Como informa Google, y sintetizando lo más posible, la capa externa de la Tierra está dividida en grandes bloques de roca en el interior del planeta llamados placas tectónicas, los que se mueven constantemente. Al chocar, rozar o presionarse entre sí, los bordes de estas placas se atoran y acumulan una gran cantidad de presión; cuando esta supera la resistencia de la roca, ocurre una ruptura violenta que libera energía en forma de ondas sísmicas, las que generan una sacudida o vibración brusca de la superficie de la Tierra: un sismo.

         “Antisísmico” es una expresión que describe estructuras, tecnologías o normativas pensadas para soportar los daños causados por un sismo; pero no es una palabra correcta si se considera que los sismos son inevitables. Por eso en ingeniería civil y normativas técnicas (como lo es el reglamento NSR-10 en Colombia) se prefiere el término “sismorresistente” para aquellas construcciones construidas para resistir la fuerza sísmica sin colapsar; es decir su desplome al suelo, y sin causar la caída de partes de la misma o su destrucción, parcial o total.

La sismorresistencia es, entonces, la capacidad de una construcción para soportar los movimientos causados por un sismo sin derrumbarse, y su meta principal es proteger la vida de las personas, ya sea que se encuentren en su interior o en su entorno inmediato. En consecuencia, una edificación sismorresistente puede sufrir algunos daños o grietas causadas por un sismo fuerte, pero evita su colapso: es decir, su destrucción, ruina o total o parcial, como igual la paralización de sus actividades, además causando muertos, heridos y daños a su alrededor.

         Por eso, solo creer que únicamente la estructura de una edificación debe ser sismorresistente es una fatal equivocación, ya que sus fachadas, cerramientos y cubiertas, al caerse, pueden causar daños, muertos y heridos; y lo mismo vale para sus divisiones interiores, aunque en menor grado. Entonces lo pertinente es que la totalidad de la edificación sea sismorresistente y, además, oportunamente evacuable; es decir que cumpla con lo más adecuado, oportuno, o que viene a propósito, para evitar esos daños, muertos, heridos y desaparecidos ya mencionados.

         La sismorresistencia de cualquier edificación comienza por la geología del suelo en el que está implantada, su composición, estructura, dinámica e historia; y, según sea esta, sigue su cimentación; su estructura portante; sus cerramientos, sus cubiertas, y sus divisiones interiores, igualmente importantes, con independencia de que se puedan eliminar, parcial o totalmente, o hacerlas de nuevo en otro sitio. Y las redes de servicios de agua, alcantarillado, energía, gas y comunicaciones, las que por supuesto precisan de su desarrollo técnico.

         La rápida y segura evacuación de las edificaciones por parte de sus muchos y diferentes usuarios, cuando se encuentren en ellas al momento de un sismo, es clave para evitar su muerte, heridas o confinación entre escombros; y no que su ausencia o mal diseño los cause. Contar con suficientes, adecuadas y seguras salidas de emergencia, especialmente las escaleras en los edificios, y disponer de espacios seguros inmediatos a la salida de ellas, se vuelve algo indispensable en las edificaciones sismorresistentes, para que de verdad lo sean.

         Por supuesto todo lo anterior no incumbe solamente a los diversos ingenieros y constructores que intervienen en las edificaciones sino, y en primer lugar, a los arquitectos que las proyectan, los que deben hacerlo considerando su sismorresistencia, pero agregándole estética, y no lo contrario, ocupados solo de sus formas olvidando su vulnerabilidad a los sismos. Arquitectos que deben aprender de la arquitectura tradicional en sitios de alto riesgo sísmico, como también entender bien las normas que deben cumplir las nuevas edificaciones.

Benjamin Barney Caldas

Arquitecto de la Universidad de los Andes con maestría en historia de la Universidad del Valle y especializaciones en la San Buenaventura. Ha sido docente en los Andes y en su Taller Internacional de Cartagena; en Cali en Univalle, la San Buenaventura y la Javeriana, en Armenia en La Gran Colombia, en el ISAD en Chihuahua, y continua siéndolo en la Escuela de arquitectura y diseño, Isthmus, en Panamá. Miembro de la Sociedad Colombiana de Arquitectos, la Sociedad de Mejoras Públicas de Cali y la Fundación Salmona. Escribe en El País desde 1998, y en Caliescribe.com desde 2011.