Durante años, el teléfono fue un canal confiable. Una llamada entrante significaba trabajo, familia, una urgencia real. Hoy, en Colombia, contestar un número desconocido se ha convertido en un acto de desconfianza. No es exageración. Es rutina diaria.

Las llamadas de spam no existen por error ni por descuido tecnológico. Existen porque son rentables. Detrás de cada timbrazo hay un modelo que se sostiene en volumen, repetición y una tasa mínima de éxito. No necesitan convencer a todos. Basta con que algunos respondan. El resto es insistencia.

En Colombia, el fenómeno creció al ritmo de la digitalización comercial. Formularios, registros, sorteos, compras en línea y bases de datos que circulan sin mayor control alimentaron un mercado donde el número telefónico dejó de ser un dato personal para convertirse en mercancía. Una vez expuesto, el número puede reutilizarse y revenderse durante años.

La tecnología hace el resto. Las llamadas ya no llegan desde números evidentes o internacionales. Aparecen con prefijos locales, líneas móviles comunes, incluso números que parecen pertenecer a la misma ciudad del receptor. Esa cercanía no es casual. Está diseñada para generar confianza inicial y aumentar la probabilidad de respuesta. No es improvisación. Es estrategia.

Ante la presión ciudadana, el Estado intervino. En 2023 fue sancionada la Ley 2300, conocida como “Dejen de Fregar”, durante el gobierno de Gustavo Petro. La norma buscó poner límites claros a los contactos comerciales y de cobranza, regulando horarios, canales y frecuencia. No fue un anuncio simbólico. Fue una respuesta concreta a un problema cotidiano.

Un año después, en abril de 2024, la Comisión de Regulación de Comunicaciones amplió el alcance del Registro de Números Excluidos. Desde entonces, los ciudadanos pueden inscribirse para dejar de recibir llamadas y mensajes comerciales por distintos canales. En el papel, el avance es significativo. En la práctica, el impacto es desigual.

¿Por qué, pese a la ley, las llamadas continúan? Porque la regulación golpea solo una parte del problema. Las empresas formales pueden ser obligadas a respetar el registro y los horarios. El spam fraudulento, en cambio, opera por fuera del radar. Rota números, utiliza intermediarios y se mueve con rapidez. El modelo sobrevive incluso con una tasa de éxito mínima.

Además, la aplicación de la norma depende de vigilancia, denuncias y sanciones posteriores. El sistema reacciona, pero no previene. La llamada entra. El daño ocurre. El usuario reclama después, si decide hacerlo.

En ese vacío, la carga vuelve a recaer sobre el ciudadano. Bloquear números, instalar filtros, silenciar llamadas desconocidas. Defenderse como pueda. El mensaje implícito es claro: la protección es individual, no estructural.

El resultado es un cambio profundo en el comportamiento cotidiano. El teléfono dejó de convocar. Interrumpe. Dejó de alertar. Molesta. Muchas personas ya no contestan llamadas que no reconocen, aun sabiendo que podrían perder una comunicación legítima, médica o laboral. La confianza se rompió.

Mientras tanto, el negocio sigue funcionando. No necesita rostro ni legitimidad social. Solo necesita que el sistema permita insistir. Y todavía lo permite.

Las llamadas de spam no son una simple molestia moderna. Son el síntoma de una falla más amplia en la protección del usuario dentro del ecosistema digital. Una brecha entre regulación, tecnología y experiencia real. El teléfono sigue sonando. La diferencia es que ahora nadie sabe si debe contestar.

 

Nicolás Patiño Collazos

Experto en diseño, desarrollo, implementación proyectos multimedia (Producción de contenidos digitales visuales, sonoros y comunicativos para múltiples plataformas)