Las construcciones urbanas
Un edificio, por carente de arte, por inocente que haya sido el discurrir del constructor, no puede evitar decir algo con su sola presencia. Lewis Mumford
Las construcciones, que siempre parten de un modelo, son, las que en la mayoría de los casos, definen la imagen de las ciudades. Es el caso de París, Roma, Florencia, Siena o Santiago de Compostela. Ese “sólido construido” como define Colin Rowe la ciudad, ha estado conformado tradicionalmente por edificios, espacios urbanos y amoblamientos. Corrientes y anodinos, como los edificios de vivienda, las casas y las calles, las bancas, los buzones y los postes; o monumentales, como los edificios públicos y principales, los monumentos mismos y las avenidas, los paseos, los puentes, las plazas y los parques. De uso público o privado, estos edificios, espacios urbanos y amoblamientos se agregan periódicamente a nuevos sectores de la ciudad, que remplazan en importancia a los anteriores, o simplemente sustituyen construcciones anteriores que son demolidas en los centros, los suburbios o las cercanías. Sus tamaños varían: pequeños, medianos o grandes, pero siempre en relación con su entorno. La Plaza de Toros de Ronda es enorme en Ronda pese a ser mucho más pequeña que Las Ventas, que es pequeña en Madrid; y la absurda Torre de Cali, absurda por su inútil altura aquí, seria apenas mediana en Nueva York. Las formas de las construcciones obedecen a los modelos seguidos, a los tipos que aportan las tradiciones y los patrones de diseño, recurrentes o de moda. Las iglesias jesuitas en Hispanoamérica, de los siglos XVII y XVIII como San Francisco, en Quito o en Cali, siguen todas el modelo del Gesú de Roma, de 1568, considerada como la iglesia de mayor influencia en los últimos cuatro siglos.

Las formas de las construcciones
En la ciudad todos los edificios, sin excluir a ninguno, son representativos y con frecuencia representan las malformaciones, las contradicciones, las vergüenzas de la comunidad.
Giulio Carlo Argan
Estas formas construidas cumplen con variadas funciones, se construyen con determinadas técnicas y utilizan ciertos símbolos. Sus usos, que pueden ser los apropiados, es decir para los que originalmente se proyecto el edificio, no son los únicos, con enorme frecuencia las construcciones de las ciudades se adaptan a otros usos cuando no simplemente acumulan diferentes funciones con el paso del tiempo. Las técnicas constructivas pueden ser las apropiadas pero también pueden ser adaptadas y no es raro que sean simuladas. Como los “arcos rebajados” de San Antonio de la Florida, en la que, como en muchas otras iglesias de finales del siglo pasado o de principios de éste, en el Valle del Alto Cauca, en el sur occidente colombiano, se obvió la carencia de dovelas de ladrillo o piedra, tallando los “arcos” en los rectos dinteles de madera usados en la tradición constructiva colonial. Los símbolos se logran a partir de la respuesta a las funciones que llevan a cabo estas formas construidas, de las técnicas seleccionadas para su realización o, principalmente, de las formas mismas escogidas con el propósito del símbolo. Las estaciones del tren tienen que “parecer” estaciones, como la de la Sabana en Bogotá, y los aeropuertos tales, como el de Cali, que lo parece mucho aunque funcione muy deficientemente. Las bodegas en estos países “tienen” que ser construidas mediante naves de cerchas metálicas, como en Europa y los EE. UU., aunque el ingeniero Eladio Dieste nos haya mostrado que son más económicas en ligeras bóvedas de ladrillo.
El significado de las construcciones urbanas depende principalmente de su forma. Sobre todo cuando son de carácter monumental. Todos los edificios, independientemente de que hayan sido construidos de diversas maneras y pese a que responden a diversas funciones “no puede[n] evitar decir algo con su sola presencia”, como lo ha indicado Mumford. Evidencian, así, el marcado doble carácter de la ciudad y de la arquitectura: receptáculo y símbolo. Algunas construcciones, incluso, no tienen función distinta que ser monumentos, como el Arco del Triunfo en París, al tiempo que otras, independientemente de las variadas funciones que asumen con el tiempo, es la tradición la que les confiere ese carácter, como la Torre Eiffel, que pasó de ser símbolo de la Exposición de 1889 a ser símbolo de París. O la Opera de Sydney, que paso de ser un “fracaso económico” a ser símbolo de todo un país.
Los espacios, que permiten ver los monumentos y los edificios principales, pasan ha ser parte fundamental de ellos, llegando, en el caso de las plazas, las cuales inevitablemente son siempre monumentos, a hacer inseparables los edificios monumentales de los espacios urbanos que conforman. Como la Plaza de los Vosgos en París, o la Plaza Mayor en Madrid o la del Rey en Barcelona, ejemplos destacados de las innumerables Plazas Reales que se “formaron” en los siglos XVII y XVIII sobre todo en Francia y España rompiendo la apretada trama medioeval de las ciudades europeas.
El cambio de las formas
No existe ningún acto artístico, en las culturas avanzadas o en las primitivas, que no parta de un modelo. Giulio Carlo Argan
Las formas simbólicas construidas evolucionan o son impuestas y con frecuencia simplemente se asimilan. La forma urbana y arquitectónica cambia cuando las funciones se transforman; cuando las técnicas constructivas se desarrollan –o se pierden– o cuando la forma misma evoluciona simbólicamente debido a la evolución histórica del arte. Tal vez el mejor ejemplo de este proceso sea la “desmaterialización” del muro en las catedrales a lo largo de toda la Edad Media en Europa, búsqueda esta en la que están presentes la necesidad de dejar entrar la luz al interior de las naves, el desarrollo de la cantería románica que lo permitió y las nuevas formas góticas que surgieron. Así, la arquitectura del alto gótico no solo separa el espacio interior, a través de la estructura que encierra el volumen, del espacio exterior, sino que lo proyecta hacia afuera.

Los trenes y los aviones dan paso a nuevas formas arquitectónicas íntimamente ligadas a las estaciones y a los aeropuertos. El desarrollo de la construcción en hierro y vidrio da paso a la nave industrial, cuya influencia terminará por cambiar la forma de todos los edificios contemporáneos. El Movimiento Moderno en arquitectura evoluciona, sin que haya mayores desarrollos tecnológicos ni grandes cambios en las costumbres, hacia dos formas arquitectónicas y urbanas tan diferentes como pueden ser el Tardomoderno y el Postmoderno, para no hablar del recién Deconstructivismo. En la historia de la arquitectura y de la ciudad abundan los ejemplos.
En unas u otras, corrientes o monumentales, incluso en sociedades con arraigadas tradiciones, las formas urbanas y arquitectónicas “evolucionan” con no poca frecuencia a partir de influencias externas. Así lo expresa Eduardo Mangada:
Como siempre ha sido, con sus compañeras la música o la pintura, para presentar carta de identidad del invasor o colonizado o como respuesta educada del huésped que quiere recrear un ambiente próximo al visitante ilustre. […] Ni demoníaca, ni angélica, ni importada, solo viajera y sin fronteras, como debe ser en un mundo cada vez más plano.
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Arquitecto de la Universidad de los Andes con maestría en historia de la Universidad del Valle y especializaciones en la San Buenaventura. Ha sido docente en los Andes y en su Taller Internacional de Cartagena; en Cali en Univalle, la San Buenaventura y la Javeriana, en Armenia en La Gran Colombia, en el ISAD en Chihuahua, y continua siéndolo en la Escuela de arquitectura y diseño, Isthmus, en Panamá. Miembro de la Sociedad Colombiana de Arquitectos, la Sociedad de Mejoras Públicas de Cali y la Fundación Salmona. Escribe en El País desde 1998, y en Caliescribe.com desde 2011.