Tramo final Eder: los últimos 9 meses de 2026
Ha concluido, en la alcaldía de Alejandro Eder, la etapa de construcción de gobierno. Comienza ahora una fase decisiva de ejecución y cierre, atravesada por una campaña electoral que irrumpe, más una desordena agenda pública por las aspiraciones y la carrera por elegir un nuevo alcalde.
Después de Apolinar 2004, Ospina I 2008, Guerrero II 2012, Armitage 2016 y Ospina II 2020 , se evidenció que en Cali, la política suele oscilar entre la esperanza depositada en un alcalde que llega, la ciudad le entrega la gobernabilidad, construye esperanza , promete transformar la ciudad y la repetición de ciclos que terminan imponiéndose. Cada administración llega con la intención de romper inercias, pero acaban absorbidas por ellas. La de Alejandro Eder no ha sido la excepción.
Su última Semana Santa dejó una metáfora incómoda: la ciudad no resucitó. Y no lo hizo no por falta de discurso, sino por la distancia entre lo prometido y lo ejecutado. La próxima, en cambio, no será de reflexión sino de incendio político, marcada por la disputa anticipada de quienes aspiran a sucederlo en la alcaldía. Por ello, el gobierno parece haber quedado atrapado entre dos lógicas: gobernar o hacer política.
El alcalde, en esa tensión, termina pareciéndose más a Poncio Pilato: observa la crisis, la reconoce, pero evita asumir plenamente el costo político de sus decisiones. Las promesas de acabar la corrupción y despolitizar la administración, pilares de su campaña, se fueron diluyendo con el paso de los meses. Hoy, la percepción dominante es otra: los intereses personales, económicos, gremiales y la burocracia volvieron a operar como herramienta electoral, justo aquello que se había prometido desmontar.
En campaña, Eder encarnó una figura que podría compararse con San Pedro: defensor de la transparencia, la técnica y el mérito. Sin embargo, en el ejercicio del poder, los hechos sugieren una negación progresiva de ese discurso. No es una acusación; es una lectura política basada en decisiones, nombramientos y resultados.
Lo más delicado no es la crítica en sí, sino el deterioro de la confianza. Cuando 4 de cada 5 ciudadanos desaprueban la gestión, el problema deja de ser narrativo y se convierte en estructural. La legitimidad no se pierde en los discursos de la oposición, sino en la desconexión entre gobierno y ciudadanía.
En lugar de consolidar un gobierno técnico/politico, lo que distintos sectores perciben es una administración atrapada entre compromisos económicos y políticos, alta rotación de funcionarios y falta de rumbo en temas clave de ciudad. La consecuencia es evidente: se gobierna en rumbo equivocado, también reaccionando, no liderando.
Gobernar no es administrar campañas desde el poder, como la de Reyes Kury al senado, donde perdió. Cuando esa línea se cruza, el debate deja de ser ideológico y se vuelve institucional, con implicaciones de ciudad, éticas y legales. Y es ahí donde el riesgo se profundiza: la política deja de ser un instrumento de transformación para convertirse en un fin en sí mismo.
El problema de fondo, entonces, no es solo de gestión, sino de coherencia. Un alcalde ( Eder ) puede ganar elecciones con un mensaje potente, pero pierde legitimidad cuando su método contradice ese mismo mensaje. La ciudadanía no juzga intenciones, juzga consistencia.
La narrativa de persecución o ataques externos puede tener utilidad política, pero resulta insuficiente cuando no va acompañada de autocrítica. Gobernar implica asumir errores, corregir rumbo y reconocer límites. Sin eso, cualquier relato se vuelve frágil.
Al final, Cali enfrenta una paradoja clásica: un gobierno que llegó prometiendo cambio, pero que hoy es cuestionado precisamente por parecerse demasiado a aquello que dijo que iba a reemplazar. No resucitó la ciudad, y en el proceso, tampoco logró renovar la confianza en su propio proyecto.
La lección es más amplia que un periodo de gobierno. Cali no necesita solo promesas de reconciliación; necesita rigor técnico en lo económico y social, coherencia política y liderazgo sostenido. Sin esos tres elementos, cualquier intento de transformación termina siendo, apenas, una narrativa que no logra convertirse en realidad.