Para la conmemoración del IV centenario de la fundación de Santiago de Cali se sembraron cerca de 170.000 árboles, especialmente cadmias con su deliciosa fragancia y tulipanes africanos con sus hermosas flores rojas, cuyas semillas enviaba desde el Brasil el doctor Ciro Molina Garcés a mi padre y que con gran diligencia sembraba el Inspector General Urbano don Alberto Riascos Plata, quien además los protegía con chiqueros de guadua. De esos árboles muchos subsisten y tristemente los talados no han sido repuestos por el muy “diligente” Dagma, cuya actividad muchos quisieran conocer, fuera de la gran actividad de sus “leñadores”. Ojalá la ciudad tuviera hoy Inspectores Urbanos tan diligentes y amantes de la ciudad como lo fue Riascos Plata.
Ante los efectos cada vez más dañinos del calentamiento global a causa de las emisiones de los gases de efecto invernadero como el anhidrido carbónico y el metano, gases que con el derretimiento del permafrost pueden ser liberados en mayor cantidad, es vital que los gobiernos e instituciones promuevan acciones para concientizar a las gentes de que todos debemos contribuir a conservar los bosques y sembrar y sembrar árboles por doquier. Los árboles tienen la gran capacidad de absorber el anhidrido carbónico y en el caso urbano de minimizar el calentamiento del clima y la contaminación del aire, con la ventaja adicional de que se recupera la hermosa arborización urbana.
En el caso de Santiago de Cali, su arborización es en muchas zonas hermosa por los vivos colores de su florescencia, pero reitero, la ciudad debe además recuperar sus antejardines y las zonas verdes de las calles, hoy convertidas en parqueaderos con la anuencia de las permisivas curadurías urbanas, que no cuentan con el control y la vigilancia de las autoridades municipales, según lo ordena la ley, pues no deben ser ruedas sueltas, solo interesadas en conseguir clientes para mejorar sus ingresos.
El alcalde Alejandro Eder Garcés lo viene haciendo bien, pero necesita un mayor respaldo y colaboración de los caleños, pues no es fácil o mejor es dicho imposible cambiar la ciudad en cuatro años con sus cerca o más de 3 millones de habitantes y menos cuando lo recibido era solo desorden y restos del asalto al tesoro público, o sea el robo del trabajo y esfuerzo de quienes pagan los impuestos. Ese cambio positivo que anhelamos los caleños no se logra sin una planeación de largo plazo pues hoy seguiremos inventando la ciudad, sin resolver sus problemas, cada cuatro años.
Cuidar el rancho es deber de todos, es nuestra casa y no tenemos ninguna posibilidad de viajar a otro planeta, ello solo es posible en el cine, no en la realidad, dado que no tenemos la nave para viajar por varios años en el espacio, ni los recursos energéticos para impulsarla a la velocidad de la luz. Si fuera posible, sus ocupantes podrían ser los Adán y Eva de otro planeta habitable por fuera de nuestro sistema solar porque tristemente la nave no tendría cupo para más personas.
Los hechos nos recuerdan no olvidar al laborioso perro Max y no portarnos como el irresponsable gato Félix que piensa que el invierno nunca llegará.