Abril dejó en Cali una huella dolorosa: ataques terroristas, miedo persistente y un golpe a la imagen nacional e internacional. Incluso, la alerta de Estados Unidos a sus ciudadanos para evitar viajar a la ciudad profundizó la desconfianza. En las calles se siente inseguridad y desesperanza, unido a lo político, que es de incertidumbre por Cali y el Pacifico, de los ciudadanos y empresarios
Abril negro
Cali y su entorno vivieron una escalada de ataques terroristas que se sintió en varios frentes: detonaciones dirigidas contra puestos de control y estaciones de Policía, artefactos explosivos abandonados en corredores viales clave y acciones coordinadas en municipios cercanos que impactaron la movilidad regional. Estos hechos no solo causaron víctimas y daños materiales, sino que alteraron la rutina urbana, obligando a cierres preventivos, desvíos y mayores controles. La simultaneidad y dispersión de los ataques evidenciaron capacidad de planificación de los grupos ilegales y una respuesta institucional que, aunque activa, resultó insuficiente para contener la sensación de vulnerabilidad. Comerciantes redujeron horarios, ciudadanos evitaron desplazamientos innecesarios y el transporte público operó bajo presión. El resultado fue una ciudad en alerta permanente, donde el miedo se instaló como un factor cotidiano y la confianza en la seguridad quedó seriamente erosionada.
Las crisis también abren ventanas. Este puede ser el momento en que Cali cambie de rumbo.
A la inseguridad se suma una polarización política que desgasta y paraliza. Con un año y ocho meses por delante, la administración del alcalde Alejandro Eder aún tiene tiempo para reorientar su gobierno. La confrontación con el Gobierno Nacional y con el presidente Gustavo Petro no ha traído resultados para la ciudadanía. Persistir en ese camino solo amplía la brecha. Rectificar, en cambio, sería un gesto de liderazgo: coordinar en seguridad, destrabar proyectos y priorizar a Cali por encima de cualquier disputa.
La ciudad reclama orden y eficacia en lo cotidiano. El MIO necesita un plan de choque que recupere frecuencia y cobertura; las motocicletas exigen regulación y control real; el espacio público requiere autoridad. Son tareas urgentes, pero posibles si hay decisión política y articulación institucional.
El reto de fondo es social. Con un PIB per cápita inferior a US$8.000 (2025), la desigualdad limita el futuro de miles de caleños. Aquí también la solución pasa por unir capacidades: empleo, educación, deporte y cultura como política de seguridad de largo plazo.
Por eso, el giro imprescindible es la unión. Cali necesita que, por primera vez, el alcalde convoque de manera real, no solo en el discurso, a un gran pacto de ciudad con el Concejo, los gremios, empresarios, JALs, JACs y medios de comunicación. Un acuerdo alrededor de sus programas y proyectos, con metas verificables, cronograma público y responsabilidades compartidas. Un espacio permanente de coordinación indelegable del alcalde , que supere la lógica de bandos y ponga a la ciudadanía en el centro, dedicado Alejandro Eder a lo macro de ciudad,
Eder aún puede liderar esa gran transformación. No se trata de ceder principios, sino de sumar voluntades. La historia política valora a quienes rectifican a tiempo y construyen puentes cuando más se necesitan.
Abril fue negro, sí. Pero también puede ser el punto de partida de una nueva etapa: una Cali que decide unirse para recuperar la seguridad, la confianza y el orgullo. La ciudad está lista. Falta que su liderazgo dé el paso y convierta la unión en acción.
Alcalde tiene la palabra ¡