A la fecha, el balance de Venezuela no es de estabilidad, sino de transición bajo influencia internacional.
Lo ocurrido hoy la reunión entre María Corina Machado y Marco Rubio, confirma que el eje del poder no está únicamente en Caracas, sino también en Washington.
El nuevo escenario político parte de un hecho: la salida de Nicolás Maduro del poder, lo que abrió un vacío que hoy intenta llenar un gobierno de transición encabezado por Delcy Rodríguez.
Pero ese “nuevo gobierno” no ha logrado consolidar legitimidad interna. Sus principales decisiones muestran más contención que transformación.
En lo político, se habla de diálogo y reconciliación. Sin embargo, la oposición liderada por Machado insiste en que no puede haber una transición “controlada por las mismas estructuras”. Esto revela una fractura: transición pactada vs. ruptura real.
En lo económico, la apuesta es ambiciosa. La hoja de ruta impulsada por Machado plantea privatizar el sector petrolero, desmontar el modelo estatal y atraer inversiones con seguridad jurídica. Sin embargo, los inversionistas siguen dudando: el riesgo institucional no ha desaparecido.
En lo internacional, el peso de Estados Unidos es determinante. La reapertura de relaciones, el acompañamiento político y el control del sector energético evidencian que la soberanía venezolana está condicionada.
Y ahí está el punto crítico: Venezuela no ha definido aún quién manda.
La reunión de hoy entre Machado y Rubio no es protocolaria; es estratégica. Define apoyos, tiempos y condiciones de la transición. Y deja una conclusión incómoda: el futuro del país aún se decide más fuera que dentro de sus fronteras.
El balance es claro: hay cambio de poder, pero no todavía un nuevo orden. Hay expectativas económicas, pero sin garantías. Y hay liderazgo emergente, pero aún sin control efectivo del Estado.