Ramiro Varela M y Nicolás Patiño C

La historia de cada país está marcada por momentos en los que una generación decide no heredar resignadamente los problemas que recibió. Colombia está llegando a ese punto. Después de décadas de desigualdad, pobreza persistente, corrupción estructural y un sistema político que no se moderniza, la irrupción de la Generación Z, jóvenes menores de 30 años y mayores de 15, que suman más de 10 millones de ciudadanos, puede convertirse en la fuerza transformadora más importante del siglo XXI para el país.

La realidad que recibe esta generación es dura. Colombia tiene un PIB per cápita inferior a US$7.000, propio de economías rezagadas, mientras países como Chile lo duplican, Costa Rica lo quintuplica y España lo quintuplica ampliamente. Esta brecha no es solo un indicador económico: es una expresión de la desigualdad histórica, en pobreza, miseria y que marca las oportunidades según el lugar de nacimiento, el colegio al que se accede y la capacidad de pagar estudios superiores.

A esto se suma la crisis reciente del Icetex, que ha dejado a más de un ciento de mil de jóvenes sin matrícula universitaria, especialmente a quienes dependen de instituciones privadas para su formación. En un país donde la educación no ha logrado ser verdaderamente universal ni competitiva, negar el acceso a la universidad es cerrar las puertas al desarrollo. Es perpetuar un modelo donde el ascenso social es una excepción, no un camino abierto.

Sin embargo, estos problemas, aunque graves, no son la raíz del estancamiento colombiano. Detrás de la desigualdad y de la falta de oportunidades hay un factor común: un sistema político corroído por la corrupción, con prácticas enquistadas desde el nivel municipal hasta el nacional. Concejos que operan bajo lógicas clientelistas; gobernaciones presionadas por intereses privados; un Congreso que negocia más cuotas que reformas; y una nación que parece prisionera de sus propias instituciones. Diversos estudios estiman que la corrupción, ineficiencia y malversación puede consumir cerca del 50% de los recursos públicos, un daño que ningún país puede soportar sin sacrificar su futuro.

Por eso, hablar de la Generación Z con ejemplos internacionales: es una urgencia histórica. Este grupo poblacional tiene una ventaja fundamental: no nació dentro del sistema político tradicional, no está marcado por décadas de pactos, compromisos, favores, miedos o dependencias. Creció en un mundo más conectado, más informado y, sobre todo, menos dispuesto a aceptar la corrupción como algo inevitable. Es una generación que ve las prácticas políticas actuales como inaceptables, no como parte del orden natural de las cosas.

Pero su poder no radica únicamente en su tamaño demográfico, aunque 10 millones de jóvenes pueden decidir cualquier elección, sino en su capacidad para cambiar las reglas del juego, porque la gran mayoría hacer parte de la abstención. La Generación Z puede introducir temas que históricamente no fueron prioridad: innovación, transparencia digital, educación como inversión pública estratégica, emprendimiento, sostenibilidad, salud mental, derechos civiles, movilidad social, control ciudadano permanente. Puede ser la fuerza que impulse la transición hacia un país donde la política deje de ser un botín y sea un servicio público.

Para lograrlo, estos jóvenes deben dar un paso al frente en los temas públicos. No basta con indignarse en redes sociales: se necesita participación real. Trabajar, organizarse, fiscalizar, crear movimientos cívicos, votar, entrar a los concejos, disputar alcaldías, exigir cuentas, romper los círculos de silencio. La política seguirá siendo capturada mientras las nuevas generaciones la vean como algo ajeno o corrupto por naturaleza. El vacío siempre será llenado por otros.

Colombia, el Valle y Cali necesitan que su Generación Z decida que el futuro no será impuesto por un sistema obsoleto y corrupto, sino construido por manos nuevas. Si este grupo se moviliza, si asume su papel histórico, el país y la ciudad, pueden romper ciclos que llevan más de medio siglo repitiéndose. La transformación no vendrá de los mismos actores de siempre y ya quedó claro que no vendrá de arriba hacia abajo. Vendrá de jóvenes que entiendan que este país y la ciudad, les pertenece y que su voz puede ser más poderosa que la inercia.

Nicolás Patiño Collazos

Experto en diseño, desarrollo, implementación proyectos multimedia (Producción de contenidos digitales visuales, sonoros y comunicativos para múltiples plataformas)