A 30 días de las elecciones, la política colombiana atraviesa uno de sus momentos más tensos. La confrontación entre Iván Cepeda, Abelardo de la Espriella, Paloma Valencia y Sergio Fajardo ha derivado en un intercambio de ataques que deja en segundo plano cualquier discusión programática. El tono no solo es duro: es abiertamente destructivo.
Las frases, cada vez más agresivas, marcan el pulso de la campaña. Cepeda ha insistido en que sus contradictores representan “la política del miedo y la mentira”, una acusación que busca deslegitimar de raíz a sus rivales. Desde la otra orilla, Abelardo ha respondido sin matices, calificándolos como “cómplices del caos que está acabando con Colombia”. Paloma Valencia, elevando la confrontación, ha señalado que Fajardo encarna “la tibieza que paraliza al país”, mientras Fajardo replica denunciando que sus contendores “prefieren incendiar el país con odio antes que ofrecer soluciones”.
No se trata solo de palabras: es una narrativa de exclusión. Cada frase construye una frontera emocional donde el otro no es un competidor legítimo, sino una amenaza que debe ser derrotada. Este lenguaje no moviliza únicamente votos; también profundiza resentimientos, alimenta prejuicios y erosiona la confianza en la política como espacio de encuentro.
El problema de fondo es la división colombiana. Una fractura que ya no es solo ideológica, sino cultural y social. La campaña ha exacerbado esa ruptura hasta convertirla en eje central del debate. Así, el país se encamina a las urnas no solo dividido, sino enfrentado.
El desafío posterior será monumental: reconstruir una mínima cohesión nacional en medio de un clima donde el odio se ha vuelto estrategia electoral. Porque si la política se reduce a destruir al otro, gobernar se convierte en una tarea casi imposible.
Ante esto, los candidatos proyectan el incendio nacional: en cada intervención, Iván Cepeda, Abelardo de la Espriella, Paloma Valencia y Sergio Fajardo amplifican un clima de confrontación que trasciende lo electoral. Sus mensajes no solo disputan poder: exacerban emociones, endurecen posturas y legitiman la idea de un país irreconciliable, donde ceder es perder y dialogar parece una forma de rendición. Y ya hay mensajes que viene el incendio…..