La 81.ª Asamblea General de las Naciones Unidas, reunida en septiembre de 2026 bajo el lema “Restaurar la confianza y gestionar la transformación para que las Naciones Unidas genere resultados para todos”, muestra una América Latina distinta. La región llega a Nueva York con posiciones diversas, incluso contrapuestas, pero con una coincidencia creciente: el sistema internacional construido después de 1945 necesita reformas.

Para Colombia, el mensaje es particularmente importante. El país ya no puede mirar la política internacional solamente desde Washington, Caracas o Bruselas. Necesita construir una política exterior propia, pragmática y vinculada a comercio, inversión, seguridad, tecnología, energía y desarrollo.

Argentina: soberanía y cuestionamiento al sistema

Javier Milei utilizó la tribuna de Naciones Unidas para defender la soberanía argentina sobre las Malvinas y cuestionar duramente el funcionamiento de la organización. Su posición quedó resumida en una frase: “Malvinas es para la Argentina una causa nacional”. Buenos Aires insistió además en la necesidad de reanudar negociaciones con el Reino Unido y sostuvo que Argentina adoptará una defensa pacífica de su posición.

Pero el discurso argentino fue más amplio: Milei planteó que la ONU se ha alejado de su misión original y dedicó una parte importante de su intervención a la inteligencia artificial, la libertad económica y el papel de los Estados.

Para Colombia, la lección no es copiar el modelo argentino, sino observar cómo un país intenta convertir una posición internacional definida en un instrumento de soberanía, negociación y proyección económica.

Paraguay: América Latina debe asumir responsabilidades

Santiago Peña presentó quizá uno de los planteamientos regionales más directamente relacionados con el futuro latinoamericano: “Ha llegado el momento de que el liderazgo de las Naciones Unidas corresponda a América Latina y el Caribe”. También reclamó una reforma del Consejo de Seguridad y cuestionó que su estructura continúe reflejando esencialmente el equilibrio de poder de 1945.

Sobre Venezuela, Peña sostuvo que América Latina debe actuar por sí misma: “No podemos esperar que los Estados Unidos de América o alguna potencia del Norte resuelvan nuestros problemas. Tenemos que hacerlo nosotros mismos.”

Ese planteamiento tiene enorme relevancia para Colombia. La región puede ser escenario de las decisiones de las grandes potencias o intentar convertirse en sujeto de esas decisiones. Para Bogotá, la segunda opción exige liderazgo diplomático, capacidad económica y coordinación regional.

Chile: seguridad, desarrollo y reforma internacional

El presidente José Antonio Kast debutó ante la ONU reivindicando una nueva etapa chilena. Su frase “Chile está de vuelta” sintetizó un discurso centrado en seguridad, inversión, crecimiento y reforma institucional.

Chile también planteó que América Latina puede convertirse en “el continente del futuro”, al tiempo que reclamó una ONU más eficiente y un Consejo de Seguridad actualizado.

La experiencia chilena plantea para Colombia una discusión concreta: seguridad, crecimiento económico, inversión y política exterior no son necesariamente agendas separadas. En la competencia mundial por capital, tecnología, energía y talento, la estabilidad institucional se convierte en un activo internacional.

Venezuela: transición, reconstrucción y nuevo relacionamiento

Venezuela presentó ante la Asamblea un escenario completamente diferente al de años anteriores. Delcy Rodríguez, presidenta encargada, anunció que “en Venezuela habrá elecciones” y habló de un proceso de transformación democrática, diálogo político y reconstrucción institucional.

También afirmó: “Venezuela aspira con Estados Unidos, con sus vecinos, con todos los países de nuestro continente y de la comunidad internacional a reconstruir y sostener relaciones de cooperación, respeto e igualdad.”

Para Colombia, vecino directo y profundamente conectado con Venezuela, cualquier transformación venezolana tiene consecuencias económicas, migratorias, fronterizas, energéticas y de seguridad. Por eso, Caracas no puede ser solamente un asunto ideológico para Bogotá: es un asunto estratégico nacional.

México: ausencia presidencial, pero presencia diplomática

Claudia Sheinbaum no participó personalmente en el debate general de 2026. México estuvo representado por su canciller, Roberto Velasco Álvarez, prolongando una ausencia presidencial que ya alcanza ocho ediciones consecutivas.

La posición mexicana, sin embargo, mantiene como ejes la soberanía, la no intervención y una relación cooperativa pero no subordinada con Estados Unidos. La ausencia de Sheinbaum demuestra que la influencia internacional de un país no depende exclusivamente de la presencia física de su presidente, sino de la continuidad y capacidad de su diplomacia.

Colombia: de la ideología a los intereses nacionales

Colombia tampoco tuvo al presidente en Nueva York. El presidente Abelardo de la Espriella delegó la representación en el vicepresidente José Manuel Restrepo, quien leyó un discurso elaborado por el mandatario. La agenda colombiana se concentró en comercio e inversión, seguridad, innovación tecnológica y fortalecimiento de alianzas estratégicas.

Una frase resume el nuevo enfoque: “Mi país quiere unas Naciones Unidas cuya eficacia se mida menos por el volumen de documentos que produce y mucho más por los resultados que consigue.

Para Colombia, este giro tiene una consecuencia fundamental: la política exterior debe producir resultados nacionales medibles. Más inversión, más comercio, más tecnología, mayor seguridad, mejores alianzas y mayor capacidad de negociación.

El mensaje para Colombia

Argentina habla de soberanía; Paraguay, de liderazgo regional; Chile, de seguridad y desarrollo; Venezuela, de reconstrucción y transición; México, de soberanía y autonomía; Colombia, de resultados, inversión, seguridad y alianzas.

No existe una sola América Latina. Existen diferentes modelos y prioridades. Pero emerge una pregunta común: ¿puede la región dejar de ser objeto de la geopolítica mundial para convertirse en protagonista?

Desde Colombia, la respuesta dependerá menos de los discursos y más de la capacidad de convertir diplomacia en desarrollo. En un mundo atravesado por inteligencia artificial, guerras, energía, migración, crimen transnacional y competencia por inversiones, Colombia necesita una política internacional que defienda sus intereses sin aislarla.

La ONU puede reformarse. América Latina puede coordinarse. Pero para Colombia el desafío es más concreto: convertir su posición geográfica, sus recursos, su población, sus ciudades, su biodiversidad y su capacidad productiva en poder económico y diplomático.

El siglo XXI no premiará únicamente a los países que tengan grandes discursos. Premiará a los que sepan convertirlos en resultados.

He priorizado 2026, porque es la Asamblea actualmente en desarrollo, y corregí una cuestión importante: Chile está representado en 2026 por José Antonio Kast y Colombia por el gobierno de Abelardo de la Espriella, no por Gabriel Boric y Gustavo Petro.

Redacción