La desigualdad social continúa siendo uno de los principales problemas estructurales de Colombia. A pesar de los avances económicos de las últimas décadas y de las reformas impulsadas por distintos gobiernos, el país mantiene altos niveles de concentración de riqueza y pobreza que siguen ubicándolo entre las economías más desiguales de América Latina. En 2026, el debate económico colombiano ya no se limita únicamente al crecimiento del PIB, sino a la capacidad real del Estado para distribuir mejor las oportunidades, reducir brechas sociales y generar movilidad económica.

Durante el gobierno del presidente Gustavo Petro, la reducción de la pobreza y la inclusión social se convirtieron en ejes centrales de la agenda política y económica. La reforma tributaria presentada por el entonces Ministro de Hacienda José Antonio Ocampo buscó aumentar la progresividad fiscal, elevar la tributación sobre sectores de mayores ingresos y financiar programas sociales orientados a disminuir las desigualdades históricas.

La reforma tributaria aprobada en 2022 proyectó recaudos adicionales cercanos a 20 billones de pesos anuales. Entre las medidas más importantes estuvieron los mayores impuestos a dividendos, la limitación de beneficios tributarios y el incremento de la carga fiscal al sector minero-energético. la reforma fue Y  sus efectos sobre la distribución del ingreso siguen siendo limitados.

El índice de GINI, que mide la desigualdad de ingresos, pasó de 0,553 en 2023 a 0,551 en 2024. Para 2025, las estimaciones preliminares indican una leve reducción cercana a 0,548, aunque Colombia continúa muy lejos de los niveles observados en economías más equitativas. Un país con un GINI superior a 0,5 sigue registrando altos niveles de desigualdad social y económica. En comparación, países europeos presentan indicadores cercanos a 0,30 o 0,32.

Sin embargo, el problema de Colombia no solo es la desigualdad del ingreso, sino la enorme concentración de riqueza y activos productivos. El caso más crítico continúa siendo el sector rural. En la agricultura, el índice de GINI de concentración de tierras permanece cercano a 0,88 o 0,89, uno de los más altos del mundo. Esto significa que una pequeña parte de propietarios controla grandes extensiones de tierra mientras millones de campesinos tienen acceso limitado a propiedad, crédito y tecnología productiva.

La concentración de tierras históricamente ha limitado el desarrollo agrícola, ha profundizado las brechas sociales y ha sido uno de los factores que alimentaron el conflicto armado colombiano durante décadas. Aunque el Gobierno ha impulsado programas de compra y redistribución de tierras, los avances todavía son insuficientes frente al tamaño del problema estructural y lo triste, esas tierras, dejan de ser productivas…

La pobreza monetaria nacional se mantiene alrededor del 33 %, mientras que la pobreza extrema todavía afecta a más de 5 millones de colombianos. En regiones rurales y periféricas, los niveles de pobreza superan ampliamente el promedio nacional. Departamentos como La Guajira, Chocó y Sucre continúan presentando algunos de los indicadores sociales más críticos del país.

El PIB per cápita colombiano alcanzó cerca de 7.300 dólares en 2024 y superó los 7.700 dólares en 2025, lo que es tercermundista, muy inferior a Chile , Costa Rica, Uruguay, Argentina….Y distante de España, que propiamente no está en el total desarrollo. Para 2026, algunas proyecciones lo ubican cerca de los 8.000 dólares por la baja en el comportamiento de la tasa de cambio. Sin embargo, el aumento del PIB per cápita no necesariamente significa una mejor distribución de la riqueza. Gran parte del crecimiento económico continúa concentrado en sectores específicos y en grupos de altos ingresos.

Uno de los principales problemas de Colombia sigue siendo la informalidad laboral. Más del 55% de los trabajadores continúan en condiciones de informalidad, especialmente en regiones rurales y ciudades intermedias. Esto limita el acceso a seguridad social, crédito, estabilidad laboral y pensiones. Además, el desempleo juvenil permanece cercano al 18%, reflejando las dificultades de inclusión económica para las nuevas generaciones.

El debate sobre desigualdad también está relacionado con la eficiencia y calidad del gasto público, en un modelo burocrático y de alto nivel de corrupción. Aunque el Gobierno ha ampliado programas sociales, subsidios y cobertura educativa, persisten dudas sobre la sostenibilidad fiscal y sobre la capacidad de transformar esas ayudas en movilidad social permanente.

La reducción de la desigualdad no depende únicamente de reformas tributarias o subsidios temporales. Requiere crecimiento económico sostenido, con modelo de productividad, generación de empleo formal, transformación productiva, acceso a educación de calidad y mayor inversión en infraestructura regional. También exige cerrar las brechas históricas entre el campo y las ciudades.

La discusión sobre el futuro social del país debe centrarse en cómo convertir el crecimiento económico en bienestar colectivo. La inclusión social y la reducción de la pobreza deben dejar de ser únicamente objetivos políticos y convertirse en políticas de Estado de largo plazo. Luego el punto de partida es una reforma constitucional , para implantar la planeación de largo plazo en Colombia.

Ana Lucia Arango M