Lo primero que sientes no se ve, se escucha. Es un rugido pesado que te sube por los pies desde lo más profundo del suelo. En un segundo, la calle que pisas todos los días deja de ser firme. Las paredes de concreto empiezan a tronar como si fueran ramas secas y los postes de luz se doblan de un lado a otro. Ahí es cuando todo se olvida y solo queda correr.

La ciudad sale corriendo

Hombres, mujeres, niños y adultos mayores salieron a las calles casi sin saber hacia dónde. Nadie sabía hacia dónde correr; la gente salía en estampida, arrastrando los pies descalzos o cargando a los niños en brazos. Algunos apenas si llevaban el teléfono en la mano; otros salieron con lo puesto. En medio del caos, se escuchaban gritos desesperados llamando a familiares, mientras los que se habían quedado mudos por el terror solo miraban alrededor, intentando entender en qué momento se les había derrumbado el mundo.

Cuando el miedo toma el control

Ver correr a la gente durante un terremoto es presenciar el despojo absoluto de cualquier rastro de civilidad. No hay cortesía, no hay filas, no hay miradas de empatía. Las piernas se mueven antes de que el cerebro termine de procesar el peligro. Los rostros se deforman en una mueca universal, ojos desorbitados que buscan salidas inexistentes y bocas abiertas que intentan tragar un aire que de pronto se siente denso, impregnado del polvo que desprenden las cornisas.

El desconocido se convierte en hermano

En medio de aquella carrera colectiva, las diferencias desaparecieron. Nadie preguntaba quién era el otro. Una mano levantaba a quien había caído. Un desconocido abrazaba a otro desconocido. Alguien prestaba su teléfono para hacer una llamada. Una madre protegía a un niño que no era suyo.

 El cuerpo corre, el tiempo se detiene

¿Qué se siente en esos segundos de asfalto movedizo? Una vulnerabilidad aterradora. Quienes corren experimentan una pérdida total del control físico; el suelo no responde, las rodillas flaquean y cada paso se siente como caminar sobre una cuerda floja. El corazón golpea el pecho con una fuerza violenta, inyectando una descarga de adrenalina que anula el dolor de los tropiezos o los raspones. Existe una desconexión extraña: el cuerpo se mueve a máxima velocidad, pero el tiempo parece estirarse, convirtiendo cada segundo en una eternidad de suspenso.

¿Dónde están los míos?

Por la mente de los que huyen no cruzan reflexiones filosóficas ni planes de evacuación ordenados. La mente se bloquea y solo te vienen ráfagas de pánico: “¿Se va a caer el techo?”, “¿Dónde están mis hijos?”, “Tengo que salir ya”. El espacio público se vuelve un laberinto mortal donde un cable de alta tensión suelto o un pedazo de vidrio que cae desde un décimo piso dictan el destino de los transeúntes.

En mi caso, el miedo tenía nombres y rostros concretos: mis hijos, mi tía, mi nieto. Lo único que podía pensar era en saber si estaban bien. Necesitaba escuchar sus voces, confirmar que estaban a salvo, saber dónde estaban y si habían podido salir.

Intentaba comunicarme, pero en medio del caos cada segundo sin respuesta parecía una eternidad. Miraba el teléfono una y otra vez, marcaba, esperaba. ¿Por qué no contestan? ¿Estarán bien? ¿Les habrá pasado algo?

En esos momentos, el miedo deja de ser abstracto. Tiene el rostro de un hijo, la voz de una tía, la sonrisa de un nieto. Y entonces correr ya no significa solamente ponerse a salvo. Significa intentar llegar hasta ellos, encontrarlos, abrazarlos y comprobar con los propios ojos que siguen allí.

Después del temblor llega el silencio

Al final, cuando el temblor cede y los pies se detienen, la multitud queda suspendida en un silencio extraño, asimilando el hecho de que acaban de correr, a ciegas, contra la furia de la naturaleza.

Entonces aparece otra imagen: las calles que minutos antes estaban llenas de movimiento quedan convertidas en escenarios de desconcierto. Personas agrupadas en las esquinas, algunas sentadas en el andén, otras abrazadas, llorando o intentando comunicarse por teléfono. Hay quienes miran hacia los edificios con temor, como si esperaran que en cualquier momento volvieran a moverse.

Los parques, que normalmente son espacios de encuentro, descanso y juego, se transforman de repente en lugares de refugio. Familias enteras se concentran allí, lejos de las fachadas, de los vidrios y de los objetos que todavía pueden caer. Adultos mayores buscan un lugar donde sentarse. Algunos caminan de un lado a otro sin saber qué hacer, mientras otros permanecen inmóviles, mirando al vacío.

En las calles quedan también las huellas de esos segundos de pánico: objetos abandonados, zapatos que alguien perdió durante la carrera, vehículos detenidos en cualquier dirección, puertas abiertas y personas que salieron de sus casas sin siquiera alcanzar a vestirse completamente.

La segunda carrera: encontrarse

Mientras la tierra todavía parecía guardar el eco del terremoto, cientos de personas permanecieron en las calles, mirando hacia sus casas, esperando que el movimiento terminara y, sobre todo, esperando escuchar una voz conocida decir: “Estoy bien.”

Porque después del primer temblor viene otro movimiento, más silencioso y profundo: el de una comunidad que corre, se busca, se abraza y trata de volver a encontrarse.

Ana Lucia Arango M