En mi artículo anterior comenté sobre las teorías de las “ventanas rotas” y la “tolerancia cero”. Mis lectores, a quienes les debo la inspiración semanal para escribir, manifestaron la importancia de conocer con mayor detalle cómo las teorías, aplicadas a nivel global, han impactado en la convivencia urbana.
La metáfora de los catedráticos norteamericanos es simple: “Si en un edificio hay una ventana rota y no se repara, los vándalos pronto romperán el resto de las ventanas.” En consecuencia, si el comportamiento y el desorden se manifiestan en desorden y falta de autoridad, lo que permite la impunidad de infracciones menores, esto escala hacia delitos mayores y al fortalecimiento de bandas criminales urbanas.
Indudablemente, el ejemplo más riguroso, sistemático y exitoso es el adoptado en Singapur, no como reacción policiva, sino como política filosófica y conceptual de Estado. Para este modelo sudasiático, es imperativo priorizar el orden social y la seguridad colectiva por encima de las libertades individuales, algo que, lamentablemente, el progresismo condena ideológicamente.
Llevar al extremo la prohibición de masticar chicle, escupir en la calle, cruzar las calles en zonas no peatonales, ensuciar las calles e incomodar con parlantes en alto volumen, fue fundamental para eventualmente desincentivar el crimen. Los infractores de estas infracciones menores no solo son multados, sino que los reincidentes deben usar chalecos fluorescentes como elemento disuasivo de vergüenza pública.
La tolerancia cero en Singapur también se aplica a las élites políticas y empresariales para combatir la corrupción mediante penas de prisión y condenas sociales.   Lamentablemente, en el caso colombiano esto no sucede. No obstante, la existencia de organismos de control fiscal, disciplinario y penal, junto con la inoperancia, la ineficiencia y el amparo político, fomenta la impunidad.
El otro modelo ejemplar fue empleado en Nueva York, por el entonces alcalde Rudolph Giuliani y su jefe de policía William Bratton. Empezaron por lo más simple; arrestando a quienes evaden el pago de la tarifa del transporte masivo, limpieza de parabrisas callejeros no autorizados y pintar grafitis. Curiosamente, los arrestos confirmaron que la mayoría recae en personas con antecedentes penales, quienes, al evadir la justicia por sus antecedentes, fueron sometidas a condenas acumuladas por infracciones menores.
Después de varias décadas de implementar la Tolerancia Cero, estos ejemplos, acompañados de tecnología preventiva como cámaras de vigilancia con reconocimiento facial, confirmaron la reducción de los índices de homicidios y robos. Las megaciudades han adoptado el modelo con éxito.  Sin embargo, el progresismo encontró en organizaciones como Human Rights Watch y Amnistía Internacional una cobertura amenazante hacia los funcionarios y las fuerzas del orden, que protege la criminalidad en contravía de la convivencia ciudadana pacífica.
El debate no puede ser filosófico, ni ideológico, es la política pública de seguridad que debe adoptar el país, extensiva a sus territorios. En pocas semanas, el gobierno de ADLE ha demostrado con contundencia que el Estado no permitirá la impunidad del delito. El alcalde Eder también ha mostrado, por primera vez en su mandato, que la criminalidad y las amenazas contra la población civil y las instalaciones institucionales son, y deben ser, castigadas aplicando con rigor la ley.
Sin titubeos, dudas ni debilidad, la autoridad democráticamente otorgada al gobernante debe imponerse para garantizar la seguridad y la convivencia ciudadana. El bienestar, la seguridad y la tranquilidad de la mayoría silenciosa están por encima de las minorías delictivas.
Guillermo E. Ulloa Tenorio

Economista de la Universidad Jesuita College of the Holy Cross en Estados Unidos, diplomado en alta dirección empresarial INALDE y Universidad de la Sabana. Gerente General INVICALI, INDUSTRIA DE LICORES DEL VALLE, Secretario General de la Alcaldía. Ha ocupado posiciones de alta gerencia en el sector privado financiero y comercial.