La desigualdad sigue siendo una de las mayores cicatrices del tejido social colombiano. A pesar de leves avances en la lucha contra la pobreza, el país continúa encabezando los listados de inequidad en América Latina, con un coeficiente de Gini que cerró en 0,551 en 2024, según cifras del Departamento Administrativo Nacional de Estadística (DANE).

Este indicador, que oscila entre 0 (igualdad perfecta) y 1 (máxima desigualdad), ubica a Colombia como uno de los países con mayor concentración del ingreso en la región. En el contexto internacional, supera ampliamente a naciones como Argentina (0,42), Uruguay (0,40) y Chile (0,46), lo que evidencia una brecha que se mantiene abierta incluso en tiempos de crecimiento económico.

El promedio del coeficiente de Gini en la última década en Colombia ha sido de 0,542, reflejando una estabilidad alarmante en niveles que muchos expertos consideran críticos. La ciudad de Riohacha ostenta el título de la capital más desigual del país, con un índice de 0,564, seguida por Quibdó (0,531), Cartagena (0,525), Barranquilla (0,524) y Bogotá (0,523).

Estas cifras contrastan con los resultados de ciudades como Cúcuta (0,462), Manizales (0,464), Pereira (0,469), Armenia (0,470) y Tunja (0,481), que presentan niveles de desigualdad más bajos, una mejor distribución del ingreso, dentro del mismo territorio nacional, pero también es critico, percibidas como un problema estructural en lo económico, social  y político, donde la concentración de ingresos entre el 10% más rico es alarmante

El presidente Gustavo Petro ha expresado en múltiples ocasiones su frustración ante la persistencia de esta problemática. En declaraciones recientes, aseguró que uno de los principales obstáculos ha sido la política de tasas de interés del Banco de la República. “Si la tasa de interés real sube, como ha sucedido, no se está premiando al trabajador, al vendedor informal o al campesino. Se beneficia al sector que vive de la renta financiera”.

La desigualdad no solo se manifiesta en las cifras, sino también en sus efectos sociales: exclusión, falta de movilidad social y creciente desconfianza institucional. Las grandes ciudades, donde el índice de Gini es más alto (0,530 en las cabeceras urbanas), concentran los mayores niveles de concentración de riqueza, mientras que las zonas rurales y municipios intermedios presentan cifras más moderadas (0,482 en 2024).

Un dato esperanzador es que en el último año más de 1,2 millones de personas salieron de la pobreza monetaria, un avance significativo en términos de ingresos básicos. Sin embargo, los expertos advierten que reducir la pobreza no implica necesariamente reducir la desigualdad, si los beneficios del crecimiento no se distribuyen equitativamente entre la población.

El panorama urbano ofrece contrastes llamativos. En Cali, por ejemplo, el índice fue de 0,509 en 2024, confirmando un nivel de desigualdad elevado. Medellín y Barranquilla, aunque por debajo del promedio nacional, también enfrentan retos similares. A nivel internacional, ciudades como Buenos Aires (0,421) y San José de Costa Rica (0,492) muestran niveles más bajos, con políticas públicas más efectivas pero lejos de tener equidad económica y social

Entre las 13 ciudades y áreas metropolitanas, el promedio fue 0,522. Dentro de ese grupo, Cali fue la ciudad con mayor coeficiente de Gini, ubicándose en 0,509 en ambas mediciones, 2023 y 2024. Con un valor de 0,51, Cali muestra una desigualdad ligeramente menor a la media nacional, pero más alta que muchas otras ciudades, de modo que es alto, especialmente dentro del contexto urbano del país.

El dato de 0,51 señala una desigualdad elevada en el ingreso de los hogares en Cali. Aunque es una mejora respecto a años anteriores, sigue siendo uno de los valores más altos entre las capitales del país, lo que refleja un desafío persistente en equidad.

El desafío para 2025 y los años venideros es claro: diseñar políticas fiscales y sociales que no solo alivien la pobreza, sino que ataquen de raíz la concentración del ingreso, también derrotando la corrupción, para que la inversión sea mayor.. Esto implica revisar el modelo político, el económico actual, fortalecer la educación, mejorar el acceso al crédito productivo y promover el instrumento de la planeación de largo plazo, para que los gobernantes nacionales, regionales y locales, trabajen para sus territorios, no para las próximas elecciones.

Colombia está ante una encrucijada: seguir siendo uno de los países más desiguales del continente o dar el salto hacia una sociedad más equilibrada. El camino no será corto, pero los primeros pasos ya están trazados. Lo que falta es decisión política y una visión de país que no solo mida el crecimiento, sino también la equidad.

Ana Lucia Arango M