Todos sabemos que el arte es el lenguaje universal que traspasa fronteras ideológicas, políticas y étnicas, fortalece la cohesión social y crea puentes invisibles de reconciliación, de respeto mutuo y por lo tanto de paz.

Estos comportamientos, que surgen de manera espontánea, quedan ratificados con eventos como los festivales Mercedes Montaño y Petronio Álvarez, por citar solo dos ejemplos, en los cuales vimos a caleños y visitantes disfrutar en alegría y unión, de una excelente oferta cultural, en un intercambio intergeneracional e intercultural democrático, sin distingos de ninguna clase y completamente en paz; espacios, aunque temporales, profundamente significativos de celebración y de encuentro.

Los eventos culturales generan un sentido de pertenencia temporal pero intenso. Los asistentes desarrollan una identidad grupal basada no en la exclusión del “otro”, sino en la celebración compartida. Esta experiencia de comunidad efímera pero real demuestra que es posible la convivencia pacífica y alegre entre la diversidad.

Cuando cada uno de nosotros comparte estos momentos significativos en las redes sociales, está enviando un mensaje de que es posible generar formas alternativas de convivencia armónica y pacífica y de fortalecer juntos nuestras identidades.

Cuando la ciudad ha vivido momentos tan difíciles de violencia a causa del terrorismo de los grupos armados ilegales, es bueno recordar que el arte nos permite construir y difundir imaginarios colectivos alternativos a los del conflicto, no solo desde el sufrimiento, sino desde la resiliencia, la creatividad y la esperanza.

Estos espacios de paz no solo se construyen a través de los eventos. Se construyen cuando se trabaja día a día en los territorios, especialmente con los jóvenes y los niños. Casos como el del programa Batuta, el Coro de Desepaz, las escuelas de salsa o los talleres comunitarios del Teatro Esquina Latina, solo por citar algunos ejemplos, pues afortunadamente son muchos y no me alcanza esta columna para citarlos a todos, son un trabajo de consolidación de la paz en sociedades como la nuestra que experimentan conflictos graves.

Pero estos programas no generan el ruido que generan las bombas, son una labor callada pero efectiva, con presupuestos limitados, que alejan a niños y jóvenes de la ilegalidad y de los grupos armados y aportan alivio y, en algunos casos, procesos de catarsis que sanan heridas del pasado reciente o lejano.

Hay una frase que se le atribuye al maestro José Antonio Abreu que dice que un niño que empuña un instrumento musical nunca empuñará un arma, y eso sucede tal vez porque la riqueza espiritual que aporta el arte y la cultura, produce como resultado buenos seres humanos que aportan de manera positiva a nuestra sociedad y en muchos casos alternativas de ingresos monetarios legales que dinamizan la economía y atraen turismo cultural.

¿No será el momento de que dirijamos nuestra mirada a estos procesos culturales para que los multipliquemos en aquellos lugares donde tenemos poblaciones en condiciones de vulnerabilidad?

Dejo esta reflexión porque en la historia de nuestro país, los programas culturales son los primeros que sufren recortes presupuestales cuando su aporte es tan significativo en la construcción de la paz, así en muchos casos sus resultados sean intangibles y tomen tiempo.

Yolanda Constain R