La imputación criminal de Estados Unidos contra Raúl Castro por el derribo de las avionetas de “Hermanos al Rescate” en 1996 representa mucho más que un episodio judicial. Se trata de un movimiento geopolítico que reabre una de heridas profundas de la relación entre Estados Unidos y Cuba, en un momento de máxima fragilidad económica y política para la isla y simultáneamente, da aliento a más de 3.000.000 de víctimas, que se sintieron ofendidos por ese asesinato en aguas internacionales, según el presidente Clinton.

Washington acusa a Castro de homicidio, conspiración y destrucción de aeronaves por la muerte de las 4  personas, tres de ellas ciudadanos estadounidenses. El secretario de Estado Marco Rubio calificó al líder cubano como “fugitivo de la justicia estadounidense”, aunque evitó confirmar si existirá una operación de captura internacional, pero se ha dado a entender.

La reacción de La Habana fue inmediata. El gobierno cubano denunció la acusación como una acción “canalla” y sostuvo que se trata de una nueva escalada política de Washington destinada a provocar un cambio de régimen. Desde la visión cubana, la ofensiva judicial forma parte de una estrategia histórica de presión, bloqueo económico y aislamiento diplomático, pedida por una comunidad que ganó las elecciones y lo esperaban

El conflicto adquiere una dimensión continental porque varios medios internacionales comparan esta estrategia con la aplicada anteriormente contra Nicolás Maduro. En 2020, Estados Unidos imputó al mandatario venezolano por narcotráfico y años después desarrolló una operación de captura que transformó el equilibrio político regional. Hoy, muchos observadores consideran que Washington intenta repetir el “modelo Venezuela” en Cuba: presión judicial, sanciones, aislamiento financiero y eventual negociación condicionada a reformas políticas.

En este nuevo escenario aparece también Rusia, que anunció respaldo político a Cuba y acusó a Estados Unidos de actuar bajo una lógica de intimidación y hegemonía hemisférica. Moscú interpreta las acciones estadounidenses como una reedición moderna de la Doctrina Monroe, en plena disputa global entre potencias, que son letra muerte, ante la invasión rusa en Ucrania.

América Latina ha cambiado, para unos revive tensiones que parecían superadas tras el fin de la Guerra Fría. Mientras unos defienden la búsqueda de justicia por las víctimas de 1996, otros advierten sobre el peligro de judicializar la política internacional para intervenir gobiernos adversarios y otros hacer justicia.

Cuba sin economía, sin energía, sin liderazgo, sin padrino internacional dispuesto a jugársela, vuelve así al centro del tablero continental, convertida otra vez en símbolo de resistencia para unos y de autoritarismo para otros. Parece que llegará el fin de la dictadura castrista y es una apuesta de Trump, de cara a las elecciones de noviembre. Donde se renovará la cámara, y con 2.9 millones de cubanoamericanos principalmente en la Florida, Texas, New Jersey, California, New York, Nevada y mínimo en 10 estados más, proyectan participar con energía política en esas elecciones

Redacción