La democracia ha adquirido a través de los tiempos un inmenso valor social, político y moral, constituyendo un medio imprescindible para el ejercicio de los derechos y de las libertades de los ciudadanos particularmente en lo que concierne a la lucha política y a la construcción de una sociedad más justa y equitativa; que en las condiciones actuales del régimen del capitalismo global, ha adquirido un carácter formal e inestable en momentos en que el poder del Estado se concentra y centraliza en cabeza de los órganos ejecutivos que en alianza con el gran poder económico de los monopolios del gran capital financiero internacional se aleja cada vez más de las formas y métodos democráticos para dirigir, administrar, controlar y vigilar los asuntos del Estado y de la sociedad, en tanto se acerca cada vez más a la práctica de procedimientos antidemocráticos de carácter autoritario que los asemeja a las formas de gobierno de la antigua autocracia de los zares y reyes de la época feudal y que en la actualidad se encuentra ligada con la crisis generalizada por la que atraviesa la sociedad capitalista.
Tal como es sabido en los regímenes autoritarios el poder del Estado se encuentra en términos generales en manos de una persona que toma las principales decisiones como jefe supremo del poder del Estado, en muchos casos por fuera de los límites establecidos en las Constituciones y en las leyes tal como viene sucediendo con algunos gobernantes de varios países de Europa como Hungría, Italia y con EEUU de Norteamérica que conjuntamente con algunos gobernantes de países como Argentina presidido por Javier Milei y en El Salvador con Nayib Bukele.
La crisis de la democracia liberal y del imperio de la nueva geopolítica están acabando con el Estado de Derecho y los principios y valores democráticos que empiezan a reemplazarse por las formas y métodos del autoritarismo que arrastra a los gobernantes del mundo occidental, Asia, África y de América Latina a la autocracia como la manera más idónea para dirigir los destinos de una sociedad gobernada por una clase dirigente incapaz y parasitaria, que más temprano que tarde tendrá que ser sustituida por el conjunto de las fuerzas sociales y políticas, democráticas y progresistas que terminarán derrocando a las fuerzas antidemocráticas, que hasta ahora han usufructuado del poder como protagonistas del régimen capitalista que no representan los intereses y necesidades de los pueblos que continuarán desarrollándose conforme a las leyes del progreso social y del bienestar general.
La lucha decidida en favor de la democracia debe convertirse en un deber social, político y moral de todos los ciudadanos y pueblos que consideran que sin esta no es posible la paz, el progreso social y el bienestar general. Y de ahí la necesidad de construir una democracia cada vez más amplia y participativa, en tanto que la autocracia que nos genera violencia e incertidumbres debe ser desterrada de la conciencia de quienes se abrogan el derecho de imponerla como alternativa de poder tal como sucede actualmente y con lo cual se destruyen todos los valores democráticos que deben primar en la sociedad por encima de los intereses de las clases dirigentes económica y políticamente dominantes del mundo capitalista globalizado.
El nuevo colonialismo que se trata de imponer en Venezuela y en otros países del planeta nada tiene que ver con la recuperación de la democracia ni con la cooperación y ayuda mutuas que solo se podrán lograr con la unidad latinoamericana y con la lucha ideológica y política contra la autocracia, el autoritarismo, el reformismo, la demagogia y el populismo, que caracterizan las acciones de los gobiernos neoliberales, social demócratas, del centro y las extremas izquierda y derecha.