El nuevo presidente José Antonio Kast recibía la banda presidencial en un Congreso repleto de mandatarios internacionales. Chile vuelve a dar una lección a la región: la alternancia en el poder se realiza con normalidad institucional, con fuerzas armadas desplegadas en orden y con una ciudadanía que, más allá de las diferencias políticas, respeta los resultados de las urnas. Este contraste entre la solemnidad del traspaso de mando y la complejidad de los desafíos que vienen resume el momento que enfrenta el flamante mandatario: instalar un gobierno de emergencia en un país institucionalmente sólido, pero socialmente demandante, y en un contexto mundial que se complejiza a velocidad vertiginosa.

Kast asume con una hoja de ruta clara para sus primeros 90 días. Ha prometido “mano dura” contra la inmigración ilegal con el “Plan Escudo Fronterizo”, que incluye declarar zona militar el paso con Bolivia y la construcción de barreras físicas. En seguridad, busca endurecer penas y dotar de más recursos a las policías para enfrentar el avance del crimen organizado, una preocupación real que ya no distingue fronteras en Sudamérica.

Pero, es en el ámbito económico donde el nuevo gobierno recibe no solo un desafío, sino también un voto de confianza explícito por parte del sector privado y los empresarios. La llegada de Kast ha sido interpretada por los mercados y los gremios como una señal de estabilidad y de retorno a políticas pro- crecimiento. El mundo empresarial ve con buenos ojos un gobierno que promete reducir el gasto público, simplificar la tramitología y generar certeza jurídica, elementos que consideran clave para nuevas inversiones. Para el recién electo presidente, este apoyo del empresariado es fundamental: significa que los principales actores económicos están alineados con su diagnóstico y dispuestos a colaborar para reactivar la economía. Sin embargo, lo anterior viene con una condición implícita: la exigencia de resultados. El sector productivo espera que el ambicioso recorte del gasto público en 6.000 millones de dólares se gestione con inteligencia.

El principal desafío para la gobernabilidad de Kast no proviene de las calles, que han demostrado un respeto ejemplar por el proceso democrático, sino de las altísimas expectativas que él mismo generó durante la campaña. Su gabinete, compuesto en buena medida por independientes y técnicos con poca experiencia política, deberá justificar el concepto de “emergencia” con resultados visibles e inmediatos. Si las medidas de seguridad tardan en mostrar efecto o si el ajuste económico golpea a los sectores más vulnerables sin que se perciba aún la reactivación prometida por la alianza con los privados, el desgaste podría llegar antes de lo previsto, especialmente en un Congreso donde no tiene mayoría y deberá negociar cada iniciativa.

Pero el desafío más complejo de Kast probablemente no estará en La Moneda, sino en la tensión geopolítica que define la era. El nuevo presidente llega al poder justo cuando Estados Unidos, bajo la administración Trump, ha decidido reactivar su influencia en la región, exigiendo a Latinoamérica que defina alianzas. La reciente imposición de visas a funcionarios chilenos por un proyecto de cable submarino con China es una advertencia directa: Washington no tolerará la ambigüedad estratégica.

Chile, cuyo principal socio comercial es China, queda atrapado entre dos gigantes. Kast, un aliado natural de Trump y Javier Milei, deberá demostrar si es capaz de hacer el difícil equilibrio que su antecesor no logró: mantener la alianza con Estados Unidos sin sacrificar la relación comercial con Pekín. Su éxito en esta cuerda floja definirá la estabilidad económica de un país que depende del cobre, el litio y la inversión extranjera. En esta tarea, el apoyo del empresariado será nuevamente crucial, pues serán ellos los llamados a diversificar mercados y a innovar para mantener la competitividad en un tablero global fragmentado.

En este escenario, ¿qué posibilidades tiene Chile de mantener la paz social en comparación con sus vecinos? Muchas, y precisamente por la fortaleza institucional que acaba de demostrar con este traspaso de mando. Mientras Perú sigue en su crisis política, Argentina navega una tormenta económica y Ecuador combate al narcotráfico con el país militarizado, Chile conserva ventajas comparativas invaluables: una economía más diversificada, niveles de violencia contenida (aunque en aumento) y, sobre todo, un Estado que funciona y unas fuerzas armadas profesionalizadas que no intervienen en política.

Sin embargo, esa ventaja no es algo seguro, sino una posibilidad que depende de las decisiones de Kast. La paz social no se construye solo con decretos de emergencia y promesas de orden. Dependerá de su habilidad para sortear la tormenta global sin naufragar en las aguas de la polarización política, y de su capacidad para traducir la confianza del empresariado y la solidez institucional heredada en bienestar concreto para todos los chilenos. El timón lo dirige la derecha, el sector privado sopla a favor, pero  el mar no está calmo, pero al menos el barco chileno navega con instituciones firmes, algo que muchos en la región ya envidian.

Juan Luis Carter