Nuestro viaje comenzó por la noche, otro viaje más en autobús nocturno para Nathalie y para mí. Los días anteriores nos habían confirmado que la ruta era segura, así que seguimos adelante con el plan. La prudencia nunca está de más. Palenque era nuestro último destino juntas, después de eso yo me iba hacía el estado de Yucatán y Natalie se iba hacia Chetumal, donde haría un voluntariado en un santuario de animales. Estamos todos separados en ese momento, Juanca, Clemente y Thomas se habían ido hacía Mérida, Julia se había ido hacía Guatemala y Lorena se había vuelto hacía Puerto Escondido.

Recuerdo una conversación que tuvimos antes de esa separación, en la cual Lorena, en el cuarto que compartíamos nos mostró su vulnerabilidad y nos pidió perdón por no ser según ella la mejor versión de sí misma. Que se sentía muy agradecida de habernos encontrado y que no es fácil crear de la nada un grupo de amistades con quien viajar. Contestamos al unísono que no se culpara por eso, que para todos nosotros había sido su mejor versión, aquella con la que habíamos compartido tantas memorias y confesiones. Que esa sensación era suya personal y lejos de nuestra realidad, que ya nos parecía perfecta tal y como se había mostrado ante nosotros. Y lo dijimos de corazón, cuando nos conocimos no sabíamos por qué estaba pasando cada uno, y os aseguro que todos los días no eran los mejores días de nuestras vidas. Que estés viajando no significa que siempre estés bien.  Así que entiendo por lo que estaba pasando, y esas palabras me volvieron a la mente esa noche con Nathalie, que suerte la de haberme encontrado con ella, y que no hubiera sido ni mejor ni peor en otro momento de mi vida porque no lo iba a saber, el que había sido perfecto por el simple hecho de ser.

Llegamos de madrugada, directas a descansar un poco y planear los días siguientes. El hostal era básico pero cómodo, con una terraza con hamacas para socializar y poder disfrutar de los cielos estrellados. Aunque me molestó que te hacían pagar por todo, por el agua para beber que es básico, por el billar, era un hostal muy capitalista. Fuimos a comprar al super, que es una de las cosas que más me gusta hacer en general en mi vida, y más en otros países. Hay gente que viajando nunca cocina, pero a mi me gusta ese momento de seleccionar ingredientes y a fuego lento cocinarlos, es mimarse. De camino al supermercado decidimos donde íbamos a cenar aquella noche, era una noche especial, ya que celebrábamos el treinta cumpleaños de Nathalie.  Nos fuimos a comer una PEDAZO de pizza, con mucho queso, un regalo por y para nosotras, brindando por lo vivido y lo que vendrá.

Al día siguiente, temprano por la mañana, cogimos el autobús hacia el fascinante Parque Nacional de Palenque, donde nos aguardaba una ciudad maya semicubierta por la selva.  La humedad abrazaba nuestra piel, haciéndonos sentir como si estuviéramos envueltas en una manta de vapor, era sofocante. A medida que nos adentrábamos en el parque y caminábamos entre los árboles de la selva, nuestros corazones se llenaban de emoción al vislumbrar las majestuosas ruinas de Palenque emergiendo entre la densa vegetación, hasta que finalmente llegamos a la zona central, donde nos aguadaban los grandes templos. De fondo, el aullido incesante de los monos aulladores. Asustaban.

La arquitectura imponente y los intrincados detalles de los templos y palacios mayas nos transportaron a una época pasada. Al subir las empinadas escaleras de una pirámide, nos detuvimos para apreciar la magnífica vista panorámica de la selva circundante. La grandeza de la civilización maya, visible de forma ínfima, se extendía ante nuestros ojos.

Después, cual Indiana Jones nos fuimos a explorar la selva por nuestra cuenta, íbamos marcando el camino para la vuelta, porque todos los árboles parecerían iguales. Sabíamos que cerca había más ruinas y con suerte quizás podíamos ver monos aulladores. Nos pararon unos guardias forestales y nos hicieron volverlos porque había mucho riesgo de que nos perdiéramos y aunque tenían razón en aquel momento nos enfurruñamos porque no lo veíamos así. Pero os diré que esa selva es peligrosa, no parábamos de decirnos a nosotras mismas, cinco minutos más y volvemos hacía atrás, pero no volvíamos…nos podríamos haber perdido.

Al día siguiente escapamos del calor agobiante de Palenque y nos dirigimos hacia las refrescantes Cascadas de Roberto Barrios. No salen en las guías turísticas, y nos la recomendó Diana, una tatuadora española que estaba en el hostal de San Cristóbal de las Casas.  El colectivo nos dejó en medio del campo, donde había tres o cuatro casas que vivían del campo y desde donde salía el caminito hacía las cascadas. Allí algunas mujeres tejían ropa para vender a los turistas, pero se notaba mucho que el turismo no había pegado como en otros lugares, eran casas muy modestas. Nos adentramos en un sendero angosto y a los pocos metros, primera sorpresa, ¡una doble cascada! Lo más fascinante es que de ahí salían más caminos, y todos ellos te conducían a nuevas cascadas, el río estaba por todos lados, jugando y saltado de roca a roca. Las aguas cristalinas y la vegetación exuberante creaban un escenario natural de ensueño. Nathalie había tenido la magnífica idea de hacerse un tatuaje la semana anterior y no podía bañarse, pero yo disfruté como un niño pequeño. La adrenalina de jugar en un lugar como aquel, me reconectó con mi yo infantil. Si han leído hasta aquí, les recomiendo que un día al mes como mínimo jueguen, corran, salten y no tengan miedo de romperse algo, vuelvan a ser niños por un día.

De repente se puso a llover, entre el caos de recoger, el estruendo de la lluvia, los sonidos de la naturaleza, nuestros ojos se toparon con una escena fascinante: monos araña jugueteaban en los árboles cercanos. Observar a estos primates ágiles y curiosos en su hábitat natural nos recordó la belleza y la diversidad de la vida silvestre que nos rodeaba.

La tormenta de verano, que había comenzado con una lluvia ligera, se intensificó gradualmente. Pero en lugar de refugiarnos, unos cuantos decidimos sumergirnos en el río y dejarnos llevar por la corriente mientras las gotas de lluvia caían sobre nosotros. En ese momento, sentí una conexión profunda con la naturaleza, una sensación de liberación y plenitud. Las cascadas y la lluvia eran una metáfora perfecta de la travesía que estábamos viviendo: desafiando la norma, dejándonos llevar por la corriente y disfrutando de cada instante.

Tras una jornada llena de aventuras, regresamos al hostal donde nos hospedábamos.

Lamentablemente, ese había sido nuestro último día juntas, cada una seguiría su propio camino, explorando nuevos horizontes. Sin embargo, la amistad que habíamos forjado y los recuerdos inolvidables de nuestra travesía por México permanecerían en nuestros corazones para siempre.

Palenque y sus ruinas mayas nos enseñaron la grandeza del pasado, mientras que las cascadas nos recordaron la emoción del presente y la importancia de fluir con el curso de la vida.

Como apunte final quiero comentaros que está previsto para el año que viene que el tren maya empiece a circular, lo que conectará Palenque con otras ciudades de forma rápida y segura y en principio barata. Animaros a ir.

¡Hasta el próximo destino, donde nuevos tesoros nos esperan!

Isabel Ortega Ruiz
Isabel Ortega Ruiz

Estudió derecho en la Universidad Autónoma de Barcelona, Máster en Mediación y Resolución de conflictos en la Universidad de Barcelona, profesional del sector asegurador por 2 años, especializada en propiedad industrial, área donde ha trabajado por 4 años.