*Ramiro Varela M
Ensayo periodístico con las voces de Carlos Holguín Sardi, Alberto Casas Santamaría y Enrique Gómez Martínez
Treinta años después de su asesinato, Álvaro Gómez Hurtado sigue siendo una de las figuras más profundas y desconcertantes de la política colombiana. Su muerte dejó abierta una herida, pero también una tarea inconclusa: comprender su pensamiento más allá de los titulares. Tres voces, Carlos Holguín Sardi, Alberto Casas Santamaría y Enrique Gómez Martínez, permiten en Caliescribe, reconstruir no solo al político asesinado, sino al intelectual que quiso pensar la Nación, al amigo, al jefe y al tio.
Un hombre grande como muy pocos
Carlos Holguín Sardi, exministro del Interior y ex senador, define a su jefe y amigo, Álvaro Gómez Hurtado, con una frase que resume toda una vida: “Un hombre muy humano, un estadista, un filósofo, un historiador, un doctrinante, un periodista… un hombre grande como muy pocos.”
En tiempos de polarización, su figura vuelve a tener vigencia, no solo por su trágico final, sino por la profundidad de su pensamiento y su obsesión por construir un país justo.
Holguín recuerda su carácter polifacético: “Difícilmente uno encuentra a una persona más polifacética.” Fue economista del desarrollo, teórico de la democracia participativa y crítico feroz del presidencialismo excesivo. “Uno de los motivos de distanciamiento de Álvaro frente al presidente Lleras fue la reforma del 68; a juicio de Álvaro, era estatista y excesivamente presidencialista.”

A su juicio, la esencia del pensamiento alvarista está en su visión del desarrollo: “Desarrollismo, un modelo de industrialización, exportaciones, comercio exterior y urbanización… Álvaro empaqueta todo eso en una propuesta para el país.”
Ese ideal lo llevó a formular su célebre consigna de 1974: “Meterle pueblo a la democracia.” Fue su manera de reclamar que el poder político debía abrirse a la ciudadanía y no permanecer cautivo de las élites.
La política sin justicia no es política
Alberto Casas Santamaría, exministro de Comunicaciones y ex senador, fue uno de los hombres más cercanos a Gómez Hurtado. En Caliescribe confesó con humildad: “Consideré que mi oficio era hacer presidente a Álvaro Gómez… que fue a lo que me dediqué a partir de ese momento y fracasé.”
Su testimonio revela tanto el aprecio como la frustración de una generación que intentó transformar la política desde la ética y la justicia.

Casas recuerda su sabiduría inmensa: “Su sabiduría era ilimitada, porque no había tema que no dominara.”
Y agrega una crítica que aún resuena: “La política en Colombia había perdido su razón de ser, al dedicarse exclusivamente al propósito burocrático.”
Para Gómez, el centro del ejercicio político era la justicia: “Sin justicia no hay política.” Ese principio lo llevó a promover una de las transformaciones más importantes del siglo XX: “Él logró que la Asamblea Constituyente del 90 creara la Fiscalía. Su lucha por la recuperación de la justicia la diseñó.”
Casas también subraya las resistencias que enfrentó: “El Dr. Álvaro Gómez, con tantas ideas y apoyo de un pueblo conservador, es la prensa liberal la que se le pone en el camino.”
Esa confrontación mediática dice distorsionó su imagen pública: “La imagen de Álvaro Gómez la crearon sus enemigos… totalmente falsa, absolutamente falsa.”
El acuerdo sobre lo fundamental
Tanto Holguín como Casas coinciden en que su última gran apuesta fue “el acuerdo sobre lo fundamental.”
Para Holguín, “fue más un mensaje de decirle al país: entendámonos, pongámonos de acuerdo en algo, pero nunca se pudo concretar.”
Casas lo interpreta como un llamado urgente a la reconciliación: “Era una manera de decirle al país: entendámonos…..”
Ambos ven en esa idea una síntesis de su pensamiento político y filosófico: el consenso como fundamento de la democracia.

La vigencia del pensamiento alvarista
Treinta años después del magnicidio, Enrique Gómez Martínez abogado, ex candidato presidencial y sobrino de Álvaro Gómez, ha mantenido viva la bandera del movimiento Salvación Nacional.
Desde su mirada crítica, sostiene: “El régimen existe porque funciona. Funciona para el favorecimiento de intereses especiales… grupos del crimen organizado… toda esa fraternidad de izquierda radical.”
Sus palabras no son solo una denuncia, sino la actualización del mismo diagnóstico que hizo su tío: la captura del Estado por redes de poder que impiden la modernización institucional.
Enrique Gómez identifica en la obra de Álvaro tres pilares fundamentales: “La obsesión de vida de Álvaro Gómez: el desarrollo y la planeación como elementos fundamentales para sacar al país del tercer mundo.”
Y recuerda su preocupación por la justicia: “El país sigue pensando que va a alcanzar la seguridad sin justicia. Eso es una falacia.”
Su pensamiento, dice, sigue siendo brújula: “Las palabras y el pensamiento de Álvaro Gómez Hurtado no pierden vigencia y son nuestra brújula.”
Para Enrique, el legado también abarca la dimensión ambiental: “El último gran elemento que tiene hoy mucha vigencia… es el tema de la protección de la ecología, que seguimos abordando de la manera equivocada.”
Y enfatiza su aporte institucional: “Recuérdelo como inspirador del Acto Legislativo de 1986, que creó la elección popular de alcaldes.”

Un pensador silenciado
Enrique Gómez es tajante al señalar las causas del crimen político: “Hace 30 años el régimen decidió silenciar a Álvaro Gómez Hurtado. Es el mismo régimen que hoy continúa gobernando a Colombia.”
Su lectura encaja con la crítica que el propio Álvaro formuló en vida: un sistema político cerrado, incapaz de reformarse a sí mismo.
Como él mismo lo advertía —recuerda Enrique: “El régimen se perpetúa con redes de empresarios, políticos y criminales. Hoy seguimos viendo esos vicios.”
No fue solo un político asesinado: fue un pensador que buscaba refundar el Estado desde la ética, la justicia y la planeación.
“Álvaro Gómez Hurtado no solo fue un político: fue un pensador que entendió que Colombia debía fundarse en el consenso y no en la imposición.”
En su ausencia, su pensamiento se ha convertido en punto de referencia moral, intelectual y cívico.

Herencia y responsabilidad
El legado de Álvaro Gómez, visto por tres generaciones de dirigentes, revela una constante: su obsesión por el desarrollo con justicia y participación.
Holguín Sardi lo vio como el reformador que quiso “meterle pueblo a la democracia.”
Casas Santamaría lo recuerda como el maestro que creía que “sin justicia no hay política.”
Y Enrique Gómez lo reivindica como brújula ética y doctrinaria en un país aún atrapado en los vicios del poder.
El desafío de su pensamiento es actual: Colombia sigue buscando el “acuerdo sobre lo fundamental”.
Quizás la mejor manera de honrar su memoria no sea repetir sus frases, sino aplicar su método: pensar el país con rigor, discutirlo con altura y construirlo con justicia.