Los textos litúrgicos del tiempo pascual buscan iluminar el horizonte de la fe cristiana mediante una serie de testimonios veraces y dignos de crédito de quienes confiesan rotundamente: ¡es verdad, el Señor ha resucitado! Son experiencias vivas que, desde diferentes prismas, van descorriendo la cortina de nuestros ojos para abrirlos al mundo trascendente, tan insospechado como enigmático, del más allá de la muerte.
Las dos primeras lecturas recogen el testimonio público de Pedro, portavoz autorizado de los Doce, y su exhortación a vivir acordes con la fe en el Dios que resucitó a Cristo de entre los muertos. El evangelio, por su parte, adentra al lector/oyente en el vivo y encendido testimonio de los dos peregrinos de Emaús.
Testimonios, todos ellos, de la presencia del Resucitado que ponen de manifiesto la actitud confiada y serena con que asumían los cristianos el más allá de la muerte: no amaban tanto su vida, que temieran la muerte (Apc 12, 11).
LECTURAS
– Lectura del libro de los Hechos de los apóstoles 2, 14. 22-33: Exaltado, pues, por la diestra de Dios y habiendo recibido del Padre la promesa del Espíritu Santo, lo ha derramado. Esto es lo que estáis viendo y oyendo
– Salmo 15 R/. Señor, me enseñarás el sendero de la vida
– Lectura de la primera carta del apóstol san Pedro 1, 17-21: “podéis llamar Padre al que juzga imparcialmente según las obras de cada uno, comportaos con temor durante el tiempo de vuestra peregrinación”
+ Lectura del santo evangelio según san Lucas 24, 13-35: Dos de los discípulos de Jesús iban caminando a una aldea llamada Emaús, distante de Jerusalén unos sesenta estadios; iban conversando entre ellos de todo lo que había sucedido. Mientras conversaban y discutían, Jesús en persona se acercó y se puso a caminar con ellos. Pero sus ojos no eran capaces de reconocerlo.
Reflexión del Evangelio de hoy
Ante un relato icónico
Con su habitual tacto pedagógico, san Lucas intenta responder a ciertas dudas e interrogantes que inquietaban a algunos cristianos de finales del siglo primero: después de esta vida, ¿qué? ¿Tiene sentido el paso por este mundo? ¿Hacia dónde dirigimos nuestros pasos? ¿Caminamos, acaso, sin rumbo? Eran cristianos que necesitaban repensar e interiorizar su propio proceso personal en el aprendizaje de la fe que habían profesado y abrazado. ¿Qué mejor motivación para afianzarles en la misma que implicarles en la vivencia de un relato que removiera sus entrañas y fibras más íntimas? Es así como el evangelista logrará hacerles partícipes de la contrastante y sorprendente experiencia de los dos peregrinos.
Siguiendo esta línea de lectura, hay dos expresiones en el mismo que pueden servir de hilo conductor. 1ª) ¡Oh insensatos y tardos de corazón para creer todo lo que dijeron los profetas! Los dos discípulos asumen un duro reproche por su sordera y caso omiso en la escucha de la Palabra de Dios consignada en las Escrituras. 2ª) Entonces se les abrieron los ojos y le reconocieron. Se ven sorprendidos por la inesperada manifestación del Resucitado que les saca del oscuro túnel para contemplar el luminoso horizonte de una vida nueva.
En el espejo del relato
Como los dos caminantes que, tristes y abatidos, volvían a sus casas, no faltaban cristianos que estaban pasando en sus comunidades por situaciones similares. Afectados por múltiples pruebas, bien fuera por problema dentro de la vida comunitaria o por las persecuciones provenientes de fuera, era normal que, en más de una ocasión, sintieran desfallecer en su fe e incluso dudar de la misma. Sabemos, por ejemplo, que allá por los años cincuenta, entre los muchos problemas que hubo de abordar el apóstol Pablo entre los fieles de Corinto, estaba el caso de quienes andaban diciendo que no había resurrección de los muertos. De ser así, les argumentaba el Apóstol, nuestra fe carecería de sentido; más aún, seríamos falsos testigos de Dios al no reconocerle que resucitó a Jesús de entre los muertos; sencillamente, si nuestra esperanza en Cristo no va más allá de esta vida, somos los más desgraciados y miserables de todos los hombres (1 Cor 15).
¿No era ésta precisamente la sensación que llevaban dentro de sí los dos peregrinos, de vuelta a sus casas, desconsolados, frustrados y derrotados? ¿Dónde quedaban sus sueños y expectativas mesiánicas esperando participar de la gloria del reino? La muerte de su Maestro cortaba de raíz la perspectiva de futuro que se habían imaginado.
Fue en el gesto de la partición del pan cuando se les abrieron los ojos y volvió a vibrar su corazón: lo reconocieron; el muerto había vuelto a la vida. Pero muy pronto, la desbordante e incontrolable alegría del encuentro les venía a deparar otra inesperada sorpresa, esta vez teñida de no poca nostalgia: desapareció de su vista. Estaba vivo, era verdad, pero ya no era reconocible a sus ojos de la carne; no podían verle ni tocarle como cuando convivió con ellos. Era el mismo, pero de otra manera; transfigurado por la fuerza del Espíritu, en adelante sólo podrían reconocerlo por los ojos de la fe.
Ese era el Misterio de la fe en que se veían inmersos y envueltos los primeros cristianos cada domingo cuando participaban en la celebración eucarística. También ellos sentían arder el corazón cuando escuchaban las lecturas proféticas. Se cumplía, y así lo experimentaban, el gran designio salvífico de Dios anunciado desde antiguo: tanto amó Dios al mundo, que entregó a su Hijo unigénito para que todo el que crea en él no perezca, sino que tenga vida eterna; una vida en plenitud, más allá de los lazos de la muerte (Jn 3,16; 10,10). Esa era la fe que renovaban en cada celebración como seguidores de Jesús: la fe en la Vida tras las huellas de la muerte. Como los discípulos de Emaús, tenían que recorrer el camino de vuelta afrontando los duros golpes de la vida pero con las mirada puesta en el anhelado encuentro con el Resucitado, el encuentro definitivo y para siempre con el Señor.
El Dios del Amén
El creyente deposita su plena confianza en el Dios fiel a la Alianza sellada con su pueblo y recordada reiteradamente por los profetas: el Dios que siempre cumple. El Dios del Amén, como dirá tan bella y certeramente el profeta Isaías (65,16), caracterizado por su profunda confianza en el Dios de la salvación. El Dios que nos ha dado su última y definitiva Palabra en Jesucristo muerto y resucitado, el que pasó por la vida haciendo el bien sin recurrir a acciones llamativas y espectaculares. El Dios encontradizo y reconocible en la escucha atenta y sincera de su Palabra; en una fe alejada de falsas expectativas e ilusos mesianismos.
Ahora bien, la fe en el Resucitado no clausura la tensión inherente a toda vida cristiana. Más bien, comporta y conlleva una actitud de atenta y diligente atención personal. Implica al creyente en el largo y sinuoso proceso de maduración buscando conformar su vida con los pasos de Cristo Jesús, por si logra alcanzar un día la meta de la resurrección (ver Flp 3, 7-16).
Los cristianos del siglo veintiuno hemos de seguir mirándonos en el espejo de este bellísimo relato de san Lucas a la espera de poder sentarnos un día definitivamente en la mesa redonda del pan compartido, el gesto por el que nos reconocerán como buenos hermanos. Caminamos en la fe, sabedores de que el peregrino desconocido nos acompaña por el camino. Es el Señor dador de la Vida: la presencia de esa mano providente, aunque invisible, que guía y protege; que consuela y levanta el ánimo de los tristes y abatidos; que aabre el horizonte de la esperanza; que resucita en definitiva a los muertos. ¡María, Madre de todos los hombres, enséñanos a decir Amén!