El año pasado lo acabé entre una montaña de emociones y de igual forma entre en el 2023. Sin embargo, este finaliza en una falsa calma. Porque digo falsa, porque la calma es exterior no interior. Llegar a la paz de espíritu entiendo que puede ser el objetivo de cualquier persona, igual que lo es para la mayoría de religiones. Por algo será. Sin embargo, es una de las cosas más complicadas de alcanzar.

Hago esta atípica introducción porque éste escrito pone fin a mi viaje, que me dio paz pero que me devolvió a “casa” como recién salida de la centrifugadora, completamente removida por dentro.
Hogar dicen que es aquel lugar donde está tu corazón, pero esa frase no contempla la posibilidad de tener el corazón dividido en pedacitos repartidos por aquí y por allí, uno de los míos en Colombia. Me fui del país (España) llena con una mochila repleta de recuerdos y de amor, sintiendo aún el cálido abrazo de mis amigos Poliana y Jorge, con quienes pasé mi último día explorado los pueblos de los que hablaré a continuación. Mis últimas memorias de Colombia.

Visitamos dos pueblos cerca de Medellín, antioqueños, frecuentados por locales, pero rara vez por turistas. Me pasaron a buscar a mi hostal sobre las 10:30 am, tarde para un colombiano, pronto para un español. En menos de hora y media, a pesar del tráfico nos plantamos en la plaza principal de El Retiro, la cual estaba llena de terrazas y gente tomando el sol junto con un café, los recién levantados como yo o con una cerveza los más madrugadores, como mis amigos.
El pueblo invita a pasearlo a recorrer sus calles cuidadas, con casas coloniales con puertas y ventanas pintadas de vivos colores. Está lleno de pequeñas tiendecitas con artesanía, café, pan o reliquias de segunda mano. Allí encontré una joyería con una colección de joyas inspiradas en las plantas de la amazonia, preciosas, donde me compré los pendientes ideales para la boda de mi mejor amiga que se casaba a mi vuelta, en febrero. Ella es la culpable de que me volviera un mes antes de lo planeado. Por si alguno tiene curiosidad la tienda se llama Pilú.

Paseamos por el rio hasta que se nos hizo la hora de comer y después de aceptar que no encontraríamos ningún lugar adaptado para vegetarianos, la suerte nos sonrió y nos puso en frente un balcón azul. Allí, subiendo al primer piso, te encontrabas con un espacio luminosos, literario, con un cocina original y saludable.
Si esta navidad no te quieres pasar con las calorías pero no quieres tener que renunciar al sabor y al placer, puedes entrar en su página web e inspirarte con algunas de sus sugerencias. Tomamos sopa de tomate y un arroz meloso de aguacate y pistacho que nada tenía que envidiar a un buen risotto. Sonriendo de oreja a oreja nos fuimos para el Carmen de Viboral, cuna de la cerámica artesanal. Es tal su fama que el gobierno colombiano le regaló una vajilla personalizada de allí a la ex difunta reina Isabel II durante una visita a Reino Unido. Compartiendo nombre, yo no podía ser menos, por lo que fuimos a visitar los talleres….

Es un deleite ver como trabajaban la cerámica y la cantidad de vibrantes colores que decoran las piezas, pequeñas obras de arte. Compré un par de tazas a modo de agradecimiento para mis amigos, por su tiempo. Colombia no paró de sorprenderme hasta el último momento. Les conté sobre mis andaduras desde que nos despedimos en Bahía Aguacate, cerrando así el capítulo tal y como lo inicié, con ellos y una taza de café. Otra señal que me hizo entender que estaba cerrando el círculo es que fuimos a El Retiro, pueblo que se llama igual que mi parque favorito de Madrid, donde iba a ir nada más pisar España ¿Casualidad o destino?
Antes de volver nos paramos en un bar de carretera donde según ellos se podían comer las mejores arepas de maíz con queso de la zona, y la cola que había hablaba por si sola. Pedimos arepas con chocolate y un torrezno, una combinación de estrella Michelin. Definitivamente el dulce y el salado se mezclan sin pudor en Colombia, como el ocio y el trabajo, la ciudad y la selva, o el arroz y el maíz.
Hubiera comido arepas hasta enfermar por evitar que aquel momento se acabara. Pero nada dura para siempre, y aunque no quisiera despertarme de aquel sueño que duró un año, uno de los mejores de mi vida, el final ya estaba escrito. Eso no significa que no dejara estragos en mí, ni que me haya cambiado de forma significante. Al contrario de lo que mucha gente piensa, este tipo de aventuras evidentemente no te dejan indiferente, pero según mi pequeña experiencia no marcan un antes y un después, salvo que tú lo decidas que así sea. Evidentemente son una fuente de autoconocimiento, pero eres tu quien decides que haces con ese conocimiento, que impacto le permites que tenga en ti.

Como una vez me dijo alguien muy cercano a mí, durante los peores momentos es cuando más se aprende, por lo que de algo tan maravilloso como este viaje me llevo principalmente un sueño cumplido y mucho amor de mucha gente.
Escribo esto mientras me tomo unas natillas y mi madre fríe buñuelos siguiendo una receta Colombia encontrada en internet.

Espero que paséis una navidad rodeados de vuestros seres queridos y queriéndoos mucho a vosotros mismos.
Seguimos en 2024 para hablar de cultura y actualidad, nuevo año, nueva etapa.
Gracias al equipo de Caliescribe por este año maravilloso, y a Ramiro, por ver en mí la capacidad de contar historias.