Para quienes hemos vivido en Latinoamérica, no resulta exagerado pensar y afirmar la necesidad de estar en alerta del comportamiento de nuestros lideres políticos, siempre ha primado la figura del todo poderoso caudillo que se destaca por su personalidad desbordante en sabiduría, o por su extrema capacidad de no respetar normas porque cree ser el poder concentrado o simplemente no le interesa el respeto por el Estado de Derecho.

Y para ser realistas, los ciudadanos tienden a preferir al líder que resuelve todo por él, en un clásico deje así, no me meto en problemas ante escenarios de incertidumbre.

Amigos todos mucho cuidado se nos olvida que obrar así es dejar el camino muy abierto a caudillos que se apoderan del poder y son muy difíciles que lo devuelvan “por la buenas”. Y si a lo anterior le sumamos la carencia de partidos fuertes, organizados, respetuosos de las normas, donde solo respetan la lealtad personal que genera el caudillo que engolosina todo a su alrededor generando clientela y contratos a manos llenas.

Aún están vivos en América comportamientos donde el presidente hace de todo: legisla, reglamenta y ejecuta, rompiendo la división de funciones del constitucionalismo clásico. El presidencialismo en extremo entonces domina al poder legislativo mediante coaliciones mayoritarias disciplinadas desde el poder, con asignación de cargos y recursos a congresistas, sin pena ese presidencialismo realiza presiones políticas, económicas, busca siempre la tramitación de proyectos bajo urgencias, el presupuesto se convierte en herramientas de negociación.

Y sin exagerar si la oposición no se expresa se ha llegado con mucha frecuencia a padecer un Congreso que no es deliberante e independiente y se convierte en un apéndice – dependiente del Ejecutivo. 

Ese presidencialismo concentrado suele buscar la forma para COOPTAR las instituciones que deben vigilarlo: fiscalías, contralorías, procuradurías, defensorías, tribunales disciplinarios, oficinas anticorrupción.

Cuando estos órganos obedecen al presidente y no a la Constitución, desaparece la vigilancia real del poder y es aquí donde cada ciudadano debe estar siempre alerta o como en palabras de los scouts siempre listos a no dejar que el presidente invada esos sagrados terrenos que solo permite y existen en las democracias.

También ocurre que ese presidente OMNIMODO reduce la autonomía de gobernadores, alcaldes y entidades territoriales mediante: recentralización presupuestal, intervención administrativa, recorte de competencias locales, centralización de programas sociales.

Muy a nuestro estilo latino ese presidencialismo concentrado mantiene una narrativa emocional y simbólica del líder, que se presenta como: el gran salvador, protector, e intérprete único de la voluntad del pueblo, acaba así la institucionalidad ética y sustituye la ética pública por moralismo personalista del presidente todo poderoso.

Ese comportamiento va en debilitamiento del articulo 209 constitucional que consagra el principio de moralidad administrativa que exige imparcialidad, responsabilidad, donde la toma de decisiones debe contar con control técnico o jurídico. A este paso ya se ha llegado a algo muy peligroso la moralidad administrativa, que es un deber jurídico, se ve reemplazada por el voluntarismo del líder que ya controla los incentivos, las sanciones y la supervisión.

El presidencialismo concentrado crea justo el siguiente escenario:

  • decisiones centralizadas,
  • contratos asignados desde el Ejecutivo,
  • órganos de control cooptados,
  • impunidad estructural. 

 Y lo más grave: pérdida de ética institucional: Las instituciones dejan de actuar por principios y empiezan a actuar por conveniencia política. El gobierno se presenta como moralmente superior, y todo opositor como inmoral o corrupto. Por tal no podemos dormirnos debemos ser vigilantes.

*Abogado especialista en derecho administrativo

Jorge Enrique González Rojas