Antes de la procesión del Domingo de Ramos hemos escuchado cómo san Mateo narra la entrada de Jesús en Jerusalén montado en un humilde burro, mostrando su sublime divinidad abajándose infinitamente ante nosotros. Movidos por esa divina humildad, nosotros aclamamos y seguimos a Jesús llevando nuestro ramo.
La primera lectura de la Eucaristía es una parte del tercer Canto del Siervo, que Dios inspiró a Isaías para anunciar, unos 570 años atrás, estando deportado en Babilonia, que Dios no sólo les liberará a ellos, sino a toda la humanidad, por medio de Jesús, su Siervo.
El Salmo 21 va en consonancia con los cuatro Cantos del Siervo, pues el salmista se siente perseguido y maltratado por un grupo de malvados. Pero se puso en manos de Dios, y Él le socorrió.
En el Cántico de Filipenses san Pablo nos ayuda a tomar conciencia de lo que vamos a vivir en Semana Santa: el mismísimo Hijo de Dios se humilló hasta someterse a una brutal muerte de Cruz, tras lo cual el Padre lo ensalzó por encima de todo lo existente. Ante ello, nosotros debemos arrodillarnos interiormente con suma humildad, admiración y agradecimiento.
Por último, a modo de visión panorámica de lo que vamos a vivir el Jueves y el Viernes Santos, escuchamos la Pasión de Nuestro Señor Jesucristo según san Mateo, desde la institución de la Eucaristía hasta el entierro del Crucificado. Escuchando esta larga lectura con devoción, la Iglesia nos brinda la oportunidad de acompañar interiormente a Jesús, el Hijo de Dios, en esos intensos momentos que fueron cruciales en la Historia de la Salvación.
Lecturas
– Lectura del libro de Isaías 50, 4-7: El Señor Dios me ha dado una lengua de discípulo; para saber decir al abatido una palabra de aliento.
– Salmo 21 R/. Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?
– Lectura de la carta del apóstol san Pablo a los Filipenses 2, 6-11: Cristo Jesús, siendo de condición divina, no retuvo ávidamente el ser igual a Dios; al contrario, se despojó de sí mismo tomando la condición de esclavo, hecho semejante a los hombres.
+ Pasión de nuestro Señor Jesucristo según San Mateo 26, 14 – 27, 66: En aquel tiempo, uno de los Doce, llamado Judas Iscariote, fue a los sumos sacerdotes y les propuso: ¿Qué estáis dispuestos a darme si os lo entrego?
Reflexión del Evangelio de hoy
Montado en una borrica
Según los historiadores, hoy hacemos memoria de lo que, en realidad, fue la otra entrada a Jerusalén. Porque, a ojos de los romanos, la principal entrada a aquella ciudad era la que hacía el gobernador todos los años, días antes de las fiestas de Pascua, para hacerse con el control de Jerusalén, pues ésta se llenaba de peregrinos y siempre había peligro de alguna insurrección o algún tumulto. Pilatos, que era por entonces el gobernador, entraba mostrando su autoridad (con lujosos carruajes y bellas vestimentas) y su poder (escoltado por numerosos legionarios romanos). Eso suscitaba miedo y repulsa entre el pueblo.
Sin embargo, los evangelistas nos dicen que la otra entrada, la de Jesús, fue muy diferente, pues iba humildemente montado en un burro y la gente le aclamó con alegría. Pero sabemos que pronto todo aquel ambiente festivo cambió radicalmente. Porque el Padre, deseando la salvación del género humano, quiso que su Hijo, como un manso cordero, fuera llevado a la Cruz para morir por todos nosotros derramando hasta la última gota de su Amor.
“Yo no resistí ni me eché atrás. Ofrecí la espalda a los que me golpeaban”
Curiosamente, quien mejor describe aquella durísima vivencia de Jesús, como manso cordero que va al matadero, es Isaías, a quien el Espíritu Santo inspiró los cuatro Cantos del Siervo. A lo largo de la Semana Santa los vamos a escuchar, pues la Iglesia ha identificado al Siervo con Jesús caminando hacia su pasión y muerte. Hoy hemos oído una parte del tercer canto, mañana lunes escucharemos el primero, el martes el segundo, el miércoles volveremos a oír el tercero, pero entero, y el Viernes Santo escucharemos el cuarto canto, que es el más largo y el que más gráficamente hace referencia a la pasión del Señor.
Los Cantos del Siervo muestran con gran lujo de detalles la penosa experiencia de la pasión de Nuestro Señor. Si hoy hemos escuchado cómo entra en Jerusalén entre vítores y alabanzas, rodeado de un pueblo que le aclama lleno de júbilo, los Cantos del Siervo nos narran la durísima experiencia que Jesús vivió desde que fue prendido en el Huerto de los Olivos hasta que fue crucificado en el Gólgota.
Si en esta Semana Santa, en lugar de limitarnos a escucharlos pasivamente, nos esforzamos en meditarlos, podemos realizar un enriquecedor ejercicio espiritual reflexionando qué es lo que Jesús nos transmite por medio de ellos. Porque estos cantos nos invitan a dialogar interiormente con Él. ¿Qué nos dice a cada uno de nosotros? ¿Y qué querríamos decirle? Este profundo diálogo nos llevará a la contemplación de Jesús en la Cruz y experimentaremos ‒de algún modo‒ su Amor misericordioso.
“Se humilló a sí mismo, hecho obediente hasta la muerte, y una muerte de cruz”
Podemos hacer este ejercicio interiormente, contemplando con nuestra imaginación la pasión del Señor, o podemos contemplar físicamente un crucifijo. También podemos realizar este ejercicio espiritual participando en una procesión, o contemplándola con sumo recogimiento. Sea como sea, la Iglesia nos anima acompañar al sufriente Hijo de Dios en lo más hondo de nuestra alma. Unámonos interiormente a Él, movidos por el poso de devoción que nos han dejado los Cantos del Siervo.
Este ejercicio espiritual nos ayudará a tomar conciencia de lo que san Pablo nos comunica en su Cántico de Filipenses: de cómo Jesús, siendo Dios y gozando de la felicidad celestial, por el cariño que nos tiene a cada uno de nosotros, se despojó de su rango divino y pasó por este mundo como un ser humano normal y corriente (salvo en el pecado). A lo largo de la Semana Santa podemos meditar cómo el Hijo de Dios, por puro Amor misericordioso, se va rebajando más y más, dejándose conducir, como un humilde cordero, al suplicio de la Cruz, donde morirá exponiendo su cuerpo atormentado a la vista de todos. Un cuerpo que, inánime, será enterrado, pero que, lleno de gloria, resucitará al tercer día.
Pasión de nuestro Señor Jesucristo
Realizando este sencillo ejercicio espiritual a lo largo de la Semana Santa, Jesús, desde lo hondo de nuestra alma, nos ayudará a dar sentido a nuestra vida, porque nos llenará con su Amor misericordioso. De ese modo, nos introducirá ‒de algún modo‒ en su Sagrado Corazón y, llegada la Pascua, experimentaremos comunitariamente, junto a Él, su resurrección.
Que la celebración de este Domingo de Ramos nos ayude a vivir intensamente durante esta Semana Santa la pasión, muerte y resurrección del Señor, dejando mansamente que Él nos una más a su Sagrado Corazón, transformándonos espiritualmente.