Entré a la Universidad del Valle en 2001, justo cuando la institución comenzaba a despertar de una de sus crisis más profundas. Venía de años duros, de parálisis casi absoluta, de funcionar a media máquina. Era una universidad herida, con baños sin papel higiénico y la instrumentación justa. El presupuesto estaba asfixiado, las reformas estructurales parecían un sueño lejano y los laboratorios, un eco de tiempos mejores. Y sin embargo… algo grande resistía. Algo que no se dejaba tocar por la escasez.
Porque, paradójicamente, en medio de la austeridad, florecieron los logros académicos. Grandes. Contundentes. En Comunicación Social, la facultad en la que yo estudié, vivimos una edad de oro que todavía hoy me parece un milagro. Casi cada año caía un Simón Bolívar, un Premio Nacional de Periodismo, el Alfonso Bonilla Aragón, y hasta algún reconocimiento internacional inesperado. Uno de nuestros egresados terminó alzando el Premio del Público en la Berlinale, y más tarde, otro puso su nombre en los créditos de Cannes. Éramos jóvenes, éramos pobres… pero estábamos hechos de una materia que no se enseña, solo se comparte: la pasión por contar lo humano.
Y esa pasión no se detuvo ahí. En los años siguientes, Univalle se consolidó como una de las mejores universidades públicas de América Latina. Se posicionó varias veces en el primer lugar a nivel nacional en las pruebas Saber Pro, destacándose en programas como Medicina, Biología, Física, Filosofía, Sociología, Trabajo Social, Psicología, y por supuesto, Comunicación. En 2016, fue reconocida por el Ministerio de Educación como la mejor universidad pública del país, un hito silencioso pero profundo.
Hoy, dos décadas después de aquellos baños sin papel, Univalle cuenta con centros de investigación en nanotecnología, bioinformática, energías limpias, estudios de paz y desarrollo sostenible. Ha participado en misiones científicas internacionales, ha ganado premios de arquitectura, ha formado médicos que lideran unidades de trasplantes en el país, y científicos que publican en Nature. Tiene un centro de lenguas que ha formado miles de estudiantes en más de diez idiomas, y una red de egresados que hoy están en universidades como Harvard, el MIT, la Sorbona y la Autónoma de Barcelona.
Pero más allá de todo eso —que lo pueden googlear si quieren—, Univalle fue para mí el lugar donde me inventé. Donde aprendí a estudiar como quien cultiva una tierra áspera, con la fe de que algo germinará. Donde conocí a los amigos que me empujaron al ruedo local y nacional. Donde me enfrenté a ideas que me sacudieron, que me hicieron pensar distinto, y lo más importante: donde aprendí a desaprender. Porque a veces, más que acumular, se trata de soltar, de abrir espacio, de vaciar la taza para poder llenarla otra vez.
Mi carrera entera, si algo vale, se la debo a esa universidad. Porque en ella vi con claridad una verdad que sigo llevando conmigo: que la excelencia no siempre nace de la abundancia, sino de la urgencia, del deseo feroz de no dejarse morir. Como en los cuentos de Rulfo, donde los personajes caminan en medio del polvo y el silencio, pero no dejan de andar. O como en Borges, que decía que uno es todos los libros que ha leído, todas las personas que ha amado, y todas las ciudades que ha recorrido. Yo podría decir que soy también esa universidad herida, y todo lo que me enseñó mientras se levantaba y se consolidaba.
Así la recuerdo y así la vivo: reconstruyéndose.
Y tal vez por eso —y solo por eso— todavía me emociono cuando paso por Meléndez y escucho a lo lejos la campana de clase, como si llamara a otro que fui. A ese que creía que todo era posible, y que, de algún modo, todavía cree. Por ello, cuando cumplimos 50 años, recordemos que:
El legado del programa de Comunicación Social de la Universidad del Valle, fundado el 12 de agosto de 1975, es gigante.
A lo largo de estas décadas, hemos visto cómo se ha consolidado como uno de los más destacados en Colombia, gracias a su compromiso con la formación de profesionales, responsabilidad social y espíritu creativo.
A todos los egresados, les invito a unirse a recordar el impacto que hemos tenido en Colombia al promover la libertad de información, la democracia, el cumplimiento de los deberes civiles y el respeto a los derechos humanos…..
Nuestro fundador, Jesús Martín Barbero, dejó un legado invaluable, y su influencia continúa inspirando a nuevas generaciones de comunicadores. ¡Sigamos trabajando para seguir siendo fuerza transformadora en la comunidad !
* Comunicador del Univalle – Egresado 2008
