Corría el año 1925. Pio XI, inquieto por el creciente laicismo cultural y con el deseo de que el mundo, reconociendo la soberanía de Jesús, pudiese disfrutar la libertad, la tranquilidad, la paz y la concordia, instituyó esta fiesta que comenzó llamándose de Cristo Rey y que en la reforma litúrgica del Concilio Vaticano II pasó a ser de Jesucristo Rey del Universo.

Celebramos esta solemnidad como creyentes, evitando interpretaciones seculares y políticas, frecuentemente cargadas de nostalgia fundamentalista, que en ocasiones se han dado entre nosotros. Jesús no es un rey más en la larga galería de los poderosos de la historia. Por eso, despistan y sobran los cetros y las coronas con que hemos adornado sus imágenes. Tampoco la Iglesia es ya el Reino, que se codee con otros poderes del mundo.

La realeza o soberanía de Jesús es un hecho espiritual, aunque no espiritualista. Su Reino no es de este mundo, pero tiene que ver con este mundo: no es un Reino construido por los humanos, sino regalado por Dios, no es un Reino de poder sino un Reino de servicio, no es un Reino de confrontaciones sino un Reino de fraternidad, no es un Reino de exclusiones sino un Reino de amor.

Festejamos a Jesús en quien ya se ha realizado el Reino al que el Padre nos ha incorporado amorosa y gratuitamente. Esto nos compromete, aquí y ahora, a modelar nuestras realidades personales y sociales en conformidad con su proyecto y sus valores. Y a esperarlo como realización plena de nuestro destino en su Paraíso.

– Lectura del segundo libro de Samuel 5,1-3: Hueso tuyo y carne tuya somos. Desde hace tiempo, cuando Saúl reinaba sobre nosotros, eras tú el que dirigía las salidas y entradas de Israel.

– Salmo 121 R/. Vamos alegres a la casa del Señor

– Lectura de la carta del apóstol san Pablo a los Colosenses 1,12-20: Él es imagen del Dios invisible, primogénito de toda criatura; porque en él fueron creadas todas las cosas: celestes y terrestres, visibles e invisibles.

+ Lectura del santo evangelio según san Lucas 23,35-43: «A otros ha salvado; que se salve a sí mismo, si él es el Mesías de Dios, el Elegido»

Reflexión del Evangelio de hoy

Dios nos ha trasladado al Reino de su Hijo querido

Ciertamente, Jesús es Rey, pero no de cualquier reino, sino del Reino de Dios.  Comenzó su predicación en Galilea anunciando que el Reino de Dios estaba cerca (Mt 4,17), que ha llegado a nosotros (Lc 11,20), que está dentro de nosotros (Lc 17,21). El Reino fue el eje de su predicación, del que da signos con sus milagros, y es lo que sustentará su vida y misión.  Jesús no se anuncia a sí mismo, sino al Reino de Dios.

Ese Reino, que viene de Dios, no es un reducto ajeno ni separado de la vida cotidiana. Lo que Jesús anuncia, y lo que Él mismo es, es el proyecto de Dios para la vida de la humanidad, para trasformar una historia de desencuentros y desdichas en historia de salvación. Es un proyecto que se dirije a todos y que va siendo acogido por los seguidores de Jesús, ese pequeño rebaño al que el Padre se lo ha regalado (Lc 12,32).

Vivir en el Reino es vivir la vida de cada día con el espíritu de Jesús: en intimidad con el Padre y sirviendo a los hermanos, particularmente a los que el mundo desprecia o presta menos atención: los pobres, hambrientos, forasteros, desnudos, enfermos y encarcelados (Mt 25, 31-46). 

Un Reino que no es de este mundo, pero tiene que ver con este mundo

En diálogo con Pilato, Jesús declaró que su Reino no era de este mundo. No quería competir con otros reyes o emperadores. No disponía de un ejército con el que hacerse respetar y que, llegado el caso, le pudiera defender (Jn 18, 36). Tampoco había cedido al populismo enardecido de quienes querían hacerle rey (Jn 6,15). Sólo acepta ser llamado Rey cuando esto equivale a ser testigo de la verdad (Jn 18,37). Y no pudo sino sobrellevar ese título cuando fue escrito como causa de su condena (Mt 27,37).

El Reino, es un don, una gracia de Dios, pero no una gracia barata (D. Bonhoeffer): es también para nosotros una responsabilidad. Porque el Reino, que no es de este mundo, tiene que ver con este mundo: Jesús presenta actitudes y valores que transforman a las personas y sus relaciones, y que suponen una crítica de las instituciones. El Reino es una dimensión religiosa y profética, pero conlleva una crítica a la cultura cuando se construye a espaldas de las personas, a la política cuando no sirve a los ciudadanos, y a la economía que, como nos recordó Francisco, puede matar y, de hecho, mata.

Por eso, “se ha dicho, con razón, que con el Sermón del Monte sólo no se puede hacer política; pero hay que añadir que sin el Sermón del Monte no hay politica humana” (Rafael Aguirre).

El Reino no es una ideología, ni un programa político, sino algo más profundo y transformador: un conjunto de actitudes que cambian los corazones, despojándonos de las obras del hombre viejo y revistiéndonos del hombre nuevo, de entrañas de misericordia, de bondad,  humildad, mansedumbre, paciencia, apoyo mutuo, capacidad de recibir y otorgar el perdón, y sobre todo, revestiéndonos del amor, que es el vínculo de la perfección (Col 3, 9-14).

Nuestro trabajo por el Reino será un trabajo paciente, como el lento crecer de la semilla hasta convertirse en árbol frondoso (Mt 13,31-32), aunque sin perder la fe y la esperanza en la bondad del trigo al que no ahoga la cizaña (Mt. 13, 24-30).  

Un Reino que trasciende a este mundo

El Reino, que es don de Dios, está ya en nosotros, en este mundo, y al mismo tiempo lo trasciende. Acostumbrados al tiempo y al espacio, no podemos olvidar que nuestra vida va más allá. Al menos en la Eucaristía semanal,  los cristianos confesamos nuestra fe en “la resurrección de la carne y la vida eterna”. No es retórica piadosa. Es la más profunda verdad de nuestro ser y nuestro destino. La respuesta de Jesús al buen ladrón que agonizaba junto a Él nos desvela algo sobre nuestra suerte al otro lado de la muerte: no nos espera el vacío de la nada, ni la disolución de nuestra persona en el cosmos, sino el encuentro gozoso con Jesús en el paraíso.

El evangelio afronta así uno de los grandes temores de la humanidad: la muerte, que nuestra cultura maquilla y disimula y que hoy algunos científicos y poderosos pretenden dilatar en el tiempo, es una experiencia universal que los creyentes no entendemos como pérdida, sino como encuentro y plenitud. La interpretación cristiana de la muerte dignifica la vida y la llena de sentido. Vivir conscientes de que vamos a morir no nos sumerge en la angustia y en el miedo, sino que nos asienta en el bien vivir y en la esperanza de un futuro feliz y sin término.

Damos gracias al Padre por habernos trasladado a este Reino del que Jesús es Rey, el Reino de la vida y del amor, para que nuestra vida, aquí y allá, sea plena y gozosa.

Para seguir reflexionando

Jesús nos enseñó a pedir al Padre que venga a nosotros su Reino ¿Significa esto algo para nuestra vida cotidiana?

¿A qué me siento convocado cuando escucho que el Reino de Dios no es de este mundo, pero tiene que ver con este mundo?

¿Cómo afronto mi muerte? ¿Será un deslizarse hacia la nada? ¿Será solo el inevitable final de una vida amada? ¿Tenemos la esperanza cierta de llegar a estar con Jesús en su paraíso?

Hector de Los Rios