Homenaje de Piedad Varela de Tascón

En Cali, ciudad que canta incluso en sus silencios, hubo una mujer que aprendió a convertir la vida y también la muerte en un acto de amor hacia el arte. Su nombre Mery Salazar de Sierra, y con su partida, el 16 de noviembre, el Valle del Cauca sintió un temblor suave y hondo, como si una cuerda de guitarra hubiese sido pulsada por última vez. Pero el eco persiste. Persiste porque Mery dejó en esta tierra una siembra luminosa que no conoce despedida.

La vi muchas veces, en tantos escenarios como formas tenía su entrega: en el Teatro Municipal, donde sus pasos parecían encender la madera; en el Concejo de Cali, defendiendo con voz firme los derechos de quienes sostienen la cultura con las manos desnudas; en la Fundación, su refugio y su bandera; en el Teatro Jorge Isaacs, donde la música siempre encontraba un lugar seguro. La vi también en la Alcaldía, primero desde la Secretaría de Educación y luego en Cultura, moviéndose como quien conoce cada latido de la ciudad.

Mery nació una mujer en un hogar lleno de melodías, pero decidió ir más allá de escucharlas: eligió proteger a quienes las creaban, a esos artistas que muchas veces transitaban el anonimato, la inestabilidad e inseguridad. Su sensibilidad no era caprichosa; era instinto de madre ampliado al pueblo entero.

El día que partió su hijo Mario, aquel 24 de enero de 1990 que la quebró para siempre, Mery entendió que el dolor podía ser también arquitectura. Y construyó. Con manos temblorosas pero espíritu invencible levantó la Fundación del Artista Colombiano, nacida casi de la nada: 70 afiliados, un sueño inmenso y una mujer decidida a que la cultura dejara de ser “trabajo sobre espaldas cansadas”. Eso lo ví y me animé a dar voz de apoyo….

Hipotecó su casa. Vendió rifas. Tocó puertas. Y su esposo Alfredo, “su negrito”, caminó a su lado con la misma fe. De esa lucha cotidiana surgieron gestos que cambiaron vidas: más de 140 serenateros afiliados al Sisbén, casas entregadas, oportunidades laborales que antes parecían imposibles, espacios donde el artista era tratado con dignidad.

Hablar de Mery Salazar es hablar del Festival de los Mejores Tríos, ese patrimonio afectivo de Cali que ella soñó antes que nadie. Con una persuasión casi maternal convirtió a esta ciudad en la capital de la serenata, en territorio sagrado del bolero, donde cada acorde lleva su sello. Y como ninguna, permitió recordar generaciones que se diluyen ya, con el paso del tiempo.

Se movio fuerte en la municipalidad, formó parte del Consejo Territorial de Planeación Departamental y del Consejo Municipal de Cultura, abriendo caminos para la cultura , donde antes había muros. Su liderazgo, siempre cálido, persistente  y firme, transformó la manera de entender el poder cultural.

La Alcaldía la reconoció como “gestora incansable”, pero quienes la conocimos sabemos que esas palabras quedan cortas. Mery no gestionaba: amaba, y ese amor se volvió estructura, camino, hogar.

Para sus hijas, Mary Cielo e Isabel, queda el legado más hondo de su madre: una vida dedicada al arte y al servicio. Ellas fueron testigos de su fuerza y ternura, y hoy custodias de una obra que transformó la dignidad del artista en causa colectiva. En sus manos permanece la memoria de Mery, presente en cada serenata y cada gesto de solidaridad. Su amor seguirá guiándolas como brújula y abrazo permanente.

Mery no se fue:

  • Su espíritu está hoy en cada serenata que atraviesa la noche caleña, en cada trío que sube a un escenario, en cada bolero que se escucha en el Valle. Y seguirá allí, donde la música abraza la memoria.
  • Porque simplemente se quedó cantando en el corazón de Cali, en cada poema convertido en bambuco.
Piedad Varela de Tascón