Hay preguntas que no buscan información, que no quieren conocer, sino que buscan que quien es preguntado tome una decisión y responda no desde lo que cree conocer, sino desde el corazón y desde su vida. Preguntas que nos sitúan ante nosotros mismos y nos obligan a tomar postura. En el Evangelio de este domingo, Jesús formula una de esas preguntas decisivas: «Y vosotros, ¿quién decís que soy yo?».

No es una cuestión dirigida solo a sus discípulos. Es una pregunta que atraviesa los siglos y llega también a cada creyente. Podemos conocer muchas cosas sobre Jesús, haber oído hablar de Él desde niños, admirar sus enseñanzas o incluso participar activamente en la vida de la Iglesia. Pero llega un momento en que no basta con repetir respuestas aprendidas. Es necesario dar una respuesta personal.

Las lecturas de hoy nos invitan a descubrir que la fe es siempre un don de Dios y una respuesta libre del ser humano. Pedro puede reconocer a Jesús como el Mesías porque el Padre se lo ha revelado. Nosotros también necesitamos abrir el corazón para dejarnos iluminar por Dios y reconocer quién es realmente Cristo en nuestra vida.

Lectura del domingo 23 de agosto del 2026

– Lectura del libro de Isaías 22, 19-23: Lo clavaré como una estaca en un lugar seguro, será un trono de gloria para la estirpe de su padre

– Salmo 137 R/. Señor, tu misericordia es eterna, no abandones la obra de tus manos.

– Lectura de la carta del apóstol san Pablo a los Romanos 11, 33-36: ¡Qué abismo de riqueza, de sabiduría y de conocimiento el de Dios! ¡Qué insondables sus decisiones y qué irrastreables sus caminos!

+ Lectura del santo evangelio según san Mateo 16, 13-20: ¡Bienaventurado tú, Simón, hijo de Jonás!, porque eso no te lo ha revelado ni la carne ni la sangre, sino mi Padre que está en los cielos.

Reflexión del Evangelio de hoy

Una pregunta que no admite respuestas prestadas

Jesús comienza preguntando qué dice la gente sobre Él. Las respuestas son variadas, opiniones respetables, incluso elogiosas. Pero ninguna alcanza el núcleo de su identidad, porque son respuestas dadas por quien habla de oídas y en la lejanía.

Entonces llega la pregunta decisiva: «Y vosotros, ¿quién decís que soy yo?». La diferencia es enorme. Ya no se trata de lo que dicen los demás. Ahora la respuesta es personal. La fe no puede sostenerse únicamente sobre tradiciones heredadas, costumbres familiares o ideas generales. No se puede decir quién es el Señor desde la lejanía. Cada discípulo está llamado a encontrarse personalmente con Cristo, y a confrontarse con esa pregunta.

También nosotros vivimos rodeados de opiniones sobre Jesús. Algunos lo consideran un gran maestro moral. Otros, un personaje histórico admirable. Otros lo reducen a un símbolo espiritual. Pero la pregunta sigue en pie: ¿quién es Jesús para mí? ¿Qué lugar ocupa realmente en mi vida?

La fe es un regalo antes que un mérito

Pedro responde con una confesión admirable: «Tú eres el Mesías, el Hijo del Dios vivo».

Sin embargo, Jesús le recuerda inmediatamente que esa respuesta no nace de su inteligencia ni de sus capacidades: «Eso no te lo ha revelado ni la carne ni la sangre, sino mi Padre que está en los cielos».

La fe es siempre gracia. No es el resultado de un razonamiento perfecto ni la conquista de un esfuerzo humano. Es Dios quien sale a nuestro encuentro y abre nuestros ojos para reconocer a Cristo. La fe atraviesa no sólo la mente y las creencias, sino también el corazón.

Por eso la fe auténtica va unida a la humildad. Nadie puede sentirse propietario de la verdad recibida. Somos creyentes porque Dios ha querido revelarse y porque su Espíritu sigue actuando en nosotros.

La roca es la confesión de fe

La primera lectura presenta la imagen de la llave confiada a Eliaquín. Es un signo de autoridad puesta al servicio del pueblo. En el Evangelio, Jesús entrega a Pedro una misión semejante.

Pero conviene recordar que la firmeza de Pedro no procede de sus cualidades personales. Los Evangelios muestran sus debilidades, sus miedos y hasta sus negaciones. Lo que sostiene a Pedro es la fe en Cristo.

La Iglesia no se construye sobre la perfección de los hombres, sino sobre la confesión de que Jesús es el Mesías y el Hijo de Dios. Esa es la roca que permanece firme a través de los siglos.

También nosotros estamos llamados a edificar nuestra vida sobre esa misma roca. No sobre nuestras seguridades, nuestros éxitos o nuestras fuerzas, sino sobre Cristo.

Un misterio que nos supera

La segunda lectura de la carta a los Romanos concluye con una admirada alabanza: «¡Qué abismo de riqueza, de sabiduría y de conocimiento el de Dios!».

Después de escuchar la confesión de Pedro, podemos caer en la tentación de pensar que ya hemos comprendido a Jesús. Sin embargo, cuanto más nos acercamos a Él, más descubrimos que siempre nos supera.

La fe no consiste en dominar el misterio de Dios, sino en dejarnos abrazar por él. No es poseer todas las respuestas, sino caminar confiados detrás de Aquel que tiene palabras de vida eterna.

Una pregunta para cada día

La pregunta de Jesús no se responde una sola vez. Cada etapa de la vida exige volver a escucharla.

Cuando llegan las dificultades, cuando aparecen dudas, cuando experimentamos la alegría o el sufrimiento, Cristo sigue preguntándonos: «Y vosotros, ¿quién decís que soy yo?».

La respuesta más verdadera no se da únicamente con palabras. Se expresa en la manera de vivir, de amar, de servir, de perdonar y de confiar.

Porque al final, la cuestión no es solo quién es Jesús para nosotros, sino si estamos dispuestos a vivir como discípulos suyos.

¿Quién es realmente Jesús para mí más allá de las respuestas aprendidas? ¿Sobre qué roca estoy construyendo mi vida? ¿Cómo se traduce mi fe en decisiones concretas de cada día?
¿Sigo dejando que Cristo me sorprenda o creo que ya lo conozco suficientemente?

Hector de Los Rios