Aeropuerto sin doliente: la parálisis que despega el atraso

Lo que ocurre con el Bonilla Aragón no es un simple retraso administrativo: es la radiografía de un Estado descoordinado, sin liderazgo y con señales preocupantes de improvisación.

Desde que la Aeronáutica Civil de Colombia asumió la operación en septiembre de 2025, tras la salida de Aerocali, lo que debía ser una transición ordenada se convirtió en un limbo institucional.

Dieciséis cronogramas incumplidos no son una anécdota: son un síntoma grave. Revelan que ni el Ministerio de Transporte de Colombia ni la Agencia Nacional de Infraestructura tienen hoy control efectivo del proceso. Cambios de funcionarios, reprocesos técnicos y 200 nuevos requerimientos introducidos a última hora configuran un escenario de incertidumbre que espanta cualquier interés serio de inversión.

La contradicción es aún más alarmante: mientras la región exige celeridad en la concesión que proyecta inversiones por $1,5 billones, la Aerocivil anuncia un plan propio por apenas $215.000 millones entre 2026 y 2030.

Esto no solo es insuficiente; es conceptualmente equivocado. Intervenir parcialmente lo que debería estructurarse integralmente desarma la lógica del proyecto, rompe la confianza y envía un mensaje devastador: aquí no hay reglas claras.

Peor aún, las alertas sobre deterioro empiezan a acumularse. Fallas en mantenimiento, dudas sobre la vida útil de la pista, fisuras operativas y servicios básicos interrumpidos no pueden tratarse como “percepciones ciudadanas”. Son riesgos reales en una terminal que moviliza más de seis millones de pasajeros al año. La falta de respuesta a derechos de petición agrava el cuadro: opacidad institucional en un activo estratégico.

Lo que se esperaba era simple: una administración transitoria eficiente y, en paralelo, un proceso serio de concesión. Hoy no hay ni lo uno ni lo otro. Hay, en cambio, una peligrosa combinación de abandono técnico, ruido burocrático y ausencia de voluntad política.

El resultado es claro: el principal aeropuerto del suroccidente colombiano navega sin rumbo. Y cuando un aeropuerto pierde dirección, no solo se afecta la infraestructura; se frena el desarrollo de toda una región.

Redacción