En Cali la principal pérdida de estudiantes no ocurre dentro de las universidades sino antes de llegar a ellas. El paso entre el colegio y la educación superior se ha convertido en el punto donde más jóvenes abandonan el sistema educativo. Las cifras muestran que solo 38 de cada 100 estudiantes que terminan grado once ingresan a programas universitarios, técnicos o tecnológicos en el año siguiente a su graduación. Esto significa que cerca del 62 por ciento de los bachilleres no continúa estudios formales después del colegio.
El dato cambia la forma tradicional de analizar la educación en la ciudad. Durante años el debate se concentró en la deserción universitaria, pero el problema mayor aparece antes del ingreso. Cali gradúa jóvenes que no logran dar el siguiente paso educativo, lo que genera un vacío en formación profesional y en oportunidades laborales futuras.
La trayectoria educativa funciona como un embudo. La mayoría de estudiantes inicia la secundaria y una proporción cercana al 94 por ciento logra llegar hasta grado once. Sin embargo, al momento de ingresar a educación superior se produce una reducción abrupta. Miles de jóvenes quedan fuera del sistema cada año y pasan directamente a buscar empleo, a la informalidad o a periodos prolongados sin estudio ni trabajo estable.
Las razones del fenómeno son múltiples y acumulativas. El factor económico sigue siendo determinante. Muchas familias no cuentan con recursos suficientes para asumir matrículas, transporte, sostenimiento o materiales académicos. Aunque existen programas de apoyo y créditos educativos, una parte importante de los estudiantes no logra acceder a ellos o teme endeudarse sin garantía de empleo posterior.
También influye la preparación académica con la que los jóvenes terminan el colegio. Universidades y centros de formación señalan brechas en lectura, matemáticas y competencias básicas que dificultan el ingreso o la permanencia inicial. Esto provoca que algunos estudiantes no presenten procesos de admisión o abandonen la idea de continuar estudios antes de intentarlo.
Otro elemento es la necesidad de trabajar de forma temprana. En muchos hogares el ingreso del joven al mercado laboral se vuelve prioritario frente a la continuidad educativa. La transición entre estudio y empleo no está organizada como un proceso complementario sino como decisiones excluyentes. El resultado es que estudiar se percibe como un costo inmediato mientras trabajar representa una solución urgente.
A esto se suma la falta de orientación vocacional durante la educación media. Muchos estudiantes terminan el colegio sin información suficiente sobre opciones técnicas, tecnológicas o universitarias, costos reales, duración de programas o posibilidades laborales. La educación superior continúa asociándose únicamente con carreras universitarias tradicionales, dejando por fuera alternativas intermedias que podrían facilitar la continuidad educativa.
El impacto no se limita al ámbito académico. La reducción del número de jóvenes que acceden a educación superior afecta la productividad futura de la ciudad. Menos formación implica menor disponibilidad de talento calificado, menor capacidad de innovación y mayores niveles de empleo informal. En términos económicos, la transición educativa se relaciona directamente con el crecimiento urbano y la competitividad regional.
Cali enfrenta además una paradoja. La ciudad cuenta con universidades, instituciones tecnológicas y centros de formación suficientes para ampliar cobertura, pero la conexión entre colegios y educación superior sigue siendo débil. No existe un sistema continuo que acompañe al estudiante desde los últimos años escolares hasta su ingreso efectivo a programas de formación posterior.
Expertos en educación señalan que el reto principal no consiste solo en crear más cupos universitarios. El problema está en construir rutas claras de continuidad educativa. Esto incluye fortalecer la educación media, mejorar la articulación con programas técnicos y tecnológicos, generar modelos de estudio combinados con empleo y ofrecer información temprana sobre opciones de formación.
La transición entre colegio y educación superior se convierte así en un indicador clave para entender el desarrollo social de Cali. Cada cohorte de bachilleres que no continúa estudiando representa una reducción en capital humano disponible para el futuro de la ciudad. El fenómeno no es visible en estadísticas tradicionales de deserción universitaria, pero tiene efectos acumulativos en el tiempo.
El análisis muestra que Cali no pierde primero estudiantes dentro de las aulas universitarias. Los pierde en el momento en que terminan el colegio. Allí se produce la mayor ruptura del sistema educativo. Resolver este punto implicaría aumentar el acceso a formación superior, mejorar oportunidades laborales y reducir brechas sociales que se amplían cuando la educación se detiene de manera temprana.
El desafío consiste en convertir el final del bachillerato en una transición automática hacia nuevas etapas de formación. Mientras esto no ocurra, la ciudad seguirá graduando jóvenes que quedan fuera del sistema educativo justo cuando deberían iniciar su proceso de especialización y desarrollo profesional.
