La adopción del cambio

Aunque inanimadas, las ciudades asumen las características de sus creadores. Los hombres crean y destruyen valores con el mismo ímpetu.

Sibil Moholy-Nagy

Las formas urbanas y arquitectónicas cambian cuando se imponen formas que se trasla¬dan de las metró¬polis a las colonias. Pero cuando las formas han sido impues¬tas o asumidas, se escogen por supuesto las construcciones y espacios monumentales: los demás seguirán de lejos la moda pues también hay imposiciones internas.  Desde luego con resultados artificiosos para los primeros, y de manera kicht  o popular para los otros. También, a partir de políticas explíci¬tas de las administraciones municipales o de tendencias adoptadas por los sectores dirigentes de la sociedad (que con frecuencia son los mismos, por lo que comparten una misma mentalidad) que adoptan imágenes de otras partes o de otras épocas.  Esto sucede particularmente en sociedades dependientes que, aparte de estar siempre atrasadas tecnológi¬camente, modifican apresurada¬mente sus comportamientos, siguiendo modas necesariamente foráneas, y difícilmente recono¬cen sus posibles evoluciones artísticas por estar pendientes de las vanguardias de las metrópolis. Y, a veces, la dependencia es doble: se siguen en la provincia las modas que en la capital a su vez se han tomado de los centros internacionales. Es la ilusión de que remplazando las formas se remplazan los contenidos, o, no pocas veces, el cinismo de ocultar la realidad de las cosas cam¬biándo¬les, aun cuando sea, su imagen, pues, como dice Hermann Broch: “La naturaleza de un periodo [historico] puede leerse generalmente en su fachada arquitectonica.”

Los símbolos de las formas construidas tienen modelos específicos, genéricos o, incluso, asumi¬dos. Con ellos se buscan ideales explícitos, ocultos o simplemente apa¬rentes, en la medida en que ocul¬tan otros propósitos. Sus realidades son inesperadas y distintas en el pasado y en el presente, y, presu¬miblemente, en el futuro.

Por lo demás, los edificios, los espacios urbanos y los amoblamientos de cada momento histó¬rico constituyen no sólo una imagen buscada –ideal– sino que se suman a los que quedan de los perío¬dos anteriores, formando con ellos imágenes reales: el palimp¬sesto urbano.  El cambio de las imágenes de las ciudades se puede dar al agregar nue¬vos sectores que remplazan en impor¬tancia a los anteriores, o los sustituyen, demo¬liendo construcciones y espacios urbanos pre-exis¬tentes, y construyendo en el mismo sitio otros nuevos. Pero como es imposible lograrlo total¬mente, la imagen final de la ciudad comienza ha ser cada vez más caótica y sin carácter.  Cuando se trata de cambiar la imagen, sustitu¬yendo construcciones y espacios urbanos, obviamente se afectan ante todo los de carácter monumental: los monumentos propiamente dichos y los edificios públicos y privados principales, así como las pla¬zas, parques y avenidas principales. Aquellos lugares en donde es más eficaz un cambio de imagen por que son en los que en más gente se da cuenta del mismo. Recientemente, además, se tergiversan las es¬calas y se truecan los símbolos. Los conjun¬tos de viviendas son más grandes que las iglesias; las auto¬pistas mayores que las plazas; los ban-cos, más importantes que las alcaldías; las estatuas se esconden en medio de las “zonas verdes”; y los puentes ya no son más “obras de arte” como irónicamente los siguen llamando los ingenie¬ros.

Los modelos, las ilusiones, las realidades

-No son las cosas mismas las que nos hacen felices o desgraciados- soñaba Hassan en voz alta, mientras sus dos amigos lo observaban tendidos en sus cojines- sino sólo la idea que tenemos de ellas, y las falsas certezas de las que nos jactamos.

Vladimir Bartol en Alamut

Puesto  que  la responsabilidad moral del hombre está determinada por sus valores, dice Lorenz, no es cierto que sólo lo calculable y mensurable es real. La experiencia subjetiva es tan real como todo lo científico.  Determinar los modelos de los edificios y espacios urbanos de una ciudad, aunque no siempre sea posible precisar cada operación particular, es asunto de la historia de la arquitec¬tura: la gé¬nesis de los estilos y sus influencias. Por otro lado las realidades urbanas están ahí. Pero plantearse “las ilusiones” que se abriga¬ron cuando se asimilaron o adoptaron o impusieron los modelos, es asunto de nuestra experiencia subjetiva y casi nunca será expuesto de manera objetiva. Pero será posible deducirlo del análisis de los “proyectos” y de sus “realidades”. Así, la a veces enorme distancia que separa la “ilusión” del modelo de la “realidad” de la construcción, se puede establecer –y explicar– estudiando con la misma terminología uno y otra.  Las fal-sas certezas, siempre sospechosas, saldrán a la luz explicando por qué hemos sido al tiempo felices y desgraciados al no poder prescindir de las ilusiones, ni evitar vi¬vir una realidad en la que la ilusión es real. La Ermita “nueva” en Cali, por ejemplo, pese a su cada vez más reducido tamaño en la ciudad y a su difamado concreto estructural, nos recuerda la majestuosidad y espiritualidad de las grandes catedrales Góticas, no en vano, como lo expresa Norberg-Schulz, simple¬mente: “Con la catedral Gótica, Dios se acercó al hombre.”

El hecho de que los edificios de las primeras décadas de este siglo en Cali –con los que se buscó la imagen de la nueva capital– se localizaran no de manera central y simétrica con respecto a la estructura urbana preexistente de la ciudad, como corresponde al estilo de sus modelos clásicos europeos, sino, ocupando los valorados y costosos lotes de esquina de la trama colonial,  demuestra claramente la intención de cambiar la cara de la ciudad y no su estructura urbana misma. Como resultado aparecieron esas esquinas que los caracterizan y los tornan “caleños” y no sola¬mente europeos. También lo demues¬tra el hecho de que son edificios modernos en su función y construcción pero historicistas en su forma. Otro ejemplo son, sin lugar a dudas, los proyectos recientes para el sector central de la ciudad compara¬dos con lo que escasamente se construyó de ellos: lo mínimo para que parecieran que habían sido he¬chos.

Uno de los mayores problemas que plantea siempre la creación artística es la im¬posibilidad de asegurar sus resultados.  Aún a edificios tan modélicos como El Esco¬rial, se les busca mo¬delos dig¬nos de ellos. El rey Felipe II, conocido como mecenas de empresas intelectuales, se ocupa de dos mag¬nas publicaciones, que en su época alcan¬zaron renombre internacional, con una característica común: el intento de reconstruir el Templo de Salomón. La primera es la llamada Biblia Políglota Regia de 1572, y la se-gunda, In Ezachielem Explanations, de 1595-1606, de los jesuitas Jerónimo de Prado y Juan Bau¬tista Villalpando. Justamente, fray José de Sigüesa se re¬fiere al palacio-mo¬nasterio de Juan de Herrera como “otro templo de Salomón”.

Hay que preguntarse con Edgar Vásquez “¿de qué manera particular una forma¬ción social especí-fica -a nivel regional y/o urbano- ‘produce’ unas formas espaciales urbanas concretas?”   El espacio urbano no puede considerarse un “reflejo” pasivo fí¬sico-espacial de relaciones sociales de producción ex¬ternas a él. Los espacios urbanos, si bien resultan del funcionamiento de las re¬laciones sociales, tam¬bién las reproducen y condicionan. Por esto, cuando las contradic¬ciones sociales generan nuevas rela¬ciones, que inicialmente se desarrollan en la vieja estructura urbana de la ciudad, se pre¬senta un desfase entre las nuevas relaciones sociales y la vieja confor¬mación espacial, que no facilita la reproducción de las nuevas relaciones sociales que entran a transfor¬marla

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Benjamin Barney Caldas

Arquitecto de la Universidad de los Andes con maestría en historia de la Universidad del Valle y especializaciones en la San Buenaventura. Ha sido docente en los Andes y en su Taller Internacional de Cartagena; en Cali en Univalle, la San Buenaventura y la Javeriana, en Armenia en La Gran Colombia, en el ISAD en Chihuahua, y continua siéndolo en la Escuela de arquitectura y diseño, Isthmus, en Panamá. Miembro de la Sociedad Colombiana de Arquitectos, la Sociedad de Mejoras Públicas de Cali y la Fundación Salmona. Escribe en El País desde 1998, y en Caliescribe.com desde 2011.