A menudo me encuentro con rostros que advero conocer, a quienes tuve la fortuna de compartir directa e indirectamente épocas de iniciación, formación y consolidación académica que una vez coronadas, por el ejercicio de nuestras profesiones u oficios y posibilidades de prosperidad en la Cali que creció firme en los 70’s, hubimos de mudarnos del sector histórico residencial colindante con el central a otros puntos cardinales que por las facilidades del entonces UPAC no podíamos dejar de lado por bondades económicas de pagos de cuotas que decrecían paulatinamente al 7º año (de 15), desarrollos arquitectónicos armónicos, mejoramiento socio económico, otros estímulos.
La alegría de corroborar con los ocasionales contertulios haber aprovechado los esfuerzos de nuestros progenitores para conformar nuestras propias familias e ir ascendiendo de estatus en diversos campos de la sociedad y régimen de legalidad, a diferencia de quienes prefirieron irse al monte para armarse resentida y rabiosamente contra los suyos, aquellos que no supieron interpretar la coyuntura que el sistema proveía, optando por conseguir dinero hampón o desaplicados vagos que se quedaron en esquinas perniciosas soplando humos nocivos, ingiriendo sustancias perturbadoras de intelecto e inversión moralista o vendiendo baratijas en andenes cuando no implorando caridades pasajeras.
Con amistades como las de San Juan Berchmans, San Luís Gonzaga, Santa Librada, Politécnico Municipal, Sagrada Familia, María Auxiliadora, Sagrado Corazón, Liceo Benalcázar, …. intercambiábamos conocimientos, pareceres, libros, disfrute social en reuniones, amoríos platónicos. Ingresar a la Universidad para graduarse era signo inequívoco de futuro planificado.
En San Antonio se conseguía de todo, desde rebuscadores que se resistían a que el mundo circundante moderno penetrara, como el vendedor de “tierra capote” con sus fardos pesados a lomo de mula, el moreno de la carreta de frutas frescas, el tempranero voceador de prensa “El País, El Tiempo, Espectador, Occidente,..”, lecherías, carnicerías, graneros y abarrotes, el hombre de la flauta que afilaba cuchillos caseros, el comprador de ropa, libros, trastos y cacharros, la Procesión diaria de “El Santísimo” que partía desde la Capilla de la Inmaculada de San Francisco a través de la carrera 6ª adornada con flores hasta las casas que urgían sagradas comunión y/o extremaunción.
Desapareció este ámbito lugareño, plácido, reflejo de convivencia pacífica barrial; comercio gastronómico inició plan de renovación en la ocupación, sin poder reformar su arquitectura colonial por normas aún inflexibles, aplaudidas por contribuyentes y administradores de la cosa pública, quienes aprecian altos valores culturales e históricos de bienes patrimoniales urbanos.
La estrategia de apoderamiento inmobiliario ha consistido en ahogar al habitante delimitando como zonas privadas carriles de calles públicas estrechas, proliferación de ruidos molestos a horas en que el colectivo social tiene derecho a su merecido y debido descanso, oferta de avalúos acordes con la antigüedad de la construcción más no con lo que significa para la ciudad.
Imposibilidad de modificar fachadas permea algunas veces cambios internos efectuados con materiales de construcción que deben contar con permisos de las autoridades, elevar alturas no fácilmente perceptibles desde fuera o a nivel rasero. Muros y paredes de adobe desaparecen camuflándolos con apariencias estéticas.
Nadie niega la importancia que reviste el “nuevo” San Antonio. Si culinaria y coctelería son llamativas, no solo por su grata presentación, pida le especifiquen previamente cuantía de menú y “cover”. Es probable que consumos de comensales reporten erogación individual promediando $150.000 per cápita. Revise su presupuesto. El caché cuesta.
Apoye organizaciones comunales de moradores que se resignan al destierro y velan por el respeto a esta área vital citadina.

