En medio de la crisis general que afronta el sistema capitalista global ha surgido un gran debate sobre el futuro de este sistema fundamentado en diversas teorías y conjeturas, defendidas por sus ideólogos y propagandistas que de cierta forma tratan de distraer la atención de la opinión pública respecto de sus verdaderos problemas económicos, políticos, sociales, culturales, ambientales, etc., agravadas con la exacerbación de las contradicciones y conflictos sociales que afloran desde sus propias entrañas.

Y de ahí que no falten quienes manifiesten que el futuro de la sociedad capitalista está asegurado con el avance y desarrollo científico técnico generador del crecimiento económico, del bienestar y de la estabilización de la sociedad.

Otros sociólogos e investigadores consideran que el desarrollo tecnológico es el mayor causante del deterioro de la naturaleza y de la sociedad. En ambos casos tanto los partidarios del “optimismo tecnológico” como del “pesimismo social y ambiental” tienden a sustituir el análisis de los fenómenos y procesos sociales por otros de carácter tecnológico o ecológico, sin profundizar en las verdaderas causas que los generan y desde luego sin considerar la posibilidad de remover las bases estructurales del sistema capitalista.

Contrariamente a estas posiciones extremas, hay quienes consideran que el futuro de la sociedad tendrá que desarrollarse en el marco del denominado “socialismo democrático”; mediante el cual es posible según se dice, superar las contradicciones y conflictos de la sociedad capitalista utilizando para ello las reformas económicas, políticas y sociales, pero sin afectar su estructura económica-material en que se sustenta el sistema fundamentado en un tipo de relaciones económicas determinadas por la propiedad privada sobre los medios de la producción, que les permite a las clases dominantes ejercer su dominación y apropiarse de las riquezas derivadas del trabajo de millones de seres humanos.

Es sintomático que dichos líderes al criticar a los gobiernos capitalistas planteen la posibilidad de una “tercera vía”, que según se afirma no es capitalista ni socialista y con la cual se logrará la colaboración entre las diferentes clases y la paz social garantizadas jurídicamente con la construcción de un Estado Social, Democrático y de Derecho, existente en varios países del mundo capitalista globalizado.

A su turno, los grupos radicales de izquierda de estirpe populista o estatista consideran que el futuro de la sociedad pasa necesariamente por una serie de cambios políticos encaminados a lograr ciertas reivindicaciones en el orden económico, político, social, cultural, ambiental y sindical, conjuntamente con la creación de una nueva conciencia social capaz de transformar al ser humano, su modo de vida, su ideología política y social, etc.

Las anteriores concepciones sobre el futuro de la sociedad capitalista resultan por lo demás utópicas e irreales, en tanto que la liberación de los seres humanos de la explotación económica del trabajo, de la discriminación social y de género y de la exclusión política solo será posible en la medida en que se modifiquen de una parte, las condiciones económico materiales en que viven los seres humanos y de la otra, se intensifique la lucha política y social por la conquista del poder del Estado, para desde allí realizar las transformaciones dirigidas a construir una nueva realidad social diferente a la existente que presenta el capitalismo caracterizado por la concentración de la riqueza social en una escala jamás vista, lo que no se debe identificar con la acumulación de medios de producción (edificios, maquinaria, materias primas, tecnología, etc.), los cuales son utilizados para explotar el trabajo de millones de seres humanos en todo el planeta (obreros, campesinos, empleados, profesionales, tecnólogos, etc.), a partir del cual se obtienen inmensas ganancias en medio de la lucha competitiva que libra el capital en el mercado dando lugar a la constitución de grandes monopolios comerciales, industriales, de transporte, de comunicación, financieros, que se fusionan entre sí para dar origen a los grandes trust y carteles del gran capital financiero nacional e internacional.

Dichos monopolios y súper-monopolios se han convertido en exportadores de capital con el cual someten a los países menos desarrollados y atrasados desde el punto de vista industrial y tecnológico y de la economía de los servicios generándose con ello una gran dependencia económica y política de los países menos desarrollados respecto de los más desarrollados.

Con la expansión del capitalismo mundial se intensifican las interrelaciones de la economía y en general del conocimiento, experiencias, tecnologías, intercambio de mercancías y servicios, al tiempo que se incrementa sustancialmente la intercomunicación de las personas por fuera de las fronteras de sus países, fortaleciéndose el proceso de la globalización con todas sus contradicciones y conflictos que surgen en el seno de los países capitalistas, que en su afán de apoderarse de nuevos mercados y territorios generan grandes conflictos y confrontaciones armadas, tal como ocurre en la actualidad con la guerra entre Rusia y Ucrania o la guerra entre Israel y Hamas, que generan grandes tragedias humanas en el seno de sus sociedades. A lo anterior se agregan las tensiones entre Estados Unidos de Norteamérica y China continental relacionadas con el intercambio comercial de bienes y servicios y la apropiación de nuevos mercados para la venta de sus productos, bienes y servicios.

Finalmente, a pesar del inmenso poder económico, político y militar que ha logrado acumular el régimen capitalista, así mismo este ha comenzado a presentar signos de debilidad y deterioro sistemáticos, lo cual no es algo casual ya que obedece al deterioro de las viejas y desuetas relaciones económicas que impiden el crecimiento y desarrollo de las fuerzas económicas de la sociedad. Dicho proceso se ha manifestado cuando en medio de las crisis más profundas y recurrentes del sistema se comienzan a presentar índices cada vez más bajos de crecimiento y desarrollo económico y social, paralelo al aumento del parasitismo de sus clases dominantes que ya no cuentan con la vitalidad para dirigir los asuntos del Estado y de la sociedad, lo cual tiende a extenderse y a intensificarse dando lugar a un proceso de descomposición a todos los niveles de la vida social.

Y de ahí que no compartamos el optimismo del premio Nobel de economía Joseph Stiglitz quien afirma en términos generales -que si bien es cierto que con la globalización se ha concentrado la riqueza social en manos de los súper-monopolios y centralizado el poder en cabeza de los poderosos gobiernos corporativos hay que ser optimistas frente a las posiciones económicas del mundo capitalista que tendrá que ser mas igualitario en la medida en que responda a las necesidades de todos los ciudadanos y no de unos pocos-; afirmaciones estas que poco o nada tienen que ver con la realidad, en tanto que del gran capital financiero nacional e internacional no se puede esperar ningún cambio que tenga por objeto garantizar en la práctica social la igualdad de todos los ciudadanos, al tiempo que el Estado capitalista no representa ni defiende el interés general sino los intereses de las clases dominantes, a quienes les da un trato preferencial desde el punto de vista de sus derechos y libertades, mientras que para el conjunto de los ciudadanos se les proporciona un trato desigual en función de su situación económica y social.

Luz Betty Jiménez De Borrero / Pablo A. Borrero V.

Veeduría Ciudadana por La Democracia y La Convivencia Social

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