Todavía resuena en nuestro corazón y en nuestra memoria el eco de las palabras de la despedida que escuchábamos en la tarde/noche del Jueves Santo, pero percibidos ahora no desde la angustia y el miedo a la pasión y la muerte sino desde la alegría de la vida nueva del resucitado. Cada día, cada domingo hacemos memoria de Jesus en la celebración de la misa. Hoy, de manera especial, nuestra atención se centra en el misterio de la presencia real del Señor en el pan y el vino de la eucaristía. “Yo soy el pan vivo bajado del cielo. El que coma de este pan vivirá eternamente”. 

No se trata tanto de explicar el sacramento sino de reavivar, desde la fe, nuestro asombro y adoración ante el misterio eucarístico.  “La presencia del verdadero cuerpo y sangre de Cristo, no se conoce por los sentidos, sino por la fe, que se apoya en la autoridad de Dios” nos recuerda santo Tomas. Recibirlo a Él bajo los signos sacramentales del pan y del vino dejan ocultas preciosas realidades que la razón no alcanza a entender, pero el corazón adhiere y celebra lo que recibe como don.

Para descubrir el verdadero significado de la celebración eucarística, Jesús nos invita a comer y beber su cuerpo y sangre. Comer es entrar en comunión con la persona del Señor vivo. Esta comunión, este acto de «comer», es realmente un encuentro entre dos personas, es un dejarse penetrar por la vida de Aquel que es el Señor; de Aquel que es mi Creador y Redentor. El objetivo de esta comunión es la asimilación de mi vida con la suya, mi transformación y configuración con quien es Amor vivo. Por ello, la comunión implica la adoración, la acción de gracias, pero fundamentalmente implica la voluntad de seguir a Cristo, dejándome transformar por Él. Misterio maravilloso de cristificación de nuestras vidas, de vaciamiento y plenitud de vida plena.

“¡Oh Sagrado banquete en que Cristo es nuestra comida..!”

Lecturas del domingo 07 de Junio de 2026

– Lectura del libro del Deuteronomio 8, 2-3. 14b-16a: Recuerda todo el camino que el Señor, tu Dios, te ha hecho recorrer estos cuarenta años por el desierto, para afligirte, para probarte y conocer lo que hay en tu corazón: si observas sus preceptos o no.

– Salmo 147 R/. Glorifica al Señor, Jerusalén

– Lectura de la primera carta del apóstol san Pablo a los Corintios 10, 16-17: El cáliz de la bendición que bendecimos, ¿no es comunión de la sangre de Cristo? Y el pan que partimos, ¿no es comunión del cuerpo de Cristo?

+ Lectura del santo evangelio según san Juan 6, 51-58: «Yo soy el pan vivo que ha bajado del cielo; el que coma de este pan vivirá para siempre. Y el pan que yo daré es mi carne por la vida del mundo».

Reflexión del Evangelio de hoy

“Recuerda todo el camino que el Señor, tu Dios, te ha hecho recorrer”

El libro del Deuteronomio nos recuerda hoy las maravillas que obró Dios con su pueblo cuando lo sacó de la esclavitud. La travesía del desierto, tras la liberación de Egipto, representa una experiencia de pobreza y dependencia absoluta de la fidelidad divina. Rememorar cómo Yahve mitigó su hambre en el camino del desierto dándoles el maná bajado del cielo sugerirá siempre a Israel que vive del pan de la Palabra de Dios (Dt 8,3). El maná se convierte así en símbolo de libertad, comunión y subsistencia, el “pan de todos”, que unifica y sostiene a la comunidad en los momentos de mayor precariedad.

Esta enseñanza subraya también la llamada a una fe confiada, abierta a la misericordia de Dios. Israel aprenderá a vivir en la fe y el abandono, reconociendo que la vida y el sustento provienen de la mano divina. Así, la experiencia del maná en el desierto se convierte en una escuela de confianza y memoria providente, que se refleja en la liturgia y en el significado profundo de la Eucaristía.

“Nosotros, siendo muchos, formamos un solo cuerpo, pues todos comemos del mismo pan”

San Pablo, preocupado por apartar a los primeros convertidos de los ritos paganos, les trae a la memoria que, con la fracción del pan, -un gesto varias veces realizado por Jesús, en especial durante la Última Cena, – quiso significar que todos los que comen de este único pan partido, que es Cristo, entran en comunión con El y forman un solo cuerpo en Él. El mismo Pablo, en la carta a los Colosenses, nos exhorta para que «la paz de Cristo reine en nuestros corazones: esa paz a la que han sido llamados, porque formamos un solo Cuerpo» (3,15). Y es la comunidad de Pentecostés la que puede partir el Pan con la certeza de que el Señor está vivo, resucitado de entre los muertos, presente con su palabra, con sus gestos, con la ofrenda de su Cuerpo y de su Sangre.

El relato de Pablo va más allá de la simple repetición de las palabras de Jesús, proponiendo una reflexión sobre la comunión que se realiza en el rito. El cáliz de bendición y el pan partido son signos de la participación en el cuerpo y sangre de Cristo y, a través de ellos, la Iglesia se edifica, crece y vive. La Eucaristía es así el sacramento de la unidad, la reconciliación y la vida compartida, en la que cada persona encuentra alimento espiritual y se fortalece la comunidad de creyentes.

“Yo soy el pan vivo que ha bajado del cielo; el que coma de este pan vivirá para siempre”

En el Antiguo Testamento Dios alimenta a su pueblo dándole de comer y de beber para que no muera. El evangelio afirma hoy que Cristo es el verdadero alimento que Dios nos da para que tengamos vida.

El Corpus Christi se nos presenta, pues, como una ocasión para que la comunidad cristiana se adentre en el sentido último de la Eucaristía y su vinculación con la Última Cena de Jesús. Es un buen día para profundizar en la dimensión espiritual, histórica y comunitaria del sacramento, reconociendo su carácter central en la vida cristiana y su capacidad para renovar y transformar a la Iglesia y a sus miembros.

Según el Concilio Vaticano II, la Eucaristía constituye la culminación de toda la vida cristiana y el fundamento sobre el que la Iglesia se construye y progresa. Los textos litúrgicos de esta solemnidad nos invitan a descubrir su dimensión inefable, recordando que en ella acontece algo nuevo y relevante para cada persona y para la comunidad, en respuesta a las necesidades cambiantes a las que el Señor resucitado acude.

La fiesta del Cuerpo y la sangre de Cristo se nos presenta también como una oportunidad para reflexionar sobre el misterio de la presencia de Cristo, hacer memoria agradecida de la acción divina y renovar el compromiso de fe, confianza y comunión. La liturgia, los símbolos bíblicos y las enseñanzas apostólicas convergen para mostrar que la Eucaristía es mucho más que un rito: es el fundamento vital y el punto de encuentro de la comunidad cristiana, siempre abierto a la renovación y al crecimiento espiritual. La comunión vital con Jesus es el punto principal del misterio eucarístico. Cuando recibimos el cuerpo y sangre de Cristo nos convertimos en aquello que comemos. Además, y como consecuencia, “todos nosotros, aunque somos muchos, formamos un solo cuerpo, porque participamos de ese único pan”.

Pero, además, no podemos comulgar con el Señor, si no comulgamos entre nosotros. Si queremos encontramos con Él, también debemos ponernos en camino para ir al encuentro unos de otros porque formamos parte del mismo cuerpo. Somos comunidad, alimentados todos por el cuerpo y la sangre de Cristo.

Este doble fruto de la Eucaristía, unión y comunión nos impulsa a la misión:  por eso al celebrar el Corpus, renovamos nuestra fe, nuestra creencia en que Cristo está presente realmente por la acción del Espíritu Santo y por las palabras de la consagración. Es “Dios con nosotros”, y esto nos lleva entonces a unir la celebración de la Misa con la vida y a procurar que la vida sea la continuidad de aquello que celebramos domingo a domingo, que sea una Misa prolongada a lo largo del día, de la semana.

Y porque hemos descubierto esta presencia real sacramental de Jesucristo vamos a poder descubrir otras presencias reales de Cristo. Son aquellas que el mismo Jesús nos ha sugerido: “…estuve enfermo, en la cárcel, fui forastero, tuve hambre, tuve sed…y me asistieron…  todo lo que hicieron al más pequeño de mis hermanos conmigo lo hicieron”. Es decir: Él estaba allí. Son presencias no sacramentales, pero no por ello menos reales. Por eso la prolongación de lo que celebramos aquí en el Altar y en nuestros templos, debe verificarse también en la caridad fraterna, en la actitud que yo tengo hacia mis hermanos descubriendo, en esas realidades donde aparentemente, no aparece con tanta claridad, la presencia real de Jesucristo.

 ¿A que me compromete la fiesta que celebramos hoy? ¿Como superar la rutina de las celebraciones eucarísticas, diarias o dominicales?

Hector de Los Rios