pista, se dividió su imperio, y, durante el reinado de su suce¬sor, Felipe II, au¬mento la decadencia y, con la derrota de la Armada Invencible en 1588, se perdió el dominio de los ma¬res, aumentando el creciente po¬derío de Francia e Inglaterra. Pero fue el gobierno de reyes extranjeros y cortesanos, lo que no permitió a España avanzar hacia la li¬bertad, perdiéndose las inmensas perspectivas de desarrollo que ofrecían las riquezas y tierras de América, y la llevo ha ser uno de los países más re¬trógrados del mundo.
América arruinó a España al salvar de la desaparición a los gran¬des señores caste¬llanos y al tras-trocar el trabajo por la especulación y la aventura. Su población, que en tiempos de los Reyes Católicos era de diez millones, no sólo mermo con la expul¬sión de moros y judíos, sino sobre todo por la migra¬ción a América de siete millones de peninsulares en el primer siglo de la conquista, descendiendo de 11 millones en 1500 a 8,2 millones al morir Felipe II y a 5.7 millones al concluir en 1700 el régimen de los Habsburgo. Solamente en Anda¬lucía, que servía de con¬centración antes de la partida a América, crece notoriamente al tiempo que se despueblan Castilla, Extremadura y Aragón. Mien¬tras Sevilla llega a los dieciocho mil habitantes en 1646, Potosí, convertida en un eufórico campamento de mi¬neros anda¬luces y vasconga¬dos que usufructúan la mita indígena, alcanzaba los 160.000 habitan¬tes. El 90% de las materias primas importadas por la Casa de Contra¬tación se reexportaban a los países manufactureros de Europa, y una parte de las mercaderías elaboradas con ellas se reimportaba, y lo que no se consumía regresaba al Nuevo Mundo, vestido a la eu¬ropea y sometido a la tre¬menda carga de precios acumulandos durante el doble trayecto. En 1640 los campesi¬nos y artesanos se levantaron contra el trono y los gran¬des de Castilla, alentados y dirigidos por los ca¬talanes, si bien no fueron vencidos, si permitie¬ron que Barcelona fuera ocupada por los franceses, al tiempo que los Fugger dejaban España: en sus libros figu¬raban cré¬ditos, desde el ascenso de Felipe II, por veinte millones de ducados y pa¬gos de diezmos al te¬soro real por cin¬cuenta millones, co¬rrespondientes a las minas de mercurio, cifras astronómi¬cas para la época.
Un manierismo “reformado”, de corte vignolesco, hará su aparición, apoyado por Fe¬lipe II, con Juan Bautista de Toledo (c1515-1567) y sus trazados de 1563 para El Escorial. Esta nueva esté¬tica, con su total falta de orna¬mentación, hipervaloración de volúmenes, sometimiento de la línea a la masa, planitud, y concepto ar¬quitectónico y urbanístico de espacios ce¬rrados, culminará con la obra de Juan de Herrera (1530-1597); e, identificada como imagen arquitectónica de la monarquía, quedará como estilo oficial. En la corte, sus se¬gui¬dores continuaran en Castilla la Vieja sus directrices hasta agotarlas.
La arquitectura colonial
La conquista del Caribe no ago¬tará las ansias del descubrimiento que pronto se prolongara a un nuevo continente que le de¬pararía aún mayores sorpresas. Sin embargo, como lo indica Ramón Gutiérrez, esta primera etapa, hasta mediados del siglo XVI, señalará la huella del impacto cultural es¬pañol, de¬fi¬nirá sus dudas y sus ideas y afianzará por ensayo y error las soluciones de una etapa más compleja.

La arquitectura colonial está marcada inicialmente por la transferencia directa de soluciones arqui-tectónicas de España a América. Sus variaciones regionales son atri¬buibles tanto a la procedencia de los conquistadores y sus referencias culturales, como a las características de cada lugar del Nuevo Mundo y el papel que se le fue asignando en el proceso de ocupación. Los españoles trataron de aplicar sus expe¬riencias y solucio¬nes arquitectónicas directamente pues no estaban inicialmente condicionados fuerte¬mente por el medio, especialmente en aquellas regiones donde prácticamente no existía arquitectura pre¬hispánica, como es el caso del territorio de la actual Colombia, y muy especialmente el del Valle del Alto Cauca. Las limitaciones de materiales y mano de obra especializada los llevarían a utilizar también las experiencias nativas. Las viviendas de bahareque, con guano y hojas de palma, en Cuba, definen la imagen de los primeros caseríos de bohíos, mediante una arquitectura espontánea que da respuesta a la necesi¬dad coyuntural de protección sin otras pretensiones.
Palm ha indicado la confluencia de la tipología romano-andaluza-mediterránea con ciertas varia-ciones antillanas como la prolongación de su trazado pero formando un primer patio con varios cuar¬tos apiñados y oscuros, y un segundo patio más flexible y abierto que permite la brisa cruzada. La sínte¬sis de las arqui¬tectu¬ras populares españolas se iniciaba en las Canarias, donde se fusionan los balcones sevilla¬nos de madera con las portadas y cantoneras de Galicia o las venta¬nas esquineras de Extremadura. Es en esta arquitectura popular española en América donde se pueden rastrear las mejores raíces de la transcul¬turación, pues es justamente la más abierta a recibir el aporte prehispánico y americano al tiempo que continua en la continuación de los modelos ibericos, manteniendo la continuidad que le da unidad y homoge¬nei¬dad a los paisajes urbanos americanos durante toda la dominación española. La dife¬rencia que esta arqui¬tectura popular tendría aquí fue su inserción en la regularidad de una trama ortogo¬nal. La mentalidad re¬nacentista definió la forma urbana en América con antelación, por lo que la arqui¬tectura se debía a ella, al contrario de lo que sucedía en España donde la calle era un hecho posterior a la arquitectura. Desapare¬cen pues todas las riquezas espaciales propias del emplazamiento en una topografía accidentada pues se buscan lugares donde el damero pueda desarrollarse sin problemas, anulando así el factor de la sorpresa en los recorridos urbanos que diferencia a las ciudades hechas por los hombres de las hechas por los ar¬quitectos, como lo anoto Pío Baroja. Las arquitec¬turas populares españolas pueden ras¬trearse hoy en sus reelaboraciones rurales y po-blados americanos, cuyo desarrollo económico, detenido por razones diver¬sas, les ha dado la posibilidad de mimetizarse con el medio natural y de nacer de los materiales del sitio y de la sabiduría social para dar respuesta a las necesidades de la vida.
En las residencias urbanas antillanas, como el Palacio de Diego Colón, no faltan las vinculacio¬nes con las mejores arquitecturas urbanas o rurales de España. La dispo¬nibilidad de madera de alta calidad facilitaba la realización de artesonados y entramados mudéjares; y la piedra porosa permitiría durante los si¬glos XVII y XVIII desarrollar portadas de cantería, como las muy interesantes de la Habana. La estre¬chez de las calles en la Ha¬bana estaba vinculada también a la propia experiencia sevi¬llana, y la influen¬cia mora se perpetua desde el siglo XVIII en sus amplios zaguanes y en los patios a veces aportica¬dos que constituían el núcleo vital de la vivienda. Las esca¬leras en Santo Domingo tienen el carácter de las estrechas escalinatas árabes, entre paredes, pues las monumentales estuvieron reservadas a edificios pú¬blicos solamente. Los ayuntamientos o cabildos de¬bieron estar vinculados a sus pares españoles. Pero las escribanías, juzga¬dos y cárceles, localizadas en América junto a la sala del ayuntamiento, la capilla, el ar¬chivo, el depósito y el balcón concejil, lo fue¬ron primero en América que en España, probable¬mente porque el desarrollo urbano había generado allá las cárceles y otras fun¬ciones de manera separada, por lo que esta transferencia debe establecerse con los ayuntamientos de las áreas semirrurales españolas cuya complejidad estaría más pró-xima a la de los nuevos poblados americanos.
La estructura jurídica y funcional de los cabildos americanos era un fiel trasplante del viejo mu-nicipio castellano de la edad media. Las antiguas instituciones medievales, ya decadentes en la metró¬poli, se incorporaron con vigor en el nuevo continente. La centralidad y uniformidad del cabildo español será la expresión del americano que, sin embargo, encuentra en su concreción arquitectónica una unidad mayor que la española que le dan origen. Es claro el parentesco del Hospital de San Ni¬colás de Bari y de la catedral de La Española con los modelos metropolitanos, y lo mismo habrá de suceder con los templos y claustros que provendrán de los antiguos cenobios benedictinos medievales. La estructura del templo, ocupando un lado del claustro, al que se vincula por la puerta falsa lateral, formando una de las ga¬lerías del conjunto, señala la persistencia tipológica que ratifica la proyección medieval de Europa en América, enriquecida por la experiencia cultural española. El impacto cultural de una nueva realidad exigió a los españoles en América tanto la acumulación como la reelabo¬ración de sus tradiciones.
ESPAÑA Y EL IMPERIO INCA
El Imperio Inca, que se prolongaba desde el noroeste argentino hasta el actual Ecuador, quedando como áreas marginales Colombia y Ve¬nezuela, en el norte, y la región del río de la Plata, en el sur, era un mundo organizado, económica y políticamente esta¬ble, pero siempre en expansión al englobar, paula¬tinamente, antiguas culturas andinas. La fuerza de su medio natural había moldeado la perso¬nalidad indí¬gena y habría de dejar su impronta en los españoles. El imperio inte¬graba, por medio de los ayllu , la costa, la sierra y la selva, en una organiza¬ción económica y so¬cial complementaria, que los españoles no aceptarían plenamente desarticulán¬dola parcialmente. Apoyados en la enorme infraestructura de puen¬tes y caminos incaicos, en el equipamiento de los tambos, pósitos y graneros (colcas ) y en la organiza¬ción de los ayllus, pudieron asegurar la autosuficiencia de los indígenas mientras colmaban su ambición de riquezas, indiferentes a que, con su tecnología, hu¬bieran asegurado un salto cuantitativo en la produc¬ción racional que habían de-sarrollado los incas. Pero la explo¬tación de las minas exigió concentrar y movilizar indígenas y llevó al uso exagerado de la antigua mita incaica convirtiéndola en una actividad esclavista. Los in¬dios encomendados fueron reducidos a las más lamentables condicio¬nes de vida, moti¬vando quejas de religiosos y algunas medidas parciales de las auto¬ridades, en general más preocupadas por la recaudación tributaria que por la defensa de los sus derechos.

El ayllu y la hacienda vallecacana
Al establecerse un claro proceso de aculturación en el que elementos ibéricos, de una parte, e incaicos, como el ayllu andino, de la otra, se integran, surge algo nuevo: la ha¬cienda vallecaucana. Esto si bien afecto poco la arquitectura colonial, ocasiono mayores influencias en la vida de la ciudad. No en vano Cali dependió hasta las primeras déca¬das de este siglo de los latifundios que la rodeaban desde su funda¬ción, primero bajo la forma de encomiendas y después como haciendas. Desde luego el Valle del Alto Cauca está muy lejos de la región Andina, pero lo que no se puede olvidar, aparte de la exis¬tencia en el sur de la actual Colombia de diversas culturas indígenas en alguna forma vinculadas con el Imperio Inca, es que los conquistado¬res españoles del sur occidente colombiano venían precisamente del Perú, en donde in¬dudablemente tuvieron contactos con el ayllu, y, pese a que la hacienda corresponde a un con¬cepto generalizado en Hispanoamérica, se presentan en las vallecaucanas ca¬racterísticas propias bas¬tante su¬gestivas en las que se pueden percibir semejanzas con el ayllu: la división del territorio; las interrela¬ciones; cierta autosuficiencia; las jerar¬quías; los tributos; la reciprocidad; las tradiciones. No es casual que en esta hibridación se adoptara, para la eficiente ex¬plotación de la tierra, los métodos preexis¬tentes en la región, sobre todo si se considera que se tenía que hacer con mano de obra esclava. Y si bien las haciendas vallecaucanas solo datan del siglo XVIII y trabajaron con esclavos africanos negros, no hay que olvi¬dar que reemplazaban las encomiendas y mercedes anteriores, que contaron con mano de obra indígena esclavisada.
El ayllu andino es una explotación de la tierra comunitaria, discontinua y vaga¬mente delimitada –como en las encomiendas y mercedes, y las primeras grandes hacien¬das coloniales del Valle del Alto Cauca– y que, dada la conformación geo¬gráfica de los Andes, abarcaba diferentes pisos térmicos, como lo harían las hacien¬das vallecaucanas que abarcaban desde la división de aguas de una u otra cordi¬llera hasta el río Cauca. Los ayllus son tanto grandes como pequeños, y a veces los pri¬meros in¬clu¬yen los segundos formando unas a manera de confederaciones de ayllus. Igual¬mente los pri¬meros gran¬des latifundios que existieron en el Valle del Alto Cauca fueron partidos, por ventas y suce¬siones, en haciendas grandes y pequeñas, y algunas de es¬tas, como las de la Compañía de Jesús y las de la Familia Arboleda, conformaron orga¬nizaciones que las ligaban unas a otras. Los ayllus andinos de¬pendían de un señorío y las hacien¬das de una gobernación, primero, de un estado después y, finalmente, de un departa¬mento. En el interior de los ayllus hay tierras comunales y privadas.
En el caso de la hacienda, aun cuando fuera de un solo propietario, de hecho, por lo vago de sus límites, por su extensión y por la existencia de aparcerías, se dio un cierto uso “comunal” de parte de sus tierras. En el ayllu no solamente hay indios sino tam¬bién mestizos y hasta españoles; siendo fun-damentalmente una unidad de producción se acepta mano de obra independientemente de su procedencia, como sería el caso de los vaqueros y peones de las haciendas. Tanto el ayllu como la hacienda tienden a ser au¬tosuficientes aun cuando siempre comercian con otros sus excedentes o cierto tipo de productos especializados, como los cereales, en el ayllu , o el ganado, vacuno o caballar, o las mieles o azúcares o aguardientes, en las haciendas. En el ayllu existen tierras ori¬ginales y agregadas, en la hacienda, tanto por compras como por sucesiones y matri¬monios, se agregan nuevas tierras a las iniciales. En el ayllu el hombre se encuentra identificado a partir del mismo (lo cual daría lugar a la “doble residencia” que tanto mortificaba a los recaudadores de impuestos) y en la hacienda todos sus trabajadores se identifica¬ron ella. El sistema de los ayllus, como el de las haciendas, se mantiene y de¬sarrolla durante la época colonial pero es fuertemente afectado, después de la Inde¬pen¬dencia, por las nuevas concepciones libre¬cambistas de los liberales del siglo pasado, a través de sucesivas reformas agrarias, en el caso de los ayllus Bolivianos, y de el desarrollo de la in¬dustria azucarera moderna, en el caso de las haciendas valle¬caucanas.
La concepción del tiempo y el papel de las tradiciones en el mundo andino, en las que el pasado indica el camino a seguir en el futuro, y por lo tanto están adelante y no atrás en el tiempo, está pre¬sente en el ayllu , y es a partir de ellas como se puede entender su desaparición, por su incapacidad para adaptarse o defenderse de fenómenos nuevos como la economía de exportación y la industrialización. En el caso de la hacienda vallecaucana es plausible sospechar la existencia de un mecanismo similar; el carácter mismo de la explotación de la tierra, a partir de la ganadería extensiva, cuyo desarrollo, incluso hasta hoy en día, depende sencillamente de mejorar técnicas tradicionales, pudo inducir la característica concepción conservadora no sólo del hacendado sino de los trabajadores a su servicio. Igual cosa se po¬dría observar con respecto a la producción artesanal de azúcar; cuyo es¬quema sólo sería roto con la apari¬ción del moderno ingenio azucarero, el cual, en la mayoría de los casos, no es propiamente un desarro¬llo de la hacienda sino una imposi¬ción tecnológica que conduce, ya en el presente siglo, a su rápida de¬saparición. En la mentalidad del hacendado, si bien no se pueda decir que el pasado está adelante y es una guía para el futuro, sí se podría uno atrever a afirmar que el pasado está en el pre¬sente, como se puede corroborar con la permanencia estilística de la arquitectura de las casas de hacienda hasta las primeras décadas de este siglo, cuando es enmascarada con modas de procedencia urbana acordes con los nuevos industriales del azúcar.

La ocupación del territorio
La ocupación de lo que habría de conformar el nuevo Reino de Granada se produjo, desde el norte, dentro del proceso de población del caribe con las fundaciones portuarias de Santa Marta, 1525, y Cartagena de Indias, 1533. La primera ciudad hispana del área central andina fue Tunja, fundada hacia 1537, que facili-taría, un año más tarde, la fundación de Santafé de Bogotá por Jiménez de Quesada. Sebastián de Belal¬cazar, lugarteniente de Francisco Pizarro, partió de Lima hacia el norte fundando Quito, 1534, Popayán y Cali, 1536. En Venezuela la fundación de Coro, 1528, y de Caracas, 1567, permitió la penetración de una vasta región, y que Ni¬colas Feder¬man, comisionado por los banqueros alemanes, atravesara los lla¬nos orien¬tales y se en¬contrara con Quezada y Belalcazar en la re¬cién fundada Bogotá.
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Arquitecto de la Universidad de los Andes con maestría en historia de la Universidad del Valle y especializaciones en la San Buenaventura. Ha sido docente en los Andes y en su Taller Internacional de Cartagena; en Cali en Univalle, la San Buenaventura y la Javeriana, en Armenia en La Gran Colombia, en el ISAD en Chihuahua, y continua siéndolo en la Escuela de arquitectura y diseño, Isthmus, en Panamá. Miembro de la Sociedad Colombiana de Arquitectos, la Sociedad de Mejoras Públicas de Cali y la Fundación Salmona. Escribe en El País desde 1998, y en Caliescribe.com desde 2011.