Vivimos tiempos difíciles para lo común. Cada día podemos ver y constatar cómo la experiencia de lo compartido, de aquello que no se reduce únicamente a lo propio, se encuentra profundamente cuestionada. Los ejemplos abundan. Hace tiempo que todo lo político tiene que ver más con intereses económicos que con la búsqueda del bien común. Las redes sociales, aunque nos ofrecen nuevas posibilidades de encuentro, también pueden acostumbrarnos a una relación superficial con nosotros mismos y con los demás. La lógica de la inmediatez, la comparación permanente y la búsqueda de aprobación nos alejan de la complejidad de lo humano y, sobre todo, de los demás.
Es en nuestros vínculos donde encontramos las mayores alegrías, pero también los sufrimientos más profundos. La pérdida del sentido de la gratuidad, el aislamiento y la superficialidad nos conducen por caminos en los que el otro termina transformándose en un objeto de consumo afectivo. Sin embargo, Jesús y su Evangelio nos presentan un horizonte distinto, en el que los vínculos ocupan un lugar esencial y crean un espacio para Dios mediante la escucha y el encuentro, invitándonos a mirar al otro y a nuestra capacidad de relacionarnos de una manera nueva.
Lecturas del domingo 06 de septiembre de 2026
– Lectura de la profecía de Ezequiel 33, 7-9: A ti, hijo de hombre, te he puesto de centinela en la casa de Israel; cuando escuches una palabra de mi boca, les advertirás de mi parte.
– Salmo 94 R/. Ojalá escuchéis hoy la voz del Señor: «No endurezcáis vuestro corazón».
– Lectura de la carta del apóstol san Pablo a los Romanos 13, 8-10: «Amarás a tu prójimo como a ti mismo».
+ Lectura del santo evangelio según san Mateo 18, 15-20: Si tu hermano peca contra ti, repréndelo estando los dos a solas. Si te hace caso, has salvado a tu hermano.
Reflexión del Evangelio de hoy
Dios se manifiesta en nuestros vínculos
El Evangelio de hoy se inserta en el discurso que Mateo dedica a la vida de la comunidad. Allí encontramos una serie de orientaciones y prácticas que buscan configurar las relaciones propias de quienes siguen a Jesús y viven un proyecto común. En este sentido, la dimensión comunitaria constituye un aspecto esencial de la propuesta evangélica. Más allá de cuestiones prácticas, supone una manera nueva de comprender y de relacionarnos con el otro, mediante actitudes y prácticas concretas.
Cuidar
La primera parte del relato nos presenta un modo específico de afrontar una situación siempre posible: el pecado y el conflicto que este genera. El modelo evangélico propuesto por Jesús nos habla de un camino para salvar, cuidar y reconstruir la comunión antes de recurrir al juicio. La llamada “corrección fraterna” tiene que ver, sobre todo, con el valor del diálogo, la discreción, la escucha y el deseo sincero de reconciliación.
No es casual que esta perícopa aparezca inmediatamente después de la parábola de la oveja perdida. La reconciliación en la comunidad consiste precisamente en generar espacios de cercanía, intimidad y acogida para quien ha perdido el camino. Los vínculos tienen la capacidad de sanar.
La misma autoridad que Jesús otorga a Pedro para “atar y desatar” en el cielo y en la tierra aparece aquí confiada a toda la comunidad (Mt 18,18). La responsabilidad del cuidado mutuo pertenece a todos.
Si el diálogo llegara a fracasar, el hermano debe ser considerado como un pagano o un publicano, es decir, como alguien que todavía necesita conocer a Jesús y escuchar la Buena Noticia. El conflicto, en sí mismo, no constituye un problema para Jesús. El verdadero problema aparece cuando renunciamos al otro y le negamos un lugar en nuestra vida.
Vivir juntos el proyecto de Jesús, hacer de la comunidad un reflejo del Reino, implica atrevernos a ser presencia para el otro, dejar atrás nuestras seguridades y comenzar a construir aquello que es verdaderamente común, allí donde Dios mismo se hace presente.
¿Cómo me relaciono con los demás en mi comunidad cristiana? ¿Son mis relaciones una mera formalidad o procuro que algunas de ellas sean espacios de confianza para crecer en la fe? ¿Cómo cuido a mis hermanas y hermanos?
Dios en el nosotros
El Evangelio de Mateo nos muestra que Dios se identifica con el extranjero, el desnudo y el preso (Mt 25), pero también con los vínculos humanos. En ningún otro pasaje bíblico Jesús afirma de manera tan directa su presencia como cuando dos o tres se reúnen en su nombre (Mt 18,20). Estar juntos en nombre de Jesús abre nuestros vínculos a la presencia de Dios.
En la pluralidad y diversidad de quienes somos, Dios está presente. Por eso nuestra fe no puede entenderse únicamente como una relación personal con Dios. El modo en que nos relacionamos también forma parte de la experiencia creyente. Nuestros vínculos son sagrados porque en ellos Dios se revela. De ahí que la comunión eclesial no puede ser solo un asentimiento de ideas, y esté llamada a vivirse en lo concreto de las relaciones de nuestra comunidad local.
Por eso es importante preguntarnos constantemente cómo participamos de ese tejido humano y comunitario que llamamos Iglesia. Esta participación también incluye los momentos difíciles y los conflictos, porque forman parte de toda experiencia humana, pero están llamados a ser solucionados a la luz del Evangelio.
Nuestras comunidades necesitan cuidar los espacios, los modos y las actitudes que permitan a cada hermana y hermano crecer en el amor y en la comunión; sentirse sostenido por una comunidad concreta y, al mismo tiempo, responsable de ella. Una comunidad con rostros e historias reales, con personas creyentes a quienes amar y de quienes también podemos recibir amor.
¿Cómo vivo la dimensión comunitaria de mi fe? ¿Cómo podríamos fortalecer los vínculos en mi comunidad concreta? ¿Reconozco la dimensión comunitaria de la fe cristiana como un aspecto real e indispensable de su vivencia?
En un contexto que con frecuencia confunde el legítimo autocuidado con un egocentrismo disimulado y nos hace perder de vista el valor de lo común, la propuesta de Jesús nos invita a reencontrarnos con la riqueza de los vínculos y de la vida compartida, siempre en el seno de una comunidad concreta.
Su invitación consiste en redescubrir la comunidad como el lugar donde somos acogidos y perdonados tal como somos, y desde donde somos enviados a acoger, cuidar y reconciliarnos con los demás.