La maratón de Cali del 3 de mayo de 2026 estaba lista para su ritual: élites africanas marcando el paso, público en las aceras y el pulso de 42 kilómetros. Pero la imagen que se volvió global no fue la de la meta, sino la caída del keniano Ezra Kipketer Tanui, favorito de la prueba, vencido no por sus rivales, sino por un hueco en la vía.
El tropiezo ocurrió en un tramo del recorrido, a plena vista de cámaras y espectadores. Tanui, en zancada larga, no tuvo opción: los videos demostraron que el asfalto irregular y un bache lo desestabilizaron y terminó en el suelo. La carrera siguió; la noticia local y nacional fue el accidente, y de allí arrancó una película que no se acaba, alimentada por la tardía respuesta oficial. Prefirieron que la bomba creciera y entonces llegó la mentira.
El silencio inicial pesó….
Desde la dirección de la carrera el silencio inicial pesó. Desde la alcaldía, encabezada por Alejandro Eder, enfocado en el evento, las precisiones tardaron lo suficiente para que la opinión pública dictara su propio veredicto. En redes, los videos del punto exacto del accidente un bache evidente, sin señalización ni advertencia se multiplicaron. No tardaron en aparecer más clips: tramos del circuito con deterioro, parches envejecidos y pintura desgastada, en una ciudad con 1.600 kilómetros de vías dañadas, sin que se diga la verdad. Lo preocupante es que el relato se armó solo: una ciudad que invita a correr, pero no termina de preparar el camino.
El relato oficial
El atleta keniano Ezra Kipketer Tanui sufrió una caída el 3 de mayo de 2026 durante la Maratón de Cali, atribuida a un bache en la via publica, generando gran polémica. El corredor, el director de la carrera y el alcalde, tardíamente informaron que la caída, según medico y clínica, fue provocada por un desgarre muscular cerca del kilómetro 35, y no directamente por el estado de la vía
La ciudad perdió el control del relato.
Esa misma noche del domingo, con lluvia incluida, cuadrillas llegaron a “corregir” el hueco. Asfalto fresco, máquinas, reflectores, palas y celulares grabando la urgencia repentina. El mal estado de la vía, y su cráter ignorado durante años, fue resuelto en horas, como si la caída hubiera activado un protocolo secreto. La secuencia caída, silencio, versión dudosa, parche nocturno convirtió la indignación en sátira.
Cuando finalmente llegaron las declaraciones, se habló de protocolos, de cobertura paramédica, médica y clínica, de hechos aislados. Pero la escena ya estaba fijada en la memoria digital: Cheruiyot en el piso, el hueco en primer plano, explicaciones poco creíbles y, horas después, el arreglo exprés bajo la lluvia. La ciudad perdió el control del relato.
$3.500 millones de inversión pública, destruida en un clip…
Cali no solo organizó una maratón con una inversión pública de otros $3.500 millones; exhibió sus grietas. Además, la inscripción para cerca de 20.000 deportistas tuvo un costo promedio de $180.000 por participante, un valor que, en la mayoría de las grandes carreras del mundo —como las de la Media de Bogotá, Maratones de Santiago y Buenos Aires, es precisamente el que permite su autofinanciación, sin necesidad de recursos públicos. Aquí, en cambio, se sumó el cobro a los corredores con la inversión estatal.
En lugar de tiempos y podios, se exportaron dudas sobre la logística y la infraestructura. Porque cuando la vía falla y la comunicación llega tarde, la competencia deja de ser deportiva. Y en esa carrera la más corta y la más viral, el ganad