En este Domingo XXIV del Tiempo Ordinario, la Iglesia nos propone conmemorar en el día del Señor la Exaltación de la Cruz que se celebra siempre el 14 de septiembre con motivo de la dedicación de la Basílica del Santo Sepulcro en Jerusalén. 

En el calendario litúrgico tenemos 3 fiestas que giran alrededor de la cruz y que convienen diferenciar. La fiesta por antonomasia es el Viernes Santo; le sigue la Fiesta de la Cruz celebrada el 3 de Mayo para conmemorar el día en que Santa Elena encontró en Jerusalén la cruz en la que fue crucificado el Señor Jesús en el 326 d.C.; y, por último, en relación con la fiesta anterior, tal día como hoy, el 14 de septiembre, la exaltación de la Cruz, se conmemora el día de la consagración de la Basílica del Santo Sepulcro en Jerusalén o de la Anastasis en el año 335 d.C. 

De nuevo, en este domingo, la Iglesia propone a los creyentes volver sus miradas a la cruz para comtemplar su incomprensible sabiduría, locura e imbecilidad para la sabiduría del mundo.

Primera lectura

Lectura del libro de los Números

En aquellos días, el pueblo estaba extenuado del camino, y habló contra Dios y contra Moisés:
«¿Por qué nos has sacado de Egipto para morir en el desierto? No tenemos ni pan ni agua, y nos da náusea ese pan sin cuerpo».

El Señor envió contra el pueblo serpientes venenosas, que los mordían, y murieron muchos israelitas. Entonces el pueblo acudió a Moisés, diciendo:
«Hemos pecado hablando contra el Señor y contra ti; reza al Señor para que aparte de nosotros las serpientes».

Moisés rezó al Señor por el pueblo, y el Señor le respondió:
«Haz una serpiente venenosa y colócala en un estandarte: los mordidos de serpientes quedarán sanos al mirarla».

Moisés hizo una serpiente de bronce y la colocó en un estandarte. Cuando una serpiente mordía a uno, él miraba a la serpiente de bronce y quedaba curado.

Salmo

Salmo 77 No olvidéis las acciones del Señor

Escucha, pueblo mío, mi enseñanza,
inclina el oído a las palabras de mi boca:
que voy a abrir mi boca a las sentencias,
para que broten los enigmas del pasado. R/.

Cuando los hacía morir, lo buscaban,
y madrugaban para volverse hacia Dios;
se acordaban de que Dios era su roca,
el Dios Altísimo su redentor. R/.

Lo adulaban con sus bocas,
pero sus lenguas mentían:
su corazón no era sincero con él,
ni eran fieles a su alianza. R/.

Él, en cambio, sentía lástima,
perdonaba la culpa y no los destruía:
una y otra vez reprimió su cólera,
y no despertaba todo su furor. R/.

Segunda lectura

Lectura de la carta del apóstol san Pablo a los Filipenses

Cristo, a pesar de su condición divina, no hizo alarde de su categoría de Dios; al contrario, se despojó de su rango y tomó la condición de esclavo, pasando por uno de tantos.

Y así, actuando como un hombre cualquiera, se rebajó hasta someterse incluso a la muerte, y una muerte de cruz.

Por eso Dios lo levantó sobre todo y le concedió el «Nombre-sobre-todo-nombre»; de modo que al nombre de Jesús toda rodilla se doble en el cielo, en la tierra, en el abismo, y toda lengua proclame: ¡Jesucristo es Señor!, para gloria de Dios Padre.

Evangelio del día

Lectura del santo evangelio según san Juan

En aquel tiempo, dijo Jesús a Nicodemo:
«Nadie ha subido al cielo, sino el que bajó del cielo, el Hijo del hombre.

Lo mismo que Moisés elevó la serpiente en el desierto, así tiene que ser elevado el Hijo del hombre, para que todo el que cree en él tenga vida eterna.

Tanto amó Dios al mundo que entregó a su Hijo único para que no perezca ninguno de los que creen en él, sino que tengan vida eterna. 

Porque Dios no mandó su Hijo al mundo para condenar al mundo, sino para que el mundo se salve por él».

Reflexión del Evangelio de hoy

La serpiente venenosa convertida en instrumento de salvación

Una breve contextualización retrospectiva. Los primeros cristianos encontraron en el Antiguo Testamento la primera fuente de interpretación de la vida de Jesús. La cruz, en tanto que patíbulo en el que murió Jesús, planteba no sólo interrogantes interpelantes, sino incluso desconfianza: Jesús no parece tan poderoso que ni pudo con las envidias y celos; es más: ¿cómo es posible que quien es el Hijo de Dios para los cristianos haya muerto en manos de la injusticia, el complot y la corrupción? ¿cómo es posible que alguien inocente y sin culpa, sin haber hecho mal alguno muera como consecuencia de las envidias y celos? ¿No es Dios?

El pasaje del libro de los Números, que leemos en la primera lectura, sirvió a la Iglesia de los primeros siglos –y sigue sirviéndonos a nosotros– como interpretación de la cruz: Dios es capaz de convertir en instrumento de sufrimiento en instrumento de salvación y vida; de la misma manera que las serpientes mataban al pueblo de Israel con sus mordidas y una de ellas, fabricada en bronce, fue colocada por Moisés en un estandarte como medicina de curación, así es la cruz de Cristo. La serpiente, símbolo por excelencia del pecado, se transforma en medicina. La cruz, símbolo por excelencia de muerte, es convertida en instrumento de vida.

Pero sólo una mirada a la cruz, mejor dicho a Cristo cruficado en la cruz, hace posible reconocer nuestras heridas y, por tanto, hace posible que se abran las puertas de la vida. 

La experiencia del abajamiento 

La segunda lectura tomada de la Carta a los Filipenses nos propone una vez más la cima espiritual que alcanzaron los primeros cristianos antes de Pablo a la hora de identificar a Jesús y que consiguieron ponerle palabras: la experiencia del abajamiento.

La kénosis (vaciamiento) de Cristo no es solo un ejemplo moral para nosotros; es mucho más, es el camino mismo de la salvación. No se trata de un esfuerzo humano, sino de una gracia disponible para todos. La experiencia de sentirse grande, de naturaleza divina, cuando uno se abaja, se humilla, se hace pequeño, se expone, se arriesga. 

Nicodemo y los clavos de la cruz

Sólo dos figuras masculinas aparecen en los evangelios asociadas a la cruz: José de Arimatea y Nicodemo. Ambos, aparecen en los evangelios descritos como figuras de oscuridad, temerosas, preocupadas por el aparentar… Sin embargo, justo al final cuando todo se acabó, cuando Jesús está muerto, cuando ya no hay esperanzan aparecen los dos con la misión de enterrar a Jesús.

Siempre hay alguien que recoge los desechos… Cuando no hay nada que ganar, estos hombres se arman de valor y salen a luz, dejan de habitar en las oscuridades y en el miedo para enterrar a Jesús. 

Nicodemo aparece sacando los clavos, manchándose de sangre, tocando el cadáver… aparece a la vista de todos como impuro por haber tocado un cadáver antes de celebrar la fiesta de Pascua… Decidió romper el círculo del miedo cuando todo estaba perdido, decidió salir de la noche y nacer a una vida nueva. 

¡Contemplemos una vez más la Cruz! En ella no está clavado un fracasado, está clavado nuestro egoísmo. En ella no cuelga un derrotado, cuelga nuestra cobardía. Esa sangre que vemos no es señal de muerte, es el precio de la libertad y la verdad.

Hector de Los Rios