El antropólogo Jason Hickel, en su muy  informado libro, Menos es más, 2021, propone cinco vías hacia un mundo poscapitalista, las que desde luego se pueden y deben aplicar a la arquitectura, ya sea respecto a su emplazamiento, función y construcción, sumándolas al “menos es más” de Ludwig Mies van der Rohe en relación, principalmente, a su forma. Son temas tratados en Caliescribe.com, y en la columna ¿Ciudad? de El País, pero sobre los cuales hay que insistir.

          Poner fin a la obsolescencia de las edificaciones, programada o inducida, para facilitar el negocio privado del suelo urbano con la disculpa del supuesto desarrollo y modernización de la ciudad: y que sean reutilizables ya que suelen durar mucho más que su función inicial, como los claustros que han servido después para hoteles; o bodegas, panópticos o estaciones de ferrocarril convertidas en museos, o plazas de toros que se transforman en escenarios para otros espectáculos.

          Limitar la publicidad, y persuadir a los ciudadanos de no caer en sus falsas ilusiones en los medios y vallas publicitarias aéreas o tapando las fachadas de los edificios, que engañan promoviendo la arquitectura de moda, pero que no pasan de ser promesas vacías y verdades a medias; y mucho peor iluminadas de noche invadiendo la privacidad de los vecinos. Y están los “rascacielos” snobs e inoportunos por todo lado para apartamentos, y aún peor los que realmente lo son de muchos pisos.

          Pasar de la propiedad al usufructo, y que la vivienda financiada por el Estado sea en alquiler para que la gente pueda vivir en lo posible a una distancia caminable del trabajo, el comercio, los colegios y la recreación; y de ahí la pertinencia de dividir las ciudades más grandes en varias ciudades dentro de la ciudad, con sus respectivas subcentralidades con todo el equipamiento urbano indicado, unidas entre ellas por un transporte público, colectivo, multimodal e integrado.

          Acabar con el desperdicio de materiales, irresponsablemente dilapidados al demoler edificaciones en lugar de reutilizarlas, que se suman a toneladas de residuos; procurar una arquitectura regenerativa, que parta de lo existente en cada sitio para reutilizarlo, que además sea renovadora del lugar, conservando parte de su imagen regional, la que revitalizará, y al mismo tiempo sin alterar mucho su uso habitual. Y reducir el consumo de agua y energía evitando su innecesario uso o desperdicio.

          Reducir al máximo el uso de materiales ecológicamente destructivos, como lo son el cemento, el acero, el aluminio y ciertos plásticos; reciclar los componentes de las construcciones intervenidas, y usar los residuos y desechos que sean inevitables para realizar rellenos, tanto en suelos como en muros a base de bloque huecos. Utilizar preferencialmente, componentes, elementos y partes modulares de producción local, mediante el uso de retículas de diseño y no generar residuos.

          Reemplazar una arquitectura promovida por una publicidad engañosa y su obsolescencia programada o inducida, mediante una arquitectura regenerativa, resistente, reutilizable, regionalista y responsable de frente al cambio climático, huracanes y subida del nivel del mar, como para paliar otras circunstancias que lo acompañan y que contribuyen al mismo, como son la demanda de vivienda debida a la sobrepoblación, y el consumismo esnob que lleva a la obsolescencia inducida de lo ya construido.

Benjamin Barney Caldas

Arquitecto de la Universidad de los Andes con maestría en historia de la Universidad del Valle y especializaciones en la San Buenaventura. Ha sido docente en los Andes y en su Taller Internacional de Cartagena; en Cali en Univalle, la San Buenaventura y la Javeriana, en Armenia en La Gran Colombia, en el ISAD en Chihuahua, y continua siéndolo en la Escuela de arquitectura y diseño, Isthmus, en Panamá. Miembro de la Sociedad Colombiana de Arquitectos, la Sociedad de Mejoras Públicas de Cali y la Fundación Salmona. Escribe en El País desde 1998, y en Caliescribe.com desde 2011.