Es una frase que me acompaña desde la tragedia de Armero, donde se advirtió a todo nivel de lo que podría suceder, pero nadie atendió los consejos y ocurrió el desastre y luego hemos seguido en lo mismo y los muertos aumentan igual que los daños físicos.

Hay una responsabilidad colectiva e institucional frente al riesgo, porque la tragedia del pasado lunes 10 vuelve a poner a prueba la capacidad del Estado para proteger la vida, hace evidente las fallas de la prevención, y entonces iniciamos la evaluación de nuestras responsabilidades entre la fatalidad de la naturaleza y la responsabilidad humana.

No se discute un terremoto es inevitable, pero muchas de sus consecuencias no necesariamente lo son por ello planteo las cinco (5) siguientes preguntas:

¿Estaban protegidos los hospitales?,

¿Los colegios?,

¿Los acueductos?,

¿Los aeropuertos?,

¿Las edificaciones públicas?

Y, finalmente:

Si conocemos el riesgo,

¿Qué justifica que sigamos construyendo una sociedad que no está preparada para sobrevivir a él? 

Las grandes tragedias desde:

  1. Armero de noviembre de 1985. Murieron más de 20.000 personas.
  2. Terremoto del Pacífico colombiano – 1979, antecedente de la enorme vulnerabilidad sísmica nacional.
  3. Terremoto de Popayán, marzo de 1983, otra advertencia histórica sobre la vulnerabilidad de las ciudades colombianas frente a los terremotos.
  4. Terremoto del Eje Cafetero enero de 1999. Murieron más de 1.100 personas, miles de heridos y cientos de miles de damnificados. La tragedia mostró que una amenaza sísmica conocida puede convertirse en catástrofe cuando existen edificaciones vulnerables.
  5. Deslizamiento de Mocoa marzo de 2017
    Murieron más de 300 personas. Mocoa volvió a plantear una pregunta fundamental: ¿cuánto del desastre estaba determinado por la naturaleza y cuánto por la ocupación de zonas de alto riesgo?
  6. Avalancha de Salgar – 2015, más de 90 personas fallecidas.
  7. La tragedia de Rosas, Cauca, 2019
    destruyó viviendas y bloqueó la Panamericana, dejando muertos, familias desplazadas y una profunda afectación económica y territorial.

Eso demuestra que Colombia ha sufrido durante décadas tragedias localizadas muestra una vulnerabilidad estructural repetitiva.

Y ahora: el terremoto del 10 de agosto de 2026

La dimensión de esta tragedia es preocupante afectó hospitales, templos, viviendas, edificios, infraestructura esencial y ciudades importantes como Cali, Pereira, Manizales y Quibdó.

La gran pregunta que une todas estas tragedias:

Hay un hilo conductor desde Armero hasta el terremoto de 2026:

Colombia no puede limitarse a aprender después de cada desastre. Tiene que aprender antes.

La historia de los grandes desastres de Colombia no es solamente la historia de fenómenos naturales extraordinarios; es también la historia de cuánto hemos aprendido — o dejado de aprender — sobre prevención, infraestructura resiliente y protección de la vida.

¿Cuántas veces necesita Colombia sufrir una tragedia para convertir la gestión del riesgo en UNA VERDADERA POLÍTICA DE ESTADO y no simplemente en una política de reacción frente a la emergencia?

Jorge Enrique González Rojas