La polarización política –enemiga de la democracia, junto con el populismo y las posverdades, temas de los que han escrito Tzvetan Todorov y Moisés Naím- es la división política progresiva de una sociedad en dos bloques ideológicos extremos y además contradictorios. Es un escenario político en el que los ciudadanos se alinean con posiciones radicales opuestas, ven al adversario como un enemigo, no como otra alternativa, y en consecuencia el indispensable diálogo o consenso institucional se consideran prácticamente imposibles aunque no lo sean.

Es el alejamiento real en el siglo XXI en Latinoamérica, entre el extremismo de izquierda o de derecha respecto a temas como la seguridad, la economía, la sanidad o los derechos sociales, mientras que se dejan de lado el cambio climático y el preocupante mal uso de la IA; conformando ante todo un mayor componente emocional, donde se prioriza la lealtad grupal, principalmente socioeconómica, y el rechazo visceral hacia quienes apoyan al bando contrario, más allá de los temas concretos supuestamente en debate y que entonces no se concretan.

            La mínima diferencia en el resultado de las elecciones presidenciales del 21 de Junio de 2026 (apenas cerca de 250 mil votos entre más de 25 millones de electores) es de hecho un más que evidente empate que no debería llevar al desequilibro entre las actuales polarizaciones políticas del país, en términos de oposición, sino, por lo contrario, a procurar su unión a partir de los varios problemas comunes que se han identificado desde los dos extremos, cuyas soluciones son principalmente las que dividen las políticas extremas que proclaman.

Por ejemplo el debate entre una “mala paz” y una “buena guerra” es un dilema moral e histórico profundo; aunque depende del contexto, pues grandes pensadores han argumentado que cualquier paz es preferible a una guerra, ya que la violencia trae destrucción irreversible, mientras que la paz, por imperfecta que sea, salva vidas. Pero de la Paz de Aquisgrán de 1748, que tanto le costó a Francia, les quedó a ellos el dicho de “tonto como la paz”. Aquí, hoy, en Colombia, podríamos decir que “tonto como la guerra a medias o los acuerdos sin cumplir”.

El socialismo y el capitalismo son los dos sistemas económicos y políticos más influyentes de la historia moderna, diferenciándose principalmente en quién es el dueño de los medios de producción y cómo se distribuye la riqueza. El problema es que sin medios de producción no hay algo que distribuir al pueblo, y por lo tanto la solución no es acabar con los primeros sino ser más equitativos con los segundos; un modelo que busca equilibrar poco a poco la libre competencia y la propiedad privada con una fuerte regulación estatal en beneficio de todos.

La palabra unión se refiere principalmente a la acción o efecto de unir elementos, formando un solo todo; tal como lo están todos los habitantes de un país en todo su territorio. Sin embargo, su significado exacto depende del contexto. Tratándose de política es una unión creada a partir de la fusión de varias organizaciones previamente independientes. En este modelo, los territorios comparten un gobierno central y una estructura legal común, actuando internacionalmente como una única entidad, pero considerando las diferencias existentes.

            De ahí que sería inteligente que el próximo Presidente invite a su gobierno a políticos de la oposición,  sugerencia que llevó a Ricardo Villaveces, columnista de El País, a recordarle a quien escribe el ejemplo del “Equipo de rivales” de Abraham Lincoln, que fue su gabinete presidencial entre 1861 y 1865) pues en lugar de rodearse de aliados, nombró a sus principales oponentes del Partido Republicano; esta estrategia le permitió unir facciones divididas, aprovechar el talento más capacitado del país y liderar a la nación durante la Guerra Civil.

Benjamin Barney Caldas

Arquitecto de la Universidad de los Andes con maestría en historia de la Universidad del Valle y especializaciones en la San Buenaventura. Ha sido docente en los Andes y en su Taller Internacional de Cartagena; en Cali en Univalle, la San Buenaventura y la Javeriana, en Armenia en La Gran Colombia, en el ISAD en Chihuahua, y continua siéndolo en la Escuela de arquitectura y diseño, Isthmus, en Panamá. Miembro de la Sociedad Colombiana de Arquitectos, la Sociedad de Mejoras Públicas de Cali y la Fundación Salmona. Escribe en El País desde 1998, y en Caliescribe.com desde 2011.