Varios de los dirigentes del mundo capitalista globalizado se reunieron para guardar un minuto de silencio por lo sucedido hace 80 años con el lanzamiento de dos bombas atómicas al pueblo japonés por parte del gobierno de los Estados Unidos de Norteamérica en cabeza de Harry Truman, encargado en ese momento de la presidencia de la república y al final de la segunda guerra mundial en 1945, en lo que la historia ha calificado como una acción de guerra desproporcionada y brutal que produjo cientos de miles de muertos y destrucción de las ciudades de Hiroshima y Nagasaki.

Dicho acontecimiento se produjo cuando el poderío militar del imperialismo japonés había sido diezmado por el avance de las fuerzas aliadas, que habían logrado recuperar varios de los territorios ocupados por los invasores japoneses, mientras el gobierno americano se empeñaba en bombardear a la población pacífica de dichas ciudades y no a ciertos objetivos militares, lo cual resultaba absurdo e inhumano. Dicha intervención del gobierno americano perseguía en el fondo acrecentar su poder político, en tanto que desde los círculos más recalcitrantes del gobierno norteamericano se consideraba que con la producción y utilización de la bomba atómica podía expandir su dominación política y militar sobre la población japonesa y del resto del mundo occidental, europeo y asiático.

En Hiroshima después del bombardeo tan solo quedaron “en pie” tres edificios según datos oficiales y, un total de 306.545 victimas entre fallecidos y heridos por efecto de la explosión de las bombas nucleares, esto sin contar con los 80.000 soldados acantonados en las guarniciones respectivas.

La derrota y capitulación de Alemania y posteriormente del Japón que para ese momento era la gran potencia en favor de la continuidad de la guerra, fue finalmente consolidada en el campo de batalla con la participación de la Unión Soviética y de China, cuyos dirigentes consideraban que había llegado la hora de la paz universal contra el imperialismo militarista japonés al que le asentaron una gran derrota que permitió definir el futuro de la guerra con el Japón. Circunstancia ésta que precipitó el fin de la segunda guerra mundial.

La derrota del Japón constituyó un paso muy importante para el avance de las fuerzas políticas y sociales que luchaban por su liberación e independencia contra el nazi-fascismo alemán y el militarismo japonés.

Así mismo, una de las consecuencias que se desprenden de la segunda guerra mundial es que para ese entonces el capitalismo no solo perdió gran parte de su influencia sobre varios países de Europa sino, de sus colonias en Asia y Africa, lo cual se convirtió en un ejemplo de lucha de los pueblos que se enfrentaron al colonialismo en su lucha por la independencia y soberanía en contra de los imperialismos de toda naturaleza.

En la actualidad, cuando el fantasma de la guerra recorre varias regiones del mundo capitalista y los círculos del poder imperial estimulan los conflictos internacionales e intensifican su carrera armamentista y hablan de la posibilidad de una tercera guerra mundial, el papel de las fuerzas políticas, sociales, democráticas y progresistas consiste en derrotar las concepciones fatalistas que consideran la guerra como algo inevitable para resolver los conflictos económicos, políticos, sociales y militares que se producen a nivel local, regional y mundial.

La paz constituye una forma de hacer política por medios pacíficos, en tanto que la guerra constituye una forma de hacer política utilizando para ello la violencia contra los pueblos que luchan por su independencia y autonomía en contra de la esclavitud y la dependencia de sus Estados y naciones.

Luz Betty Jiménez De Borrero / Pablo A. Borrero V.

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