Cali no había sufrido, en su historia reciente, un desastre de la magnitud de aquel provocado por la naturaleza. Habían pasado setenta años cuando, el 7 de agosto de 1956, seis camiones cargados de dinamita explotaron de forma repentina en el barrio Obrero. La tragedia cobró 1300 vidas y 4000 heridos, siendo la única otra tragedia de características similares en Cali.
El terremoto de magnitud 7.4 en la escala de Richter, cuyo epicentro se encontraba a 180 kilómetros de distancia, alcanzó con fuerza Cali e impactó en su paso decenas de municipios de Risaralda, Caldas, el norte del Valle del Cauca y el litoral del Pacífico, territorios equivalentes al 25% del PIB nacional. En esta primera etapa del desastre, la vasta zona afectada sigue registrando un aumento de las cifras de fallecidos, heridos y desaparecidos, así como el colapso de edificaciones y el desalojo de algunas construcciones consideradas de riesgo.
Desde las 7:34 de la mañana de ese fatídico lunes 10 de agosto y después de los angustiosos, impotentes e indefensos segundos, la población caleña, en total solidaridad, se volcó a asistir a los afectados, estableciendo redes de cooperación, de primeros auxilios y de remoción de escombros, y llevando bebidas hidratantes, alimentos, medicamentos y elementos de primeros auxilios.
Las cadenas humanas alineadas en las zonas afectadas, al pasar escombros, ladrillos y material pesado, son una metáfora alegórica del monumento a la solidaridad del escultor Héctor Lombana, erigido en la rotonda de la Avenida 3 Norte con Carrera 34, durante la administración de Mauricio Guzmán Cuevas.
La solidaridad caleña y vallecaucana es admirable. Los miles de esfuerzos colectivos e individuales de ayuda humanitaria ante la tragedia son excepcionales. Inmediatamente y una vez recuperados del angustioso pánico, la ciudadanía acudió al llamado de las vidas humanas que habían sufrido consecuencias devastadoras. Se formaron espontáneamente brigadas de socorro y de remoción de escombros, que llevaron esperanza ante semejante pérdida.
Como si nos hubiéramos preparado para la tragedia, no se dio espera a ningún llamado; sencillamente se acudió masivamente en un esfuerzo ciudadano mancomunado. Entidades gubernamentales, bajo el liderazgo del nuevo gobierno, desplazando sus equipos ministeriales, de socorro y de rescate, gremios, academia, sector fundacional, periodistas, sumadas a los vecinos, se articulaban de manera organizada en los distintos escenarios trágicos. Los gobernadores de los departamentos y alcaldes municipales, de forma ordenada, dispusieron de equipos de funcionarios y asumieron, de manera profesional y admirable, la difícil tarea de coordinación.
El sector fundacional mostró capacidad de reacción. La Fundación del Club Campestre de Cali es el mejor ejemplo de solidaridad, organización y compromiso. En cuatro días se habían censado todos sus beneficiarios, la mayoría residentes en la comuna 18, y se llevaban registros rigurosos, priorizando los niveles de daño físico. El 10% presentaba pérdidas absolutas y desalojo forzado. Inmediatamente se dispusieron los centros recreativos, educativos y de capacitación, construidos por la misma Fundación, como ejes de albergue temporal, de ayuda psicosocial, de acopio y de primeros auxilios. Se recibieron donaciones organizadas de alimentos y medicamentos, y, simultáneamente, se coordinó el desplazamiento de personal para atender las cadenas humanas de rescate.
El ejemplo humanitario y articulación de la Fundación Club Campestre son el referente mediante el cual las ciudades y departamentos pueden organizar y articular los miles de esfuerzos que atienden la emergencia.
La siguiente etapa, el Plan Milagro de Reconstrucción, como lo ha bautizado el presidente, será el eje fundamental. Los territorios afectados, en forma de espejo, deberán articular con el gobierno nacional, todas y cada una de las unidades administrativas que la reconstrucción conlleva. A través de ese organismo, que debe replicarse en cada una de las regiones afectadas, tal y como funcionó el FOREC, que se convirtió en un referente exitoso, creado por el presidente Pastrana y bajo el liderazgo de Luis Carlos Villegas, en la reconstrucción posterior al terremoto de Armenia y el Eje Cafetero de 1999.
El alcalde Eder y la gobernadora Dilian, al igual que el presidente De La Espriella, son garantía del proceso que se avecina. Los recursos que se recibirán, públicos, privados y fundacionales, nacionales e internacionales, contarán con garantía de transparencia, pulcritud y diligencia en su destino.
El alcalde Eder podrá disponer de los recursos del empréstito no comprometidos presupuestalmente para reconstruir la infraestructura social requerida en los sectores de educación y salud, así como en los centros comunitarios averiados, como aporte del contribuyente caleño.
La gobernación, a través de INFIVALLE, cuenta con la herramienta ideal para apoyar la labor.
La naturaleza ha puesto a prueba nuestra capacidad para levantarnos de las cenizas.
“Por el bien de mi Valle, adelante;
por la paz, por la fe y la virtud,
Firme el paso al compás redoblante”
por la paz, por la fe y la virtud,
Firme el paso al compás redoblante”
Guillermo E. Ulloa Tenorio
Economista de la Universidad Jesuita College of the Holy Cross en Estados Unidos, diplomado en alta dirección empresarial INALDE y Universidad de la Sabana. Gerente General INVICALI, INDUSTRIA DE LICORES DEL VALLE, Secretario General de la Alcaldía. Ha ocupado posiciones de alta gerencia en el sector privado financiero y comercial.