Fue una victoria rápida y calculada. Colombia tenía afán de resolver cuanto antes el partido, para no tentar el heroísmo ajeno. James, el dueño de los tiempo, marcó la pauta, pareció decir, ¿cuánto va, apenas 8 minutos?, listo, ya es hora. Y lanzó el centro letal, la pelota se fue con efecto cerrado, llegó al área donde se agarraban unos y otros, pero a Jhon Córdoba no es fácil agarrarlo, no hay cómo, no hay quién, sacó ventaja de toda su corpulencia, se lanzó en palomita y definió de cabeza, pudo haber pinchado la pelota cuando su frente de acero la conectó, y cuando cayó al pasto e hizo temblar el estadio comprobó que era el 1-0. Córdoba fue hacia James y le habló al oído, en un diálogo de dos cómplices del gol.

El partido siguió. Colombia mantuvo la pelota, pero quería más y lo quería rápido. ¿Cuánto tiempo llevamos?, habrá preguntado Jhon Arias. ¿Apenas 12 minutos?, listo, es buena hora, vamos por el segundo: Arias recibió la pelota y corrió hacia el arco, parecía que se le iba larga, el arquero salió apresurado y se llevó su pierna, ¡penalti!, gritaron en coro desde las tribunas. Y sí, lo fue.
James agarró el balón, tomó aire profundo, lo soltó despacio, miró la pelota, como si le dijera, te quiero en el palo izquierdo del arquero, a media altura y con fuerza, y la pelota, obediente, le escuchó, y allá fue, 2-0. James corrió hacia las tribunas mientras el grito de gol envolvía todo su entorno, estiró sus brazos como un cristo redentor y como quien dice, aquí estoy, soy James, quiero ir a la final de la Copa América, quiero ganarla…
Pero las victorias son más satisfactorias cuando aparece la hazaña. Lo que vino después es digno de contarse, porque Panamá pudo haber resucitado cuando un remate de cabeza fue al vertical, y no se sabe cómo es que Camilo Vargas reaccionó, porque cuando vio llegar la pelota hacia su cara, la manoteó, como quien ve caer una granada y la tira para que explote muy lejos.
¿Qué podía hacer Panamá? Salir, intentar una proeza. ¿Qué podía hacer Colombia? Tener la pelota y aprovechar los espacios para clavar otras dagas. Así fue como James, el dueño de las velocidades y las pausas, tiró otro pase fabuloso, un pase de tiro libre a riesgo que nadie esperaba, ni los rivales, ni los hinchas ni el camarógrafo, solo Lucho Díaz, que conocía el truco a la perfección y fue hacia el balón con libertad y cuando lo encontró tiro un globito, la pelota subió y cayó para detonar dentro de la red, 3-0 y al descanso.
La segunda parte fue trámite para Colombia. Fue esperar a que el tiempo hiciera su tarea. Colombia empezó a jugar pensando más en la semifinal, hizo sus cambios, se refrescó, le bajó el ritmo al juego, y sin embargo, algo faltaba, algo más se traían entre manos estos jugadores.
Al minuto 70 Daniel Muñoz tuvo una de sus excursiones al ataque, lo derribaron en el área, y antes de que se pitara el penalti, llegó Ríchard Ríos con qué precisión y mandó la pelota al arco, 4-0.
A Panamá solo le restaba orar para que el partido se acabara, para que la goleada no fuera más amplia, que el juez pitara para que Colombia cesara su ímpetu. Pero no. Quedaba más. Otro penalti, Santiago Arias fue derribado en el área. Miguel Borja pateó con precisión de goleador y fue el 5-0.

Redacción

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