En julio de 2027 se disputó la final del Campeonato Mundial de Robogoogols en la isla china de Jao-lin.

Solo seis equipos clasificaron a la gran final: los de la Liga de Estados Unidos y los de la Liga de Canadá, finalistas de la Copa América; por la Liga de Euráfrica, los equipos de la Unión Inglesa y de Alemania; y por la Confederación de Australasia, los equipos de Rusia y China Oriental. El campeón salió del enfrentamiento entre el equipo de la Unión Inglesa y el equipo de China Oriental.

El partido se llevó a cabo en el megaestadio de Jao-lin, con una capacidad de ciento ochenta mil espectadores, que llegaron a la isla –separada de China Oriental solo unos pocos kilómetros– desde todos los rincones del mundo.

Antes de terminar la primera década del siglo XXI, y tras muchos años de intervenir aquel ovoide de seiscientos kilómetros cuadrados, las autoridades chinas habían dotado la isla de la infraestructura necesaria para hacerla habitable. En las partes más profundas del perímetro de la isla se hincaron numerosas y colosales tablestacas y se construyó una moderna y funcional área portuaria. Todo aquel impresionante proyecto urbanístico estuvo a cargo de los arquitectos Misompra Kala y Nicodos Kokuda, de la Universidad de Kioto, y del inglés Jaky Roky, de la Universidad de Amberes.

El proyecto estaba concebido para albergar en un futuro no lejano a dieciocho millones de familias trashumantes de la China continental que soñaban con un hogar estable y un sitio fijo donde trabajar. Para tal efecto, se tenía previsto construir dieciocho mil edificios de entre veinte y veinticinco pisos, con cuarenta apartamentos por piso.

Los arquitectos responsables de tan monumental empresa merecieron el Premio al Mejor Desarrollo Con ceptual para una Nueva Ciudad por su proyecto urbanístico que incluía el complejo vial, centros comer­ciales, hospitales, colegios, centros de diversión, zona de esparcimiento, zonas de parqueo, muelles de carga, muelles de pasajeros, aeropuerto, manejo logístico y tra­tamiento de aguas limpias y servidas.

La cancha del megaestadio tenía la medida regla­mentaria de 240 metros de largo por 90 metros de ancho, y en ella se enfrentarían doce jugadores de cada equipo, es decir, uno más que en el esquema tradicional del futbol, pues en esta modalidad son dos los porteros por marco. El servicio de arbitraje es coordinado por diecisiete jueces, de los cuales el principal se puede desplazar a cualquier sitio de la cancha, y si le es necesario elevarse por exigírselo su función, no puede sobrepasar los quince metros; altura máxima a la que pueden llegar los jugadores en el transcurso del partido. Los jueces de línea laterales están ubicados a una altura de siete metros y medio, cuatro a un lado y cuatro al otro, a quince metros de distancia uno de otro. En la línea de terreno donde se alza el arco, o sea en la dimensión lateral de la cancha, se ubican dos jueces a cada lado de las porterías, a quince metros de distancia de ellas.

Los jugadores debían ser unos súper atletas, para poder elevarse hasta los quince metros y a tal altura patear el ‘coloso’ (esférico de arconio con un núcleo de pechblenda, lo suficientemente fuerte para resistir la fricción a que se somete al ser lanzado a una velocidad de doscientos cuarenta metros por segundo). Estos súper atletas, con un peso cercano a los cien kilos, no son, por supuesto, humanos; son androides diseñados específicamente para tal competición.

Estos ‘robogoogols’, como se les conoce, fueron evo­lucionando rápido, y las normas internacionales que rigen este deporte se hicieron cada vez más estrictas. Entre otras previsiones, establecieron limitaciones a la carga energética del androide, generada por el isótopo 117 de torio, llamado rasotinón, que se libera al ser bom­bardeado el elemento con protinos de helio. Tal carga, almacenada en un macro ship conformado por plaquetas de turbilinium, no puede sobrepasar las tres mil horas; límite que controlan las federaciones de cada país. Los robogoogols no se pueden recargar durante el desarrollo de un partido.

El día de la gran final ha llegado. Los aficionados están expectantes. En el borde superior de la cubierta del megaestadio hay instaladas miles de cámaras de los medios de comunicación ciberespaciales, para que ningún habitante del planeta se prive de ver, donde sea que esté, todos los entresijos del colosal encuentro futbolístico.

Los robogoogols de los dos equipos se enfrascan en una pelea a muerte. Los manejadores de cada equipo exigen al máximo el desempeño de sus pupilos tecnológicos. Los aparatosos encontronazos pecho a pecho entre los gigantes de metal por intentar patear a la portería contraria se daban en la altura prescrita. Los jueces de línea y el central revoloteaban a increíble velocidad alrededor de aquellos mastodontes para no perder detalle de las acciones. En ese alucinante torbellino, trabajo les costaba a los espectadores seguir el curso del ‘coloso’.

Las agencias de apuestas alrededor del mundo favo­recen ampliamente al equipo de la Unión Inglesa: dos­cientos por uno. Durante los dos primeros tiempos reglamentarios de sesenta minutos, el partido está empa­tado uno por uno. Pero, a punto de finalizar el tercer tiempo, el ciberjugador 10 del equipo chino, con un dominio superior en el juego de altura al enfrentar al ciber contrario, anotó el tanto para dar la victoria a los suyos.

Las pérdidas de quienes apostaban por el favorito fueron monstruosas. Tan solo en la Unión Europea sumaron millones de umomus –Unidad Monetaria Mun- dial– en segundos.

Pocos días después de aquella –para la mayoría– trágica tarde, un estudiante de último grado de la Universidad de Stamford hizo una denuncia ante la Confederación Mundial de Ciberfutbol, con sede en Colonia, en la que mostró una extraña mancha que captó su cámara ubicada en el ciberestadio. Elikan Kayer, de la facultad de Ingeniería Ciberespacial del centro docente, advirtió que ello sucedió antes de que el jugador chino anotara el tanto que dio el triunfo a su equipo.

Analizada la imagen una y otra vez por los expertos de la Confederación, se pudo ver que una como mancha iridiscente salía del reluciente cuerpo del ciberjugador inglés, que segundos después perdió el control sobre sí mismo. La respetable institución investigó a fondo el inusual fenómeno, comprobó que los chinos habían desarrollado un ingenio electrónico que instalado en cada uno de sus jugadores les permitía interferir, cuando consideraran necesario, el proceso energético del jugador contrario, evitando que los protinos del helio reaccionaran con los isótopos del torio, lo cual dejaba al afectado sin la carga necesaria para resistir cualquier ataque.

El escándalo que suscitó la divulgación de tan avieso recurso utilizado por los chinos fue, si se quiere, mayor que el que provocó la derrota de la Unión Inglesa. La Confederación anuló el resultado del partido y declaró ganador al equipo de la Unión Inglesa. Adicionalmente, sancionó a los chinos dejándolos por fuera de cualquier competencia internacional de robogoogols durante diez años.

Las agencias de apuestas tuvieron que devolver las enormes cantidades de dinero que habían percibido. Por supuesto, el sistema de apuestas colapsó. El desplome de la banca china fue catastrófico y acarreó el derrumbe de la economía del país. Y esta hecatombe repercutió en la economía del mundo entero, que se sumió en una Gran Depresión como la que castigó a EE.UU cien años atrás, esta vez a escala planetaria, y de la que tardaría más de una década en reponerse.

Carlos A. Hurtado D.