Lo que aquí se narra son pasajes extraídos del diario acontecer en uno de los tantos pueblecitos de América Latina cuyas costumbres traslucen aún la influencia de la Conquista española.

Cierto día, en aquel terruño, una vez terminada la misa, el sacristán llevó al despacho del padre Ramón la morada talega de lana con lo recaudado en la celebración. La vació en el escritorio del padrecito y procedieron a contarlo. Como siempre, el cura se encargó de los billetes y el sacristán, de las monedas. Estando en el conteo, el padre Ramón llamó la atención de Lotario, nombre de su acólito, sobre una moneda muy pequeña de color amarillo. El joven la apartó a un lado y preguntó:

–¿Será de oro esta monedita, padre?

–Déjame verla –le pidió el cura. La tomó en las manos, la llevó a la boca y le aplicó el diente. Hecho esto, declaró–: Efectivamente, es de oro. ¿Quién la habrá echado?

–Quién sabe, padre.

–¡Cómo no vas a saberlo! –replicó el cura, en tono alto, y añadió con sorna–: ¿Acaso yo recogí las limosnas?

–Pero, padre –se defendió el sacristán–, usted me ha dicho que no me fije en quién da, sino que vea que todos den.

 

–Bueno… –contemporizó el cura–. Pero en este caso quiero saber quién echó esta moneda. La próxima vez que recojas las limosnas, pon mucho cuidado y me cuentas qué echó cada quien. ¿Entendido?

–Sí, padrecito –asintió el joven, y opinó–: Yo creo, aun que seguro no estoy, que el de esta moneda pudo haber sido el boticario, porque cuando a continuación de él doña Sebelinda Calzada echó en la bolsa las tres monedas que acostumbra, en el fondo de la talega sonaron sus moneditas al entrechocar con otra que ya estaba allí. –Y repitió–: Le digo, padre, que pueden ser cosas mías. –Para desviar la conversa por otros rumbos, hizo este comentario–: ¿Sabe, padre? El boticario fue uno de los últimos en llegar al templo y uno de los primeros en depositar su limosna para luego hacer lo de siempre.

–¿Cómo así lo de siempre?

–Así es, padre, lo de siempre. El boticario espera en el atrio a que la señora Rufina, la esposa de don Anselmo, entre a la misa para decirle: “Buenas tardes, gentil dama”, y después de que ella se sienta donde acostumbra, el hombre se sienta en la banca de atrás y toda la misa se la pasa mirándole el pompis…, y yo creo que a ella la cosa no le disgusta.

–Calla, Lotario, calla. Eso es imaginación tuya.

–No, padrecito, es verdad –dijo muy serio Lotario, y redondeó el chisme–: Al salir de la iglesia y pasar a su lado, él le dice en voz muy bajita: “¡Quién fuera vestido para estar en ese cuerpito”.

–Al revés, Lotario, al revés.

–Yo pensé lo mismo. Pero me enteré de que cuando don Aguinaldo le habla a alguna de las damas que vienen a presenciar la Eucaristía, les dice unos piropos trocados para que ellas le pregunten “¿Cómo así?”, y él les contesta: “Pase por la botica. Allá le doy su aguinaldo y por ahí derecho se lo explico”.

”Doña Rufina le replica siempre en voz baja: “Un día de estos voy, corrompido”, y suelta una risita, se acomoda el pañolón y se va contoneando su pompis. Él se para en el atrio hasta que la ve perderse en la vía. Dice el boticario que Rufina tiene muy buenos aguinaldos…; digo, muy buenos atributos.

¡Qué tonto se sintió el padre Ramón por no darse cuenta de lo que pasaba durante el sagrado oficio por estar encarretado con la liturgia y el sermón.

–Bueno, ya, Lotario, ya –dijo el cura, fingiendo fastidio, aunque en verdad no le disgustaba ponerse al día sobre aquellas minucias de su feligresía–. Dejemos el chisme para otro día, y póngale cuidado a lo que hablamos. Ah, por cierto, ¿y quién echó el billete de cincuenta mil pesos?

–Ese fue un señor que se las pica de joven; viene a la misa con la camisa por fuera, eso que llaman guayabera, y no se pone medias. Le oí decir a doña Miel que el sujeto es de la capital y se hospeda en la casa del ingeniero director de la Secretaría de Desarrollo a la Comunidad. También fue él quien nos trajo una bolsada de velitas para el atril de San Toribio. Hace como un año vino por primera vez y quedó encantado de la tranquilidad del pueblo. Desde entonces vive donde doña Miel. Es separado y tiene un hijo que es corredor de carros y vive en Canadá. Por cierto, ya ha ganado varias competencias. Una vez corrió en el rally Londres-Dakar y no le fue tan mal.

El padre Ramón fingía estar distraído, pero era todo oídos, y trabajo le costaba ocultar su asombro por la capacidad del sacristán de averiguar al detalle la vida y milagros de los feligreses. Tan solo para que quedara en claro la dignidad de su sotana, masculló:

–¿Otra vez, Lotario, otra vez? Deje tanto chisme, que tengo cosas más importantes que estar aquí oyendo habladurías.

–Pero, padre –objetó el muy ladino–, usted me pre­gunta, y si yo sé la respuesta, le respondo. El día que me pregunte algo y no lo sepa, usted se va a poner bravo.

–Ya, ya, Lotario. Y hablando de lo importante, por cierto, los atriles están muy feos. Tenemos que ver quién los puede arreglar, o si no hay que comprar otros.

–No diga eso ni en chanza, padre. Recuerde que todo lo que se recoja en la misa es para pagarles a los obreros que van a reconstruir el campanario para volver a colocar allí la campana que se cayó por el temblor del año pasado y por milagro no se rompió. Además, padre –agregó–, usted bien sabe que el gordo barrigón del señor Obispo, fuera de que nos dijo de tajo que no nos puede ayudar con algo para lo del campanario y para pintar la iglesia antes de que lleguen las fiestas patronales de Toribio, quiere una mordida del cuarenta por ciento no solo de las limosnas, sino de todo lo que hagamos con las quermeses. Según él, para financiar sus obras de caridad.

”Ese cuento no se lo cree nadie –enfatizó, irreverente, el sacristán y machacó sobre lo que el curita bien sos­pechaba–: Toda esa platica se va a su bolsillo para, entre otras cosas, mandar a comprar chicharrones con arepa y bofe ahumado lo sábados y pasarla rico. ¡Claro! –observó con ironía– Como tiene tantas parroquias a su cargo. Ya dizque cambió de carro y contrató de chofer a una mujer.

–¡Respete, Lotario, al señor Obispo! –dijo el cura, por no dejar, y reconvino al sacristán–: Y no me gusta que se refiera a San Toribio como Toribito, no vaya a parar a oídos del Presbítero y me haga meter en un lío. Usted me hace recordar aquella película de Cantinflas donde él hace el papel del despabilado padrecito ayudante de un anciano párroco.

–Bueno, padre –convino el sacristán, intentando un gesto sumiso–. Al señor Obispo no le vuelvo a decir barrigón, pero a Toribio sí le seguiré diciendo Toribito. –Y agregó, arrastrando las palabras–: Es que usted no sabe…

–¿Qué es lo que no sé y debería saber? –lo conminó el cura.

–Bueno, es que Toribito…, perdón, San Toribio, siem­pre está paradito en su nicho a un lado de la entrada de la iglesia, y ahí donde lo ve, es de lo más chismosito. Se patea todas las conversas de los fieles, y una que otra noche platicamos y me cuenta con lujo de detalles chismes que yo no me sé. Eso que le comenté a usted de doña Rufina lo supe por él, y además me dijo que una noche la vio entrar a la botica por la puerta del otro lado de la calle, donde está el aviso que dice “Se aplican Inyecciones”. ¡Cómo le parece, padre! –comentó el sacristán con un tono de voz y un teatral gesto de beatitud–: Y el pobre de don Anselmo, esposo de doña Rufina, esperando que su mujer regrese con los parches que se ofreció a traerle para un dolor de espalda que lo mata. Claro que la vieja le ha echado el cuento de que los parches hay que untarlos con no sé qué cosa que también tiene el ají.

–Dejemos allí, Lotario, que con tanto cuento empieza a dolerme la cabeza. Nos cogió la tarde y no hemos cerrado las puertas de la iglesia. Hagámoslo y váyase a descansar, que yo haré lo mismo.

Antes de que el sacristán saliera, el padre le preguntó a Lotario por el asunto que inició su conversa:

–Bueno, Lotario. En definitiva, ¿quién fue el que echó la moneda?

–Verá, padrecito. Ahora que recuerdo, en la segunda banca de adelante, en el lado izquierdo, se sentó un señor precisamente cuando empecé a recoger la limosna. Me llamó la atención que al iniciar la misa él estaba sentado en la primera banca de la entrada, a la izquierda. O sea que Toribito debe de saber quién es ese sujeto. Mañana sábado, cuando haga el aseo de la iglesia y antes de irme, se lo preguntaré. –Hizo una estudiada pausa y agregó–:

¿O quiere que le pregunte ya, y usted me acompaña? –No, Lotario, deje la cosa así, ¡asíííí…!

II

Un tío de Lotario, hermano de su madre, abrazó los hábitos franciscanos y viajó por todos los rincones del mundo en su cruzada de combatir al Maligno, que se apoderaba de los cuerpos de hombres y mujeres que caían en sus garras. En una palabra, el tío era exorcista.

Batalló contra el mal aquí y allá en interminables y agotadoras sesiones que lo dejaban exhausto tanto corporalmente como espiritualmente, y debía descansar por un tiempo antes de su siguiente batalla contra el Renegado. Para ello siempre iba a casa de su hermana.

Todos los episodios de su trabajo narrados por el tío a su hermana los escuchaba Lotario a hurtadillas, lo cual incubó y cimentó su vocación de ponerse al servicio de la Iglesia. Su tío era para Lotario el padre Carras redivivo de El Exorcista, que tan denodadamente había luchado con el Maligno en aquella cinta para que abandonara el cuerpo de la pobre niña.

Aquella producción cinematográfica fue en verdad extraordinaria y mereció los aplausos del mundo. Pero la escena en la cual el Enemigo Malo sale del cuerpo de la niña; esa mancha negra casi indefinible pero cercana a la figura de un vampiro, que antes de abandonar el cuarto mira al padre Carras como queriéndole decir “¡Esta batalla la perdí, pero no me has ganado la guerra!; esa escena hollywoodense, pese a lo espeluznante, apenas si plasmaba algo del horror que debía enfrentar el tío de Lotario día a día en su lucha contra el Demonio.

Es que cuando no se enfrentaba directamente a su diabólico contendor, el franciscano batallaba casi todas las noches con aquella aberración. Contaba él a su hermana, refiere Lotario, quien todo lo escuchaba, que el Maligno se presentaba en su cuarto y trataba de asfixiarlo luego de atarlo de manos y pies. Sin embargo, nunca lo logró, pues el sacerdote lo combatía encomendándose al Todopoderoso, hasta que el Diablo cejaba en su empeño y se retiraba escupiendo maldiciones. Lo que no logró el Maligno lo hizo un accidente cerebrovascular, de resultas del cual hallaron una mañana muerto al soldado de Dios.

III

Pueblo que se respete tiene su bobo o tonto. El de Cuchicheo era Troilo. Su nacimiento fue prematuro y dura su infancia, y para colmo de males casi se lo lleva la polio. Pero, con todo y su figura deforme, era muy servicial. Nadie sabía cuál era su edad. Vestía muy limpio y tenía fama de paladar exquisito. “Eso me cae mal y me engorda”, argüía si lo que le ofrecían no era de su gusto.

Se autonombró guía de turismo de Cuchicheo. Luego de ver la cinta Como agua para el chocolate, su plato preferido –aunque pocas veces estaba a su alcance– eran las codornices al vino con pétalos de rosas rojas; y aseguraba que los flavonoides y el robastetrol presentes en el vino conservaban la tersura de piel de que hacía gala.

Otra de sus pasiones era ser bombero, y lo consiguió; pero solo atendía las órdenes del teniente Ruiz. En dos conatos de incendio demostró sus capacidades bom- beriles, pese a la dificultad de sus piernas. Cierta vez, para salvar a un perrito, atravesó las llamas que envolvían la entrada de una casa incendiada.

Pero lo que le mereció mayores elogios fue el haber socorrido a una anciana que estuvo a punto de perecer entre las llamas del incendio que se produjo cuando tiró una colilla encendida en una papelera. Varios vecinos comentaron que ese día Agripina se quería suicidar, cansada de vivir su vejez absolutamente sola. Alguna vez se le escuchó decir que ya habían pasado más de veinte años después de que ella cumpliera los setenta. Troilo la llamaba Lita, y a partir de entonces la visitaba varias veces al día. Ella lo recibía con avena y torta de plátano.

IV

Durante las semanas siguientes el sacristán no recogió la limosna, pues alguna vieja se le adelantaba y lo hacía por él oficiosamente. Pero siempre al contar el dinero no faltaba la monedita de oro.

Lo de la monedita de oro lo manejaron en secreto el cura y el sacristán, hasta que llegó el día de destapar la urna que estaba adosada al atril de San Toribio. En ella, entre billetes y monedas de ley, había cuatro moneditas de oro. El sacristán soltó la lengua y exclamó a viva voz: “¡Con estas cuatro monedas ya completamos quince!”.

Más se demoró el sacristán en decir “ya completamos quince”, que el señor Obispo en arribar a Cuchicheo. Al día siguiente fue a la iglesia, y recién bajado del auto arrimó a la sacristía donde juntos el sacristán y el cura hacían el acostumbrado conteo, y saludando a medias les espetó:_

–Quince por el cuarenta por ciento es igual a seis. Padre Ramón, me tocan seis moneditas de esta urna. A ver, páselas.

El sacristán, ofendido por la angurria del Obispo, dejó solo al prelado con el cura, se plantó en el atrio de la iglesia y, en un descuido de la chofer, pinchó dos llantas del carro. Como no tenía efectivo el Obispo para hacer reparar el daño, pidió al sacristán que buscara cómo vender las monedas de oro. Lotario fue a una compraventa y las negoció a buen precio. Cada moneda pesó 2.5 gramos. A Lotario le pareció curioso un detalle de las monedas que había pasado por alto: cada una estaba marcada con un número y una letra.

En la siguiente cosecha de limosnas encontraron una de las monedas vendidas. Lotario nada dijo de esto al padrecito. Pero si el hecho llamó la atención de Lotario, lo que le pareció extraño en verdad fue que René, dueño de la compraventa, no asistió a la misa de ese día ni a las que se oficiaron después en las que fueron apareciendo en la talega de las limosnas las moneditas compañeras.

V

El pueblo de Cuchicheo estaba consagrado a san Toribio, santo español nacido en Huelva en 1538 y muerto en Lima en 1606. Fue santificado por Benedicto XIII en 1726. Cuando rondaba los treinta años fue enviado como misionero a Lima. Desembarcó en las costas de la actual Venezuela, y por considerarlo que se avenía con su carácter misional, emprendió a pie la distancia que lo separaba de Lima.

Al llegar a Cuchicheo, en ese entonces un miserable caserío que servía como punto de descanso a los viajeros y a los muleros con sus recuas, Toribio se sintió muy bien acogido y decidió pasar allí unos días, aunque su prédica en que hablaba de que españoles e indios eran iguales ante Dios, no fue de muy buen recibo por los conquistadores terratenientes que esclavizaban a los aborígenes. Después de su partida los indígenas intentaron algunos conatos de rebelión, que fueron rápida y cruelmente extirpados. Los sencillos moradores del villorrio aseguraban que con el misionero habían llegado seres sobrenaturales.

Pue bien. Volvamos a nuestros días. Por boca del abuelo de Elsa Pito se supo que Nepomuceno, el anterior párroco, había escrito reiteradamente a Roma pidiendo que les enviaran una comisión con un exorcista, para que investigara la presencia de algunos de estos seres, que se manifestaban en una de las puertas laterales de la iglesia. Tras tanto insistir, con la anuencia del señor Obispo de la capital la comisión viajó a Cuchicheo.

Los comisionados se acomodaron en la sacristía ocho días, durante los cuales atalayaron día y noche el sitio en que se decía manifestaban su presencia los seres del otro mundo. Finalmente, como nada sucedía, resolvieron irse y sentar en un acta que todo no era más que rumores, y para curarse en salud recomendaron que se trasladara al cura a otra parroquia. Pero el padre Nepomuceno no quedó nada satisfecho con el dictamen de la comisión, y esa misma noche resolvió adelantar la investigación por su cuenta. Contrató a tres duchos guaqueros, y después de cerrar las puertas de la iglesia les indicó que debían cavar en el sitio en donde se decía aparecían las luces, señal inequívoca de la presencia de un tesoro enterrado y no de seres sobrenaturales.

Así fue. Expectantes, cura y guaqueros vieron aparecer, cerca de medianoche, las extrañas luces. Cavaron con frenesí por dos horas, hasta que un sonido metálico les indicó que habían dado con un cofre. Durante todo esto, el padrecito rociaba cada palada de tierra extraída con agua bendita, y cuando vieron lo que parecía ser un arcón de cobre, se levantó como impulsado por un resorte.

Los guaqueros, de rodillas en el borde de la excavación, alzaron la tapa. Chirriaron las herrumbrosas bisagras…, y quedó al descubierto el entierro. En ese preciso momento surgieron a espaldas de todos, sin saber de dónde, cuatro enanos horribles que saltando sobre ellos se arrojaron al tiempo al fondo del hueco, en el instante en que aparecían en su suelo, como de la nada, otros dos engendros. “Solo falta Blancanieves”, le dio por pensar a Nepomuceno.

Y así como se materializaron los trasgos, en un abrir y cerrar de ojos se esfumaron y con ellos el arcón y su contenido. El padre y los guaqueros quedaron estu­pefactos, no tanto por los enanos y el robo del tesoro, sino por cómo se habían hecho aire ante su vista. “Los duendes del arco iris se llevaron mi tesoro”, gimoteó el cura ya a solas.

Del paradero de los guaqueros solo supo el padre, y este quedó ciego y loco de remate. Los médicos que lo atendieron dictaminaron que sus retinas habían sido quemadas por la exposición a rayos gama y ultravioleta de fuerte intensidad. En su reclusorio, el padrecito no cesaba de repetir día y noche, año tras año, como una letanía, que los duendes custodios del nacimiento del arco iris le habían robado su tesoro ante sus mismos ojos.

VI

El padre Ramón, poco dado a creer en cosas de duendes y apariciones, hubo de confesar al sacristán que en varias ocasiones, al quitarse la casulla, alguien se la escondía. Se vio, por tanto, obligado a indagar en los libros y encontró que aquellas presencias son espectros de luz que se condensan en extrañas figuras. Y todos coincidían en que eran consumados tomadores de pelo.

VII

A Cluther lo llamaban ‘míster’ en el pueblo, aunque era alemán; apelativo por demás común entre la gente del común para designar a todo aquel que habla otra lengua. Él, ingeniero férrico, conoció lo generosa que era esta zona en minerales ferrosos e inició la construcción de una siderúrgica.

La siderúrgica está situada al lado de la cueva conocida precisamente como ‘Cluther’, que tiene una historia que se remonta a la época en que los indígenas eran señores de la zona. Según la tradición oral, una princesa de nombre Pical se refugió en ella huyendo del asedio y acoso de un indio rechazado. Dentro de la cueva, húmeda y tapizada con mantos ferrosos, encontró matas de mandrágora. Arrancó varias y las maceró. Cuando percibió que el indio se acercaba, salió de la penumbra y vertió sobre él el aceite de mandrágora, que lo convirtió en un cervato bermejo. Los lugareños creían a pie juntillas que el cervato aún merodeaba por esos lados.

Homero, el aeda griego por antonomasia, en su relato de la gesta de Troya, en uno de los cantos de la Odisea narra la epopeya de Ulises, quien concluida la guerra, en su accidentado navegar por el Egeo con un puñado de hombres rumbo a su querida Ítaca, desembarcó con los suyos en la isla de Calipso, en donde reinaba Circe, mujer de esplendorosa belleza.

Cirse, consumada hechicera, se enamoró de Ulises y con tal de retenerlo convirtió en cerdos a todos sus compañeros de viaje, pero cuando quiso hacer lo mismo con el héroe su pócima falló porque Ulises, protegido de Mercurio, había sido advertido por el dios de que la hermosa y provocativa bruja lo convertiría en un cerdo si no cedía a sus encantos, y antes de arribar a la isla lo proveyó de una rama de molly, antídoto contra la mandrágora. Ulises no solo se libró del hechizo sino que liberó también a sus hombres. Cirse, impotente, los dejó partir. Cronistas de la época afirman, sin embargo, que Ulises tuvo un hijo con Circe y que se llamó Telémago, nombre muy semejante a Telémaco, el hijo de Ulises con Penélope.

* * *

Agustina Lara, vecina de Cuchicheo, vivió algunos años en España y allí se casó con un español de apellido Fugas. Después de cumplir su hija Lola los quince años se vinieron al pueblo. Lolita, como todos la llamaban, era amante de los animales y crio un cervatillo de piel canela que le regaló míster Cluther. El cervatillo creció y desarrolló la espectacular cornamenta de los de su raza.

El animal, hasta entonces dócil y querendón, una mañana amaneció de mal carácter y la emprendió con pezuñas y cuernos contra el cerramiento que lo aislaba de la casa. Lolita comprendió que había llegado la hora de liberar al ciervo, pues la selva lo llamaba, y le abrió la reja trasera. Roco salió disparado hacia el monte que rodea la cueva de Cluther. Sus días de encierro habían terminado. El hechizo se había roto.

VIII

Eloísa Borda y su hermana Dora, conocidas en el pueblo como las Borda-doras, continuaron con el taller de bordados que doña Judith dirigió por tantos años. Varios días de la semana los dedicaban a la enseñanza de tan lento y complicado oficio. Los sábados y domingos de fin de mes era una verdadera romería la que venía al pueblo para admirar y comprar los diseños exclusivos que ofrecía el taller de las Bordadoras.

En comunicación certificada por el Camarlengo de su santidad Juan Pablo I, se exalta la labor de la casa Borda y se dice que la Basílica de San Pedro y la Capilla Sixtina, así como los recintos papales, han sido decorados con estas piezas de belleza y calidad excepcionales.

Eloísa estuvo al borde de contraer matrimonio con un hombre muy adinerado que la cortejó por años y a quien una noche le dijo que sí y al día siguiente le dijo que no. La razón fue muy sencilla, pues la Borda reflexionó que al casarse con aquel pretendiente, ella vendría a llamarse Eloísa Borda de Masiado. Los chascarrillos a que daría lugar la graciosa conjunción de los dos apellidos decidieron a Eloísa a echarse para atrás tan repentinamente, en lo que pesó también el hecho de que la hija que quería tener en cuanto se casara y a la que llamaría Ester, algún día sería blanco de las burlas de compañeras malintencionadas. De Elquín Masiado nunca se volvió a hablar.

Dora fue viuda a los pocos meses de casada. Se enamoró locamente de un torero que deleitaba a los aficionados a la fiesta brava por su desempeño en el ruedo. El Guache, como lo apodaron, era irreverente con los toros de lidia que enfrentaba en la arena y los ultrajaba diciéndoles: “¡Estúpido! ¡Aquí me tenéis!”. Un día, después de una faena gloriosa, el Guache le dijo a Dora: “¡Pídeme lo que quieras!”. Ella le contestó: “Lo que quiero es no tener nunca que ir a verte herido de muerte por un toro. Deja esa profesión, que podemos seguir viviendo con lo que tenemos el tiempo que falta.”

Héctor Elí, el Guache, le cumplió a Dora. Terminó unos contratos pendientes y cerró su carrera con broche de oro. Solo volvió a ver los toros en filetes y sobre su plato. Pero el Destino le tenía preparada una cruel paradoja.

Pasados cuatro meses de su retiro, cierta tarde antes de entrar a la iglesia escuchó una gran algarabía por los lados de la plaza. Unas vacas, asustadas por el estrepitoso ruido del motor de un camión, no entraron al corral y tomaron camino del pueblo. La vaca guía, atraída por el vestido rojo de Dora, se dirigió hacia ella. Cuando Héctor Elí se interpuso entre la vaca y Dora para protegerla, el animal lo ensartó en los cachos y voló por los aires. No alcanzó a llegar vivo al centro de salud. La cornada y el golpe en la cabeza que le propinó una vaca lechera despacharon al Guache, vencedor de cien combates con toros de casta. Dora no quiso volver a ver la carne de res en su casa, y las proteínas que necesitaba se las suministraba la carne blanca.

IX

Había llegado la semana en que se celebrarían las fiestas patronales de San Toribio. Todas las fachadas de las casas en las vías principales se lavaron y fue restaurado el maderamen de los balcones; las calles quedaron impecables y se engalanaron con festones de lado a lado, entre balcón y balcón cada ciertos metros. Pequeñas luces como luciérnagas inundaron de color las adoquinadas calles.

Con vista a las festividades se bajó el Cristo del Silicio, que cuelga encima del altar, para darle un retoque de barniz a la madera. Las hermanas Borda ofrecieron una nueva manta de color rojo púrpura para cubrir desde la cintura hasta los muslos del Cristo.

Se le llamó el Cristo del Silicio por un error del tallador quiteño al que le encomendaron la labor. Antes de terminar el tallado de las extremidades inferiores, olvidó tallar en la cabeza la corona de espinas con la cual lo afligieron los fariseos. Al notar el error, porque se lo hicieron ver, y no habiendo terminado de tallar las piernas, talló en el muslo izquierdo de la santa efigie algo como un alambre de púas, y adujo que era un silicio. Por si fuera poco, y para no tallar dos clavos, uno en cada pie, montó el pie derecho encima del izquierdo y se ahorró un clavo, pero cobró igual que si hubiese tallado los dos. Dijo después que en la época de Cristo era común amarrar con lazos los brazos a la cruz y colocar un descanso para los pies, y así lo talló.

Mucha gente visitó a Cuchicheo en sus festividades. En la plazoleta del pueblo se veía de todo: artesanías en metal y madera con la efigie de San Toribio y del Cristo del Silicio, réplicas de la campana y del campanario, comidas de toda clase, bebidas fuertes y calientes, pas­telería y postres, piezas bordadas, cervatillos en fieltro color rojizo… Hubo desfile de carrozas, muestra gana­dera y bovina y exhibiciones de caballos de paso. Y, por supuesto, verbenas y caseta con presentación de artistas en vivo.

Los tres días de parranda arrojaron lo esperado. Un porcentaje del precio de entrada a los espectáculos, un sobreprecio a los licores y los cuantiosos depósitos de tal desfile de fieles en la urna destinada para recaudar el dinero para la reconstrucción del campanario com­pletaron el presupuesto para dar inicio a los trabajos. De más está decir que el señor Obispo estuvo siempre en el conteo de los dineros, se llevó la parte acostumbrada –y eso que quería más– y se marchó. El padre Ramón, el sacristán, los amigos de la iglesia, San Toribio y el mismo Cristo del Silicio descansaron cuando lo vieron partir.

En las misas siguientes se recogieron ocho moneditas de oro, de las que el venerable Obispo se llevó tres y las otras, junto con las que hasta entonces habían acumulado, se vendieron para completar el presupuesto de los trabajos a emprender.

Se contrató a una firma de la capital para adelantar las obras, lo que le tomó poco más de un mes. El durmiente de madera de quince pulgadas de lado y cuatro metros de largo, de donde pendería la campana, se aserró de un árbol de caoba que había negociado el señor Inspector con el dueño de la hacienda La Ponderosa.

La fundición del badajo fue encargada a míster Cluther, y su colocación en la campana marcó todo un acontecimiento en el pueblo. Precisamente ese día debería tañer para llamar a la misa de seis, próxima a comenzar. El sacristán, megáfono en mano en el atrio de la iglesia, convocaba a los feligreses. El ingeniero bajó del andamio con el cable que tiraba del badajo y dijo al sacristán que lo tomara y guardara el altavoz.

¡Talán, talán, talán! Tres veces sonó la campana llamando a misa. Se oyó una gritería en la plazoleta y en seguida unos a otros se atropellaban para entrar en la casa de Dios. El padre Ramón, los fieles, San Toribio y el Cristo del Silicio estaban exultantes con el sordo sonido de la campana que se cayó y calló por cuatro años. El templo de la parroquia del Cristo del Silicio, o de San Toribio, recuperó su antigua imponencia, y los vecinos rezumaban orgullo de haber nacido en Cuchicheo.

X

A todas estas, el padre Nepomuceno, pasados los años, recobró la razón y, con los avances de la cirugía, pudo ver de nuevo. El Episcopado le concedió un año sabático para su recuperación. No volvió a hablar de los enanos que se llevaron lo suyo, pero discretamente decidió buscarlos y recuperar lo que le pertenecía.

Los días lluviosos se internaba a caballo en el monte, empeñado en ubicar el lugar donde nacía el arco iris. Una tarde, después de un torrencial aguacero y tras caminar por horas, lo encontró. Con una estaca marcó el sitio. Al día siguiente regresó allí y cavó un hueco en la zona marcada. Varias horas de arduo trabajo y sudor le recompensaron con el hallazgo de una olla de buen tamaño que encerraba su tesoro: miles de monedas de oro. Llenó las alforjas con lo que podía cargar la bestia, y se dijo que al día siguiente regresaría por el resto. Cuando se disponía a partir aparecieron los enanos, que lo miraron sin animosidad, pero cargaron con la olla y siguieron con ella camino adelante. El cura se regresó por donde había venido.

Teniendo ya cómo pasarla bien el resto de sus días, viajó a España y allí se instaló cómodamente en un tranquilo pueblecito que le recordaba su Cuchicheo del alma. Un par de veces fue a Lima a visitar la tumba de San Toribio. Y mes a mes se las ingeniaba para que al talego de las limosnas del templo de San Toribio en Cuchicheo fueran a parar, a cuentagotas, las monedas necesarias para la reconstrucción de su campanario, destruido por la furia de un rayo.

¿Quién recibía las monedas y las echaba en la bolsa de la limosna y en la urna de San Toribio? Eso solo lo sabía Nepomuceno, y nunca lo dijo.

Carlos A. Hurtado D.