Debía partir temprano desde el sur-sur para entregar en día hábil un vehículo a las 7:30 a.m. en concesionario del norte-norte; planeé ruta basado en mis conocimientos de nomenclatura urbana, a la vez volver a disfrutar “pichón” en el masivo de occidente después de 7 años. Creí iba a deleitarme como viajero relajado.
Atención al cliente me asignó un acompañante hasta la parada más cercana. Pasaba de todo menos el color oficial pretendido. Pasados 20 minutos concitó mi interés un bus polarizado, “bien engallado”, resultando ser de transporte intermunicipal. Algunas jóvenes alegraban el trayecto. Admiro cómo ebulle progresivamente la ciudad. “En la Terminal de Transporte de Pasajeros Terrestres consigue de todo”, me asevera una señora que nota mis inquietudes de desplazamiento. Recordé que, en 2008, siendo jurídico externo de la Terminal, nos preciábamos de convertirnos en articuladores del sistema intermodal con el MIO y FFNN.
Itero la vivencia desesperanzadora. Un portaequipajero: “las salidas a Jamundí operan en el último piso. Súbase a un Transur y cuadre con el motorista”. Identificado el medio de locomoción, analizo dinámicas versátiles del entorno hasta que un trío de galafardos me aborda proponiendo sacar “un Cartier” empeñado en un casino por $300.000. Muestro mis muñecas y falanges desnudas aduciendo reprobar prendas, escurriéndome en ascensor de carga dispuesto a cerrar.
De vuelta al piso 1º, ingreso al túnel peatonal que sale a la “nueva” Estación Ferroviaria, hoy sede Metrocali. Opciones de transporte trazan calle 25 hacia oriente. Avisto un alimentador bordeando la glorieta de la Av. de Las Américas con dirección al centro. ¡Aleluya! Recorro a pie 450 mts lineales hasta llegar a exhibir en ventanilla el plástico guardado que supuestamente tendría saldo de $10.000. Tarjeta vencida, saldo ídem. Compro otra con tal de pasar la registradora y sentirme seguro.
Actualmente los parlantes no anuncian llegadas ni hay letreros digitales que determinen puertas de ubicación. Me ilustro por los que saben. Iré por calle 13. El padrón arriba atestado. Este embrión de cívico padece lo que llaman entrevero. Entro de último, quedando apretado contra la nave y mi tórax con el dorso de dama voluminosa, portadora de penetrante fragancia “pachulí” y mata de pelo estilo greñero, debiendo girar el cuerpo para que no me endilguen acoso carnal. Ella no revira.
Pese al “apretujadero” temporal, en la medida que el cajón de 80 pasajeros se mece y traquea, los usuarios buscan sin atropellos cómo mejorar armónicamente de posición. Denoto lugar ideal, con la sorpresa que debo eludir gotitas heladas de A/C. Una adulta mayor me hace señas para ceder su puesto. Dudo si me vio vejete, “nuevón” u otro. Le agradezco tiernamente el gesto.
Detallo que hay todo tipo de gente. Reina la confianza porque celulares, audífonos, bisutería, etc. se exhiben sin recelo. Vendedores ambulantes – recursivos y respetuosos – inventan argumentos inverosímiles para no encañengarse con sus baratijas.
“Príncipe: prenda ese coco que ya tenemos poder y anticipo”, vocifera desde el fondo un litigante socio. Coincidencialmente asoma el Búnker de la Fiscalía, punto que pinta como puerto obligatorio de bajada. Montaré de nuevo en el SITM cuando equipos se renueven y frecuencias se intensifiquen.
*Abogado
