Unos afirmamos que Colombia es un Estado social y democrático de derecho, a la vez existe otra franja numerosa de compatriotas que se niegan a reconocerlo y no asumen su responsabilidad política en la defensa cotidiana de los principios democráticos, prefieren dimitir y dejan esa responsabilidad en manos de otras personas y casi nunca en las mejores.
Esta negación se expresa en actos abiertos de rechazo al orden constitucional, también en comportamientos pasivos, cómodos frente al deterioro institucional, combina pereza cívica, miedo al conflicto, desconfianza en lo público y una peligrosa normalización de la omisión política. A esto me atrevo a titularlo como:
Una renuncia cívica estructural
No es un simple desinterés individual, sino una conducta social repetida y legitimada culturalmente que crece cada vez más: el ciudadano afirma que la política es corrupta, pero no hace nada para combatirla y se refugia en la vida privada, mientras el Estado se erosiona.
Esa abdicación cívica – desinterés público – no surge de la ignorancia absoluta, sino de la convicción que intervenir “no sirve”, “es peligroso” o “no es asunto propio”. Es una forma de irresponsabilidad política colectiva que termina beneficiando a quienes concentran poder sin contrapesos. Sin duda a cierta clase política le conviene que la gente no analice, no opine, que se dedique a sus actividades privadas y aparece así la democracia formal.
Ese silencio tolerante nos ha hecho mucho daño porque llegan al Estado personas sin conocimiento y/o con un ánimo desaforado por aprovechar el cuarto de hora atracando el tesoro público.
Entonces debo ser categórico:
Cuando la ciudadanía renuncia a votar, deliberar, vigilar y exigir, el poder se desplaza lentamente hacia prácticas autoritarias, clientelistas, bajo apariencias de legalidad.
La democracia no muere solo por la acción de quienes la atacan, sino también por la pasividad de quienes deciden no defenderla – ¿Ud. hace parte de este grupo?
No estoy incitando a actos heroicos donde la vida se ponga de carne de cañón, pero si para que este año cuando tendremos dos elecciones fundamentales elija en conciencia a ciudadanos que de verdad no vean al Estado como la jauría hambrienta. Esta reconstrucción ética de la responsabilidad política es a favor de nuestro propio futuro de Estado republicano.
¿Entonces qué hacer?
Propongo los siguientes tres momentos fundamentales:
Primero, la deliberación informada obligatoria: toda decisión política relevante debe estar precedida por espacios ciudadanos de discusión pública, con acceso a información clara, plural y verificable. No se trata de foros simbólicos, sino de escenarios con incidencia real, donde la argumentación tenga valor y la desinformación sea activamente combatida.
Segundo, la corresponsabilidad decisional: las decisiones políticas no pueden seguir siendo percibidas como actos exclusivos de élites o representantes distantes. Deben existir mecanismos que vinculen a la ciudadanía con las consecuencias de las decisiones adoptadas, de modo que elegir implique también asumir costos y responsabilidades. Sin responsabilidad, la decisión se trivializa.
Tercero, la evaluación y control ciudadano permanente: toda decisión política debe estar sujeta a seguimiento, rendición de cuentas y eventual corrección.
La democracia republicana no se agota en el acto electoral; se realiza en el control continuo del poder. Este control no es un gesto de desconfianza, sino una expresión madura de lealtad constitucional. Inventar este procedimiento no significa crear nuevas burocracias, sino recuperar el sentido republicano de la política: la idea de que lo público pertenece a todos y que, por tanto, todos son responsables de su destino.
Colombia no necesita ciudadanos heroicos, sino ciudadanos responsables; no necesita unanimidades, sino deliberaciones honestas; no necesita silencio, sino coraje cívico.
Superar la renuncia cívica estructural es, hoy, una condición de supervivencia democrática. Defender el Estado republicano no es una opción ideológica: es un deber político compartido. Mientras la sociedad siga negándose a asumirlo, la democracia seguirá existiendo solo como forma, pero no como sustancia y los vivos continuaran en los diferentes poderes públicos gozándola y exprimiéndola.